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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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Once

Travis llevaba fuera una semana y Josh estaba empezando a recuperarse. Hasta el momento Charmaine había podido interceptar las llamadas de sus amigos, de manera que nadie había podido comunicarle la noticia de la muerte de Mystic.

Pero Savannah se sentía cada día más inquieta, más incómoda. Por mucho que había intentado convencer tanto a Charmaine como a Wade, había sido inútil. Seguían negándose a revelarle la verdad a Josh.

Echaba terriblemente de menos a Travis y le daba la razón en silencio. Había llegado la hora de que tomara sus propias decisiones, de que viviera una vida propia, una vida con él. Pero alejarse de la familia que amaba y de aquel rancho sería como abrir un agujero negro en el corazón, que la dejaría completamente vacía por dentro.

– No seas estúpida -se recriminó, pero a la vez no podía evitar una punzada de arrepentimiento.

Aquel día se dirigía lentamente hacia la cuadra de los potros, preguntándose como siempre cuándo pensaría volver Travis.

Aunque lo había llamado una vez, su conversación había sido tan breve como forzada, poco natural.

El anillo que llevaba en el dedo le recordaba que muy pronto, después de tantos años separados, acabaría convirtiéndose en su esposa, y quizá incluso teniendo un hijo suyo…

De repente se detuvo en seco al ver a Josh en la puerta de las cuadras.

– Hola, campeón -vio que daba un respingo antes de volverse para mirarla-. ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó con tono suave-. Creía que habías renunciado a tus escapadas matutinas…

– Sólo quería ver a Mystic.

– ¿Sabe tu madre que estás aquí?

– No -respondió, clavando la punta de una bota en el barro.

– ¿Y tu padre o tu abuelo?

– Tampoco. Sólo tú, tía Savvy. Pero no irás a decírselo, ¿verdad?

– Claro que no.

– Entonces ¿me dejarás entrar en las cuadras?

– Si lo hiciera, me buscaría problemas con tus padres.

– Bueno, ellos no se enterarían.

– Se enterarían -la sonrisa se borró de sus labios.

– ¿Cómo?

La inocencia de aquella pregunta le desgarró el corazón. Suspirando profundamente, le puso una mano en el nombro.

– Antes que nada, déjame que te explique algo.

– ¿Por qué?

– Tienes que escucharme, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Ya sabes que todos te queremos mucho. Y que todo lo que hemos hecho hasta ahora… ha sido para protegerte.

– ¿Como qué?

– Josh, no sé cómo decírtelo… Ojalá lo hubiera hecho hace tiempo. Vamos -empujó la puerta de las cuadras. Varios potros relincharon suavemente antes de que encendiera las luces.

– ¿Qué es lo que pasa? -inquirió el niño, descubriendo el cubículo vacío de su caballo favorito-. ¿Dónde está Mystic?

– Se ha ido, Josh.

– ¿Que se ha ido? -repitió, aterrado-. ¿Que se ha ido adonde? ¿Dónde está? -gritó con lágrimas en los ojos-. ¡No lo habrá vendido el abuelo! ¡No tenía derecho!

– No. El abuelo tuvo que sacrificarlo para que no sufriera. Estaba herido y el veterinario ya no podía ayudarlo.

– ¡Estaba herido! -chilló el niño, pálido-. ¿Qué quieres decir?

– Tenía una pata rota -le dijo Savannah con el tono más tranquilo posible.

El pequeño rostro de Josh se contrajo de dolor. Las lágrimas le bañaban las mejillas.

– Porque yo lo saqué durante la tormenta, ¿verdad?

– Sí -contestó con un nudo en el estómago-. Fue entonces cuando sucedió.

– ¡Entonces todo es culpa mía!

– Por supuesto que no -se acercó hacia él, sonriendo compasiva.

– ¿Cómo puedes decir eso? -replicó con voz quebrada-. Yo me lo llevé, ¿no? ¡Salí a montarlo cuado se suponía que no tenía que hacerlo! ¡Oh, tía Savvy, yo lo maté! ¡Yo maté a Mystic!

– Mystic se hirió solo. Fue un accidente.

– Pero entonces ¿por qué nadie me dijo nada?

