Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45
Перейти на страницу:

– Pero ¿eso qué tiene que ver con Travis?

– En realidad, nada -explicó el aludido, esbozando una mueca-. Pero ahora mismo constituye una historia interesante, sobre todo teniendo en cuenta que yo estaba en el rancho y que participé en la búsqueda de Mystic.

– Deberías quedarte y luchar -le espetó Reginald, cada vez más acalorado-. Deberías aspirar al cargo de gobernador y ganarlo, maldita sea. Eso acallaría a los charlatanes…

Travis cambió de sitio para sentarse frente a él.

– Pero eso no es lo que a ti te preocupa, ¿verdad? Tú tenías otros motivos para desear que me metiera en el mundo de la política.

– Por supuesto.

– Dime uno.

– Pensaba que supondría un gran éxito para ti.

Reginald miró rápidamente a su hija antes de concentrarse de nuevo en Travis.

– Sabes que eso me haría sentirme muy orgulloso…

– ¿Cómo? ¿Por qué? -Travis apoyó los codos sobre la mesa y clavó en Reginald una mirada que habría atravesado el acero.

– Prácticamente te crié como si fueras un hijo mío y…

– Eso no tiene nada que ver, aparte del hecho de que tú siempre has intentado utilizarme. Y ahora, dame los detalles.

– No tengo ninguno.

Travis frunció el ceño y se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.

– ¿Qué es todo esto? -preguntó Savannah, asistiendo aterrada a la discusión.

– Yo creo que todo empezó con una parcela en las afueras de San Francisco.

– ¿Te refieres a la tierra de papá? No entiendo…

– Lo entenderías si miraras en su despacho y escudriñaras su talonario.

– Oh, Travis, no puedes… -murmuró, consternada.

– ¿Por qué no le dejas a tu padre que se explique?

– A Wade le preocupaba que metieras las narices donde no te importa -señaló Reginald.

– Tenía buenas razones para preocuparse -replicó Travis, furioso.

– ¿Qué pasa con ese terreno? -quiso saber Savannah.

– Nada. Aún no. Pero los planes ya estaban hechos.

– ¿Qué tipo de planes?

– No es nada importante… -repuso su padre, frunciendo el ceño-. Ya sabes, yo siempre he pensado que Travis debería meterse en política…

– Continúa -lo animó Savannah.

– Hace dos años tuve la oportunidad de comprar a buen precio unas tierras cerca de San Francisco. La empresa propietaria estaba a punto de quebrar. Me enteré de las condiciones de venta y compré los terrenos. Fue un típico caso de estar en el momento y en el lugar adecuados. Luego decidí construir allí un hipódromo, una especie de memorial a mi nombre e instalar todos mis caballos, bautizándolo con el nombre de Parque Beaumont -miró a Travis-. No hay nada malo en ello, ¿verdad?

– Yo no sabía nada… -dijo Savannah, incrédula-. ¿Pero qué tiene que ver eso con Travis?

– Fue un fiasco -explicó el propio Travis-. La tierra estaba mal calificada y habría protestas de los propietarios vecinos si Reginald se decidía a construir el hipódromo.

– Pero él ni siquiera había sido elegido… -objetó ella, dirigiéndose a su padre.

– Lo sé. Era una posibilidad a muy largo plazo, pero cuando no conseguí una respuesta rotunda y afirmativa de Travis, hablé con Melinda y ella me dijo que se estaba pensando lo de presentarse a gobernador. Sabía que si lo nombraban gobernador, su peso sería decisivo y me ayudaría a edificar el parque.

– Y a ganar dinero a espuertas -apuntó el aludido.

– Eso también, por supuesto.

– Ya, por supuesto -repitió Travis-. ¿Sabes, Reginald? Eso era dar mucho por supuesto, teniendo en cuenta que aún no había anunciado mi intención de presentarme.

– Pero yo era consciente de la gran influencia que Melinda tenía en tu vida -Reginald se volvió hacia su hija-. Había conseguido convencerte de que te casaras con ella cuando tú te sentías atraído hacia Savannah ¿no?

Savannah palideció terriblemente en medio del silencio que siguió a aquellas palabras.

