La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
– La codicia, Guido, la codicia -dijo el conte sorprendiéndolo. El tono era descriptivo, no reprobatorio.
– ¿Qué le pasará?
– No tengo ni idea. Aún no se ha hecho pública la información, pero cuando eso ocurra, y es sólo cuestión de tiempo, no podrá encontrar socio para ese proyecto de China. Ha esperado demasiado.
– ¿Qué ocurrirá ahora?
– Pues que tendrá que soportar una pérdida enorme.
– ¿Podrías ayudarle? -preguntó Brunetti.
– Supongo, si quisiera -dijo el conte volviendo la cara para mirarle a los ojos.
– ¿Pero…?
– Pero sería una equivocación.
– Comprendo -dijo Brunetti, descubriendo que esto era algo que no deseaba averiguar-. ¿Qué harás?
– Oh, llevaré adelante esa operación de China, pero no con Cataldo.
– ¿Tú solo?
La sonrisa del conte fue mínima.
– No; con otra persona -Brunetti no pudo menos que preguntarse si la otra persona no sería el abogado de Cataldo-. Todo lo que me dijo Cataldo era falso. Me pintó un panorama color de rosa de sus contactos en China, pero no era cierto. Me ofreció un trato muy ventajoso -el conte cerró los ojos, como si no imaginara que alguien pudiera ser tan necio como para hacerle una oferta semejante y confiar en que no investigara.
– ¿Qué le respondiste? -preguntó Brunetti.
– Que no disponía del capital necesario para formar una sociedad como la que él me había propuesto.
– ¿Por qué no te limitaste a decirle que no y punto? -dijo Brunetti, sintiéndose un poco ingenuo con la pregunta.
– Porque, en realidad, Cataldo me había dado siempre un poco de miedo, pero esta vez me dio lástima.
– ¿Por lo que le va a pasar?
– Exactamente.
– ¿Pero no tanta lástima como para ayudarle?
– Guido. Por favor.
Capítulo 17
A pesar de que Brunetti había tenido el tiempo de toda una generación para acostumbrarse a la ética financiera del conte, no dejó de sorprenderle la respuesta. Desvió la mirada, como si de pronto le interesara el retrato de la mujer, pero enseguida la volvió hacia el conte.
– ¿Y si se arruina?
– Ah, Guido, las personas como Cataldo nunca se arruinan. He dicho que sufriría una pérdida, no que se arruinaría. Hace mucho tiempo que se dedica a los negocios y cuenta con buenas relaciones en los medios políticos: sus amigos cuidarán de él -sonrió el conte Falier-. No pierdas el tiempo compadeciéndolo. Si quieres, compadécete de su esposa.
– Ya lo hago.
– Lo sé -dijo el conte secamente-. Pero ¿por qué? ¿Porque te inspira simpatía una persona aficionada a la lectura? -preguntó, aunque sin asomo de sarcasmo. También al conte le gustaba la lectura, por lo que la pregunta podía considerarse normal-. Cuando Cataldo me cortejaba, porque eso era lo que hacía, fuimos a cenar a su casa. Me sentaron al lado de la esposa, no al de él, y ella me habló de lo que estaba leyendo. Lo mismo que a ti la otra noche. Mientras me hablaba de las Metamorfosis, daba la impresión de que se sentía muy sola. O muy desgraciada.
– ¿Por qué? -preguntó Brunetti, sorprendido por la manera en que el título de la obra le hacía pensar en la cara de la mujer y en los cambios que debía de haber sufrido.
– Bien, por un lado está lo que lee, pero por otro está esa cara. La gente enseguida piensa de ella lo que se le antoja, por tanto lifting.
– ¿Y tú qué crees que piensa la gente?
El conte se volvió hacia el retrato de la mujer y lo miró largamente.
