El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Cyllan miró de nuevo. El sol se estaba hundiendo en una capa de nubes y el resplandor menguó de pronto, de manera que pudo distinguir figuras individuales en la cabalgata.
—Avanzan muy despacio —dijo, y después—: Hay algo en medio; algo grande...
—Es un palanquín. —Tarod frunció el entrecejo—. Y la mayoría de los jinetes parece que van vestidos de blanco.
Ella le miró con incertidumbre, empezando a compartir su inquietud.
— ¿ Pero, quiénes son?
—Sé quiénes deberían ser; pero no es lógico, a menos que...
Vaciló y entonces sacudió la cabeza como rechazando una idea que hubiese pasado por su mente y volvió su atención hacia el sur. A tres millas delante de ellos, al otro lado de una verde franja de terreno pantanoso, se distinguían los contornos de Shu-Nhadek en la neblina de la tarde y, más allá de su confusa silueta, el mar brillaba como un cuchillo en el horizonte. Casi habían alcanzado su meta...; habían proyectado llegar al hacerse de noche, y parecía que no lo harían solos; Tarod calculó que, a la velocidad actual, el lejano grupo se cruzaría en su camino a una milla de la ciudad. Su caballo pataleó y resopló, sin comprender la dilación, y Tarod se volvió a Cyllan.
—Será mejor que cabalgues como una dama durante un rato, amor mío. Tal vez tengamos que intercambiar algunos cumplidos antes de llegar a Shu-Nhadek.
Ella sonrió irónicamente y pasó la pierna izquierda por encima de la cruz del caballo, descansando la rodilla sobre el adornado pomo de la silla. Encontraba que esta posición de lado era extraña e incómoda, pero ninguna mujer de calidad se atrevería a cabalgar de otra manera, y una mujer de calidad era precisamente lo que Cyllan simulaba ser.
Con dinero más que suficiente en la bolsa para llegar al término de su viaje, Tarod pensó que la ostentación era su mejor disfraz. El populacho había sido alertado para que diese caza a dos fugitivos, y no era probable que alguien considerase que los fugitivos podían ocultarse llamando la atención: era un concepto ilógico. Y así se detuvo en la primera población importante y, mientras Cyllan esperaba fuera de las murallas, había comprado ropa nueva para los dos y dos buenos caballos para sustituir al corpulento bayo: un caballo castaño para él y una vigorosa pero mansa yegua para Cyllan. Desde entonces, y mientras él hacía borroso su aspecto y el recuerdo de sus caras en las mentes de aquellos con quienes se encontraban, viajaron bajo el disfraz de un próspero vinatero y su esposa, y Tarod había observado con ironía la facilidad con que cruzaron ciudades y pueblos. Los rumores circulaban todavía en todas partes, pero no oyeron muchos; la gente ordinaria no soñaría en acercarse a unos ricos desconocidos para contarles los últimos chismorreos, y así, aunque habían hecho un rápido viaje hacia Shu-Nhadek, nada habían oído de las últimas noticias.
En todas las ciudades y pueblos había todavía estremecedores testimonios del terror que reinaba en el país. Acusaciones, juicios, ejecuciones, venganzas: la marca no daba señales de menguar, y las cosas que vieron en el camino sirvieron tanto para fortalecer la resolución de Tarod como para aumentar su afán de llegar a Shu-Nhadek, y después a su último destino, con la mayor rapidez posible.
Tocó con los tacones los flancos del alazán, que emprendió de nuevo la marcha, con la yegua de Cyllan siguiendo al mismo paso. La luz estaba menguando rápidamente al envolver la capa de nubes el sol; delante, las primeras luces empezaban a parpadear en la ciudad portuaria, imitando el débil centelleo de las estrellas en el cielo del este.
Oyeron el ruido de la cabalgata al acercarse al punto en que las carreteras del oeste y del sur se confundían en el último tramo hasta Shu-Nhadek. A la luz del crepúsculo, las figuras que se acercaban y que, como había dicho Tarod, iban casi todas vestidas de blanco, podían haber sido fantasmas etéreos, pero el repiqueteo de varias docenas de cascos y el tintineo de los arneses demostraban que eran bastante reales. En la confluencia de las carreteras, Tarod y Cyllan refrenaron sus monturas, y ella abrió mucho los ojos al reconocer por lo que eran a aquellos personajes.