– Porque los médicos temían que te alteraras demasiado. Y una vez que regresaste a casa, era muy difícil decírtelo porque sabíamos lo mucho que querías a Mystic.

– Nunca debí habérmelo llevado -se lamentó, sollozando.

– Es verdad, no debiste hacerlo. Pero sucedió y no puedes echarte la culpa del accidente. Tú amabas a ese caballo: nadie puede culparte de su muerte. Y ahora, vamos. Volvamos a casa. Te prepararé el desayuno.

– ¡No! -se apartó bruscamente, furioso-. ¡Tú me mentiste! ¡Todos me mentisteis! ¡Me dejasteis pensar que estaba vivo cuando durante todo el tiempo estaba muerto! -corrió fuera de las cuadras.

– ¡Josh, espera! -gritó Savannah, viéndolo alejarse-. Maldita sea… Lo has estropeado todo -masculló antes de correr a su vez tras el niño, hacia la casa.

Cuando entró en la cocina, se encontró con que todo el mundo estaba despierto.

– Le has contado lo de Mystic, ¿verdad? -le espetó Wade. Estaba tomando una taza de café y la fulminó con la mirada.

– Josh ya estaba en las cuadras. ¿Qué otra cosa podía hacer?

– Alejarlo de allí y traerlo para que yo hablara con él. Soy su padre.

– Entonces te sugiero que te comportes como tal y dejes de mentirle al niño. Has tenido oportunidades más que suficientes para decírselo.

– Ya, y dado que no lo he hecho, tú te has arrogado esa responsabilidad, ¿verdad?

– No me eches la culpa a mí, Wade. Reconócelo: tú eres el único culpable. Tú lo estropeaste todo -se disponía a atravesar la cocina para subir a la habitación de Josh cuando su cuñado la agarró de un brazo.

– Mantente alejada de él, Savannah. Está con Charmaine. Ella se encargará del chico. Por lo que a mí respecta ya puedes desaparecer de su vida y de la mía.

– Yo quiero a Josh, Wade.

– Pero él ya tiene una madre -la soltó para pasarse una mano por el pelo-. Y en cuanto a Travis McCord, puedes decirle que me deje también en paz de una vez.

– ¿Qué tiene que ver Travis?

– Nada. Olvídalo.

– ¿Que olvide qué? -inquirió-. ¿Has hablado con él?

– ¡Por supuesto que no!

– ¿Entonces?

– Te he dicho que lo olvides -gruñó. Recogiendo su abrigo del perchero, salió en dirección al garaje.

– ¿Qué es todo esto? -susurró para sí misma mientras lo veía subir a su coche, furioso. Segundos después se alejaba del rancho a toda velocidad.

Consciente de que algo había sucedido entre su cuñado y Travis, intentó llamar a éste a su apartamento de Los Ángeles. No contestaba. Suspirando profundamente, Savannah subió las escaleras y se encontró con Charmaine cuando salía de la habitación de Josh.

– Se lo he dicho.

– Tranquila. Debí habérselo dicho yo desde el primer día -sonrió Charmaine, cansada-. Sólo quiero estar sola un rato.

– ¿Crees que está bien?

– Sí, está bien. Banjo está con él.

– Gracias a Dios que Travis le regaló el cachorro.

Charmaine le hizo un guiño de complicidad.

– Tuve que emplearme a fondo para convencer a Wade de que nos quedáramos con el perro.

– Me lo imaginaba. Wade acaba de marcharse.

– Ya lo he oído -repuso, indiferente.

– ¿Cómo están las cosas… entre vosotros dos?

– No peor que de costumbre, supongo, pero es difícil de decir. Se ha mostrado absolutamente hermético desde que Travis regresó, y yo ya estoy a punto de abandonar… -se pasó una mano temblorosa por los ojos.

– Charmaine…

– Estoy bien, de verdad. Lo que pasa es que ya no comprendo a Wade. Y su reacción ante Travis… me asusta, es casi paranoica.

– ¿Por culpa de la candidatura a gobernador?

– Hay más que eso, me temo -se mordió el labio-. No sé exactamente lo que es -miró a su hermana-. En conjunto, todo esto me asusta mucho. Me da un miedo tremendo.

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