El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Incluso en la penumbra pudo ver Cyllan que Tarod tenía tenso y colérico el semblante.
—Tarod, ¡no entiendo nada! Dijiste que Keridil había convocado un Cónclave. ¿Qué significa eso?
Nadie ajeno al Círculo hubiese podido comprender el significado de lo que había hecho el Sumo Iniciado. Pero, si las sospechas de Tarod eran ciertas, Keridil había puesto en movimiento algo que, si no actuaba rápidamente, podía significar una catástrofe para todos.
De pronto advirtió que había estado a punto de maldecir a Cyllan, descargando sobre ella su irritación porque era la persona que tenía más cerca. Haciendo un esfuerzo, dominó la creciente emoción que le invadía.
—No puedo explicártelo ahora —dijo—. Pero no tenemos tiempo que perder, ¡y que los dioses nos asistan si llegamos tarde!
Shu-Nhadek estaba en plena agitación. Por algún medio, la noticia de la decisión del Sumo Iniciado había llegado a la ciudad antes que los tres gobernantes con sus séquitos, y con ella se había producido una corriente continua de gente devota o asustada, ansiosa por congregarse lo más cerca posible del lugar de la sagrada alianza y buscar refugio o bendiciones a su sombra. Cuando llegaron Tarod y Cyllan, la cabalgata de la Matriarca había desaparecido en dirección a la residencia del Margrave, donde esperarían la llegada de Keridil Toln y de Fenar Alacar; y, como había previsto Tarod, todas las hosterías y posadas de la ciudad estaban llenas a rebosar.
Por fin llegaron a la plaza del mercado y se detuvieron para dar descanso a sus fatigados caballos. En la plaza reinaba un bullicio desacostumbrado; ardían antorchas en los portales de los edificios más grandes, proyectando un resplandor infernal centelleante, peculiar, sobre las losas; se había congregado mucha gente, simplemente para esperar y observar y ver todo lo que se pusiese al alcance de su vista; en el lado de la plaza más próxima al puerto, unos trovadores estaban entonando cantos piadosos, probablemente con la esperanza de ganarse unas monedas.
Cyllan miró hacia donde podía ver a intervalos una negra abertura entre las casas y creyó distinguir el frío destello de las aguas del puerto en el extremo de un callejón a oscuras. Se estremeció cuando acudió a su memoria un súbito e ingrato recuerdo y acercó su caballo al de Tarod.
—Esta atmósfera... —Bajó la voz de modo que sólo Tarod pudo oírla—. Me pone nerviosa.
—Lo sé. —Acarició el cuello del alazán—. Es como si toda la ciudad hubiese sido atacada por una fiebre. Pero, al menos, no hemos llegado demasiado tarde. La ciudad está todavía esperando a Keridil; nos hemos adelantado a él y esto nos da cierta ventaja. Encontraremos algún sitio donde descansar esta noche, y por la mañana veremos lo que podemos descubrir.
Cyllan se estremeció de nuevo.
—No hay una posada que no haya cerrado sus puertas a nuevos clientes.
—Tal vez. —Tarod sonrió, con una antigua sonrisa que insinuaba algo que ella prefería no averiguar—. Ya veremos.
Al cabo de media hora, había encontrado alojamiento para los dos en una posada respetable, a pocos minutos a pie de la plaza del mercado. Cyllan se mostró indecisa al principio, temerosa de que estuviesen tentando al destino por instalarse tan cerca del centro de actividad, pero él había calmado sus temores, sabiendo que no estaban en peligro, al menos hasta que llegase la comitiva del Círculo. El dinero, un poco de intimidación y una pizca del poder de Tarod les había valido una buena habitación, en la que les fue servida la comida. Cyllan no tenía ganas de comer (sus nervios, como las cuerdas de un instrumento gastado, estaban a punto de romperse), pero la confianza tranquila de Tarod disipó lo peor de su miedo.
Mientras comían, Tarod explicó la naturaleza del Cónclave y expuso lo que su resultado podría significar para ellos.
—Si Keridil consigue traer a Aeoris a la Isla Blanca —dijo—, las fuerzas del Orden tendrán un solo objetivo: borrar todo rastro del Caos en el mundo.
Cyllan le miró a través de las pestañas, consciente de que su pulso se había acelerado desagradablemente.
—Pero, ¿no es esto lo que tú quieres? —preguntó a Tarod.