– Y ella te retuvo a su lado -prosiguió su padre- y te ayudó a tomar todo tipo de decisiones tanto profesionales como personales. Sabía que confiabas en su buen juicio, Travis, y a mí me bastaba con que ella te aconsejara que te presentaras.

– Todo a espaldas mías.

– Estabas ocupado.

– Entonces ¿qué sucedió cuando murió Melinda? -quiso saber Travis.

– Estaba el caso Eldridge, que te dio fama y honores. Eras el héroe del momento después de haber vencido a la poderosa industria farmacéutica…

Travis lo fulminó con la mirada.

– ¿Y si me hubiera presentado y perdido? Era una posibilidad bastante factible, tenías que ser consciente de ello.

– No según las encuestas.

– Los votantes suelen cambiar de idea.

– Ya lo pensé -admitió Reginald-. Todavía podía vender aquellas tierras y sacar un buen beneficio. Pero, por supuesto, mucho menos del que habría sacado vendiéndolo al consorcio de inversores que estaban interesados en comprar Parque Beaumont.

– No me lo puedo creer -murmuró Savannah.

– Hay más -prosiguió Travis en voz alta-. Esperabas que yo entrara a formar parte de su consejo de administración, ¿verdad?

Reginald frunció el ceño, pensativo.

– Sí, lo esperaba -admitió.

– Esperabas un montón de cosas, ¿verdad? Dios mío, no sólo apostaste a que ganaría una carrera en la que no iba a participar, sino que también confiabas en que te concedería todo tipo de favores personales -exclamó, airado-. Pues entérate de una vez que, si alguna vez decido meterme en política, ¡nunca le deberé nada a nadie!

– Esto es una locura… -Savannah estaba escandalizada-. ¡Travis ni siquiera había anunciado su candidatura!

Reginald se volvió hacia su hija esbozando una sonrisa humilde.

– Todavía sigo teniendo mis sueños, ¿sabes? Sueños que no he alcanzado, y se me va acabando el tiempo. No soy la clase de hombre que se conforma con jubilarse… -alzó los brazos, como esperando que su hija lo comprendiera.

– Pero no tienes por qué hacerlo…

Encendiendo su pipa, Reginald sacudió la cabeza. Una densa nube de humo azul se elevó hasta el techo.

– Me temo que sí. Necesito trasladar a tu madre a la ciudad: allí estará mejor atendida y más cerca de las cosas que le gustan. Necesita estar cerca de un hospital, pero yo me aburriría mortalmente en la gran ciudad. Eso ya lo sabes tú.

– Sí -repuso Savannah, evocando su propia experiencia en San Francisco. Reginald se levantó de repente para dirigirse hacia la puerta.

– Entonces intenta comprenderme. Y sé paciente conmigo.

Lo observó marcharse, incrédula. Sólo entonces se volvió de nuevo hacia Travis.

– Así que tenías razón.

Por la ventana, vio a su padre atravesar la pradera húmeda rumbo a las cuadras. Arquímedes le seguía los pasos.

– ¿Cambia eso las cosas?

– Un poco, supongo -esbozó una sonrisa temblorosa.

Travis bajó la mirada a su mano izquierda y al diamante que brillaba en su dedo.

– No puedo. Es demasiado pronto. Josh aún está convaleciente, Charmaine se encuentra muy alterada, papá todavía sigue muy deprimido por lo de Mystic y Wade…

– Ya, ya lo he notado. Se encierra en su despacho todas las noches con una botella -repuso Travis, suspirando-. Pero ¿qué sucederá cuando vuelva a buscarte? ¿Serás capaz de venir conmigo?

– Eso espero.

– Pero no me lo puedes asegurar.

– No, aún no.

– Temía que llegara este momento -sonrió, tenso-, pero como te dije ayer, tengo que ir a Los Ángeles para preparar una trampa. Y cuando vuelva, quizá todo este asunto esté arreglado y puedas tomar decisiones.

– No sé cómo…

– Confía en mí -la besó tiernamente en los labios-. Ya te dije que no pienso volver a dejarte. ¡Y es una promesa que pienso cumplir!

1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)