– A nosotros esa cara nos parece extraña -observó señalando el cuadro con ademán negligente-. Pero en su época, probablemente, se la consideraba aceptable, quizá incluso atractiva. Mientras que, para nosotros, es una foca sebosa -y, sin poder resistir la tentación, añadió-: No muy diferente de las esposas de muchos de mis asociados -Brunetti vio la similitud, pero no hizo comentarios-. En nuestra época, Franca Marinello no resulta aceptable por su aspecto. Lo que ha hecho con su cara es muy extraño como para que no suscite comentarios -hizo una pausa. Brunetti esperaba. El conte cerró los ojos y suspiró-. Sabe Dios cuántas de las esposas de mis amigos han hecho eso: los ojos, el mentón y luego toda la cara -Abrió los ojos y miró al retrato, no a Brunetti-. Ella hace lo mismo, pero con una exageración que resulta grotesca. Miró a Brunetti-. Me pregunto si cuando otras mujeres hablan de ella piensan en sí mismas y si, hablando de ella como de una excéntrica, tratan de convencerse a sí mismas de que ellas nunca harían algo así, que renunciarían a llegar tan lejos.
– De todos modos, eso no explica por qué lo hizo -dijo Brunetti, recordando aquel rostro extraño, artificial.
– Sabe Dios -dijo el conte. Y, al cabo de un momento-: Quizá se lo haya contado a Donatella.
– ¿A ella? -preguntó Brunetti, sorprendido de que Franca Marinello pudiera explicar tal cosa a alguien, y menos a la contessa.
– Pues claro que se lo habrá dicho. Son amigas desde que Franca iba a la universidad. Donatella tiene un primo cura que es pariente de Franca y, cuando la muchacha iba a venir a Venecia, donde no conocía a nadie, le dio el nombre de Donatella. Se hicieron muy amigas -antes de que Brunetti pudiera decir algo, el conte agregó levantando una mano-: No me preguntes. No sé cómo. Sólo sé que Donatella la tiene en gran estima -con una amplia sonrisa entre infantil y maliciosa, preguntó-: ¿No te intrigaba que la hubiera sentado frente a ti?
Naturalmente que le intrigaba.
– Pues no -dijo Brunetti.
– Es que Donatella sabe lo mucho que Franca echa de menos poder hablar de sus lecturas. Y tú también. Así que, cuando comenté que te gustaría hablar con ella, estuvo de acuerdo.
– Y me gustó.
– Bien. Donatella se alegrará de saberlo.
– ¿Y a ella?
– ¿A quién?
– A la signora Marinello -respondió Brunetti-. Si le gustó.
El conte lo miró con extrañeza, como sorprendido tanto por la pregunta como por la formalidad del tratamiento, pero sólo respondió:
– No tengo ni idea -entonces, como fatigado por esta conversación acerca de una mujer viva, señaló la pintura y dijo-: Pero estábamos hablando de la belleza. Esa mujer debió de parecer a alguien lo bastante hermosa como para pintarla o encargar su retrato, ¿no?
Brunetti reflexionó sobre la pregunta, miró el cuadro y, a regañadientes, dijo:
– Sí.
– Así pues, alguien, quizá la misma Franca, puede pensar que lo que ha hecho con su cara es hermoso -dijo el conte y añadió, en tono más grave-: He oído decir que alguien más lo cree así. Tú ya sabes lo que es esta ciudad, Guido, y cómo habla la gente.
– ¿Quieres decir que se la relaciona con otro hombre?
El conte asintió.
– La otra noche Donatella insinuó algo, pero cuando pregunté debió de pensar que había dicho demasiado y puso punto en boca -no pudo resistir la tentación de añadir-: Supongo que Paola ya te habrá dado ocasión de familiarizarte con estas actitudes.
– Que si me la ha dado -repuso Brunetti. Después de reflexionar un momento, preguntó-: ¿Qué más sabes?
– Nada. La gente no suele hablarme de esas cosas.
Brunetti, sintiéndose de pronto reacio a prolongar la conversación sobre Franca Marinello, preguntó bruscamente:
– ¿De qué querías hablarme?