—Sí. —Ella pensó que había vacilado un momento, aunque su respuesta fue definitiva—. Pero temo que los Señores Blancos persigan obstinadamente ese objetivo, sin pensar en las consecuencias que pueden sufrir los simples mortales. —Se humedeció los labios con la lengua—. ¿Cómo es posible comprender y mucho menos explicar, el razonamiento de un dios? Sin embargo, creo.., creo que conozco, mucho mejor que Keridil, la verdadera naturaleza del poder que pretende desencadenar. —Cerró la mano derecha sobre el restaurado anillo de plata, consciente de la pulsación de la piedra del Caos debajo de sus dedos, y vio que Cyllan le estaba observando fijamente—. Aunque es patrón y protector de la humanidad, Aeoris trasciende las limitaciones humanas hasta el punto de que la vida y la muerte de los individuos (que son de importancia vital para los mortales afectados) son tan triviales para él que no merecen su consideración, tanto más si se comparan con la amenaza planteada por Yandros. —Hizo una pausa y después sonrió irónicamente—. Imagínate que estás en un prado, frente a un enemigo resuelto a matarte. Al luchar contra él, ¿te preocuparán los pequeños insectos que puedes aplastar con los pies en el curso del combate?
Cyllan asintió con la cabeza.
—Te comprendo.
—Entonces comprenderás el peligro que entraña lo que quiere hacer Keridil. Y si Aeoris encuentra en Yandros un enemigo poderoso difícil de vencer, la destrucción que causen ambos será todavía mayor.
Y esto no debe suceder, Cyllan.
Ella volvió la cabeza para mirar por la ventana. Más allá de los tejados brillaban las luces del puerto de Shu-Nhadek reflejando imágenes rotas sobre la tranquila superficie del mar. La niebla empezaba a formarse al avanzar la noche, y la tranquilidad del escenario ofrecía un vivo contraste con sus pensamientos.
—Entonces, si hay que evitarlo —dijo—, debemos llegar a la Isla Blanca antes de que se celebre el Cónclave. —Se volvió para mirar a Tarod, con los ojos más oscuros por la emoción que sentía—. Y debes hacer lo que has estado proyectando.
—¿No te angustia esta idea?
—No... no lo sé. Mi conciencia me dice que es buena, pero... — Cerró su mente a la súbita imagen. de la cara de Yandros y al recuerdo de su trato, que surgieron dentro de ella—. No lo sé, Tarod. Me dan mucho miedo las consecuencias. Más miedo, creo, que lo que podría ocurrir si Aeoris y Yandros se enfrentasen. Lo que has dicho, lo que has descrito.., es tan remoto que no me afecta. Aquí, en esta habitación de Shu-Nhadek contigo, no significa nada; pero si entregas la piedra-alma, ello determinará nuestro futuro, y esto sí que lo siento vivamente. —Cruzó y se apretó las manos hasta que los nudillos se volvieron blancos—. ¡Tengo tanto miedo de perderte para siempre!
Tarod advirtió que, cuando había nombrado al Señor Blanco, no había hecho la señal. Para alguien que se había criado como ella, era una omisión inconcebible, y Tarod tuvo conciencia de las otras fuerzas que se agitaban dentro de ella. Yandros le había producido mucho más que una cicatriz física y, contra su voluntad, se sintió orgulloso de ella.
Hermano es digna de nosotros...
La voz habló sin ruido en su mente, y la impresión le trajo de nuevo a la fría realidad. Sí..., sería demasiado fácil para los dos dejarse seducir por aquel antiguo poder, y Tarod, mucho más que Cyllan, tenía buenas razones para sentir una afinidad con él. Pero no debía ser. Tenía que aferrarse a su resolución, y si de esto resultaba el sacrificio definitivo, debía aceptarlo.
—Cyllan. —Alargó una mano sobre la mesa, empujando a un lado los restos de la comida, para asir la suya en un apretón que le hizo daño—. No vacilaré, Cyllan. Vine aquí para cumplir una promesa, y la cumpliré, sean cuales fueren las consecuencias. Mientras exista la piedra del Caos, Yandros puede desafiar el régimen del Orden, pero solamente mientras tenga este punto de apoyo en el mundo. Con la piedra en manos de Aeoris, el Cónclave no se celebrará... y se podrá poner fin a esta locura.