—Hermanas... —dijo en voz casi inaudible.
La yegua gris dio unos pasos de lado, asustada por la súbita inquietud de la amazona, pero Tarod tranquilizó a Cyllan diciendo:
—Me lo imaginaba... —Observó al grupo que se acercaba, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en dos rendijas—. Y si no me equivoco, son de Chaun Meridional.
—¿Chaun Meridional?
—Donde está la Residencia de la Matriarca.
Había contado ocho mujeres a caballo y cinco robustos varones dándoles escolta, mientras en medio del convoy se balanceaba una litera engalanada, tirada por cuatro caballos y provista de ricas cortinas bordadas. Su ocupante era invisible.
— ¿Has visto eso? —dijo Tarod, señalando con la cabeza la litera—. Es el palanquín de la propia Matriarca, la Señora Ilyaya Kimi.
Se dio cuenta de que Cyllan no le había comprendido y añadió:
—La Señora Ilyaya tiene más de ochenta años y hacía diez que no salía de su Residencia. Estaba demasiado delicada para asistir a la investidura de Keridil y, si ahora viaja en el palanquín, sólo una circunstancia puede traerla aquí.
—Apretó con más fuerza las riendas—. Significa que Keridil ha convocado un Cónclave.
El jefe de la escolta de la Matriarca dio una voz de alerta al ver los dos personajes inmóviles en el cruce de caminos, y se oyeron chirridos metálicos al desenvainar los cinco hombres sus espadas. Las dos figuras no se movieron y, al cabo de un momento, los hombres se tranquilizaron al darse cuenta de que los desconocidos no representaban ninguna amenaza; eran simplemente un mercader, o algo parecido, y su esposa; sin duda se habían detenido prudentemente para dejar pasar el cortejo.
El convoy avanzó al trote, majestuosamente; una de las Hermanas mayores, que iba en cabeza, lanzó una mirada a los dos desconocidos, a los que vio como Tarod quería que los viese: dos seres vulgares, sin importancia. Su voz sonó clara al gritar por encima del ruido de los caballos:
—¡Aeoris os acompañe, buena gente! —e hizo la señal en su dirección, con aire ligeramente protector.
Cyllan vio que Tarod inclinaba la cabeza en señal de agradecimiento y se apresuró a imitarle. Al pasar el palanquín, balanceándose, aguzó la mirada, curiosa por ver a la Matriarca; pero las cortinas no se abrieron en absoluto. Después la comitiva se alejó de ellos por el camino de Shu-Nhadek.
Tarod la siguió con la mirada. Sin darse cuenta, había tocado con la mano derecha el anillo que llevaba en el índice de la izquierda y la piedra, en respuesta, se había encendido y centelleado como un pequeño ojo blanco. El había tomado la decisión, al huir de Perspectiva, de devolver la piedra del Caos a su montura de plata, y al cerrarse de nuevo el anillo para sujetar la joya, había sentido una amarga mezcla de desesperación y de triunfo. Ciertamente, volvía a ser un ente entero, pero, al deslizar el anillo en el dedo y sentir la antigua familiaridad de su presencia, se dio cuenta, una vez más, de lo peligrosa que podía ser su gran influencia. Necesitaría una voluntad de hierro, un control de acero, para mantener ahora su resolución contra el poder vivo del Caos. Sin embargo, por encima y más allá de esto, necesitaría el poder que le daba el anillo, el poder de su propia alma, si no quería fracasar en lo que se había propuesto. Y la presencia de la Matriarca en Shu-Nhadek hacía que su objetivo fuese mucho más urgente.
Esta idea fue como un aguijón y, sin previo aviso, espoleó su montura. Cyllan le siguió, confusa por la cólera que había visto en sus ojos en el momento de emprender él la marcha.
— Tarod, ¿qué pasa?
El miró hacia atrás, dijo algo que ella no pudo entender, y Cyllan golpeó de nuevo con fuerza los flancos de la yegua gris. El animal se lanzó hacia delante y bailó al lado de él.