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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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Como si el muchacho hubiese captado sus inquietos pensamientos, Keridil vio que Fenar Alacar se estremecía de pronto y se apartaba de la borda. Como era debido, habían dejado en tierra a todos salvo a sus más íntimos compañeros, y aunque el viejo Isyn acompañaba al Alto Margrave, éste necesitaba más de una cara conocida para armarse de valor. Por un momento, pareció que Penar iba a acercarse a Keridil y a hablarle; entonces el muchacho lo pensó mejor y se dirigió tambaleándose a la débilmente iluminada escotilla. Desapareció por ella y, durante un instante, sus ruidosas pisadas bajando la escalera rompie ron el suave ritmo del mar y de las velas, hasta que se extinguieron, dejando solo a Keridil.

Este no quería atisbar en la oscuridad, pero una fascinación con tra la que no podía luchar hizo que se volviese y mirase por encima de la proa de la barca. Y allí estaba..., todavía indistinto, pero más próximo: el blanco fantasma de un barco anclado que se mecía suavemente. La sombra le envolvía y hacía imposible juzgar sus dimensiones; a veces parecía alzarse como una torre en las tinieblas de la noche, y otras, pensaba, incluso la Bailarina Azul era más grande. A popa, una luz fría e incolora centelleaba vacilante, pero no se advertían otras señales de vida. Igual hubiese podido ser una imagen nacida de un sueño inquieto.

La voz que había hablado a su espalda era suavemente modulada, pero Keridil se sobresaltó a pesar de ello. Se volvió y vio a uno de los marineros que se mantenía a respetuosa distancia, con la gorra en la mano.

—El capitán, Señor, te saluda y me ha encargado decirte que hay cerveza caliente bajo cubierta, con unas gotas de algo más fuerte para combatir el frío. —El marinero sonrió temeroso, mostrando a la pálida luz de la caseta del timón que le faltaban algunos dientes —. Todavía tardaremos más o menos media hora antes de llegar a nuestro destino, Señor.

Su padre habría dicho que esto era el valor del cobarde... , pero dadas las circunstancias, pensó Keridil, también lo habría comprendido.

—Gracias —dijo, apartando las frías manos de la barandilla y frotándolas con fuerza—. Me vendrá muy bien.

La cerveza caliente con especias era sabrosa, a pesar de un débil sabor a pescado y, durante un rato, el grupo que se hallaba ahora en el lleno y primitivo camarote pudo mantener un ánimo que ponía a raya los pensamientos privados. Keridil estaba sentado al lado de Sashka, que le estrechaba una mano con una fuerza reveladora del dominio que tenía de su propia compostura. El no había visto nunca que pudiese sentir miedo, y este descubrimiento le conmovió de una manera nueva, despertando en él un instinto protector que mitigaba su propia aprensión. Fenar Alacar se sentaba encogido en un rincón, sujetando su copa como si fuese su bien más preciado, mientras la Matriarca Ilyaya Kimi, acompañada de dos de sus doncellas, vertía un torrente de palabras triviales a media voz, al parecer sin importarle que la escuchasen o no.

Y en la bodega, guardada por uno de los hombres del capitán y todavía inconsciente, estaba Cyllan.

La noticia de su captura, comunicada por Keridil a sus compañeros cuando se habían reunido en el puerto, les impresionó a todos. Solamente Fenar había objetado la decisión de Keridil de llevarla con ellos a la Isla Blanca, arguyendo que habría sido mejor y más sencillo ejecutarla y acabar de una vez, sentimiento que en cierto modo reflejaba las propias dudas de Keridil. En cambio, la Matriarca no había querido saber nada de ello.

—El Sumo Iniciado tiene toda la razón —dijo en un tono que no admitía réplica—. La muchacha es mucho menos importante para nosotros que el demonio del Caos al que sirve, y no hay manera mejor de asegurarnos de la captura de éste. Además —añadió, con un débil brillo de regocijo en los ojos—, el alma inmortal de la muchacha no lo pasará peor en la otra vida si sufre el justo terror del juicio de Aeoris antes de morir.

Keridil había mirado a Sashka, que hasta entonces no había dicho nada, y le preguntó en voz baja:

—¿Y qué piensas tú, amor mío?

Sashka aguantó su mirada.

—Por mucho que sufra, no será nada en comparación con lo que se merece.

Por un momento pareció más malévola de lo que él la había creído capaz, aunque su expresión cambió rápidamente y él pensó que tal vez no había sido más que un efecto de luz. Y así, como el disentimiento de Fenar no fue muy enérgico, el cuerpo exánime de Cyllan fue llevado a bordo y dejado caer brutalmente entre las cajas de pescado, las redes y las cuerdas de la bodega.

Ahora, mientras la Bailarina Azul seguía navegando, todos habían tenido un respiro de lo que les esperaba..., pero pronto sintieron que el movimiento de la barca cambiaba sutilmente, perdiendo ritmo, y oyeron órdenes apagadas sobre sus cabezas. Keridil se puso tenso, al percibir un momento antes que sus compañeros el ruido de pisadas que bajaban hacia ellos. Se abrió la puerta del camarote y el capitán apareció en el umbral.

—Ya hemos llegado, Señor..., al menos todo lo que ellos nos permiten acercarnos. He ordenado a los hombres que preparen el bote.

Keridil se levantó, teniendo que agachar la cabeza en el camarote de techo bajo, y vio un destello casi de pánico en el semblante de Fenar Alacar antes de que éste pudiese dominarse una vez más.

—Gracias, capitán. —Miró a cada uno de sus compañeros—. Creo que todos estamos ya dispuestos.

No se atrevía a mirar hacia arriba. Desde su asiento en la popa del bote de la Bailarina Azul, el casco de la Barca Blanca llenaba todo su campo visual, ocultando el cielo y las lunas y el horizonte como una gigantesca capa de niebla. Podía oír los chasquidos de la viejísima madera, los ominosos y restallantes gemidos de las enormes velas agitadas por el viento. Todo a su alrededor era blanco, de un blanco turbio y enfermizo, de modo que de cerca parecía más una aparición del reino de los fantasmas que cuando lo había mirado desde tierra. En una ocasión había mirado Keridil tratando de ver la punta del palo mayor, pero el vértigo y otra sensación menos explicable habían hecho que volviese apresuradamente la cabeza, quedándole solamente la turbadora impresión de una enorme y fantástica vela y de una sola estrella fría centelleando en el negro cielo.

A su lado, en el húmedo y estrecho banco del bote, se sentaba Sashka, arrebujada en su abrigo y con la mirada fija en el suelo curvo. Delante de ellos, Fenar Alacar parecía estar temblando irreprimiblemente, y los otros compañeros no lo pasaban mucho mejor. Solamente Ilyaya Kimi contemplaba el monstruo que se acercaba lentamente con una calma peculiar y resignada, como si no hubiese poder capaz de afectarla.

El bote se estaba acercando al costado de la Barca Blanca: una pared blanca que parecía caer del cielo sobre ellos. El golpe que dio el bote contra el costado del barco fue inaudible debido al rugido del agua debajo del casco, y Keridil saltó cuando, viniendo al parecer de ninguna parte, bajó serpenteando una cuerda que golpeó el costado del barco con un sordo chasquido. Uno de los remeros agarró la punta de la cuerda y sujetó con ella la proa del bote; después bajó una sombra y Keridil, al mirar hacia arriba, vio una tosca maroma que oscilaba como la cuerda de una horca y que descendía poco a poco desde la cubierta de la Barca.

La Matriarca cambió de posición en su asiento y sonrió irónicamente.

—Si he leído bien mis escrituras, Sumo Iniciado —gritó hacia atrás—, te corresponde el privilegio de subir primero a bordo.

—Keridil...

Sashka no pudo disimular su miedo y le asió una mano mientras él se ponía cautelosamente en pie. El se desprendió de aquellos dedos, esperando que su apretón hubiese sido para darle ánimo, pero no pudo hablar antes de pasar cuidadosamente sobre el banco y dirigirse a proa. Al llegar a ella, oyó que la voz de Fenar murmuraba aterrorizada sobre el ruido del oleaje.

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