La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Pero ¿eso qué tiene que ver con Travis?
– En realidad, nada -explicó el aludido, esbozando una mueca-. Pero ahora mismo constituye una historia interesante, sobre todo teniendo en cuenta que yo estaba en el rancho y que participé en la búsqueda de Mystic.
– Deberías quedarte y luchar -le espetó Reginald, cada vez más acalorado-. Deberías aspirar al cargo de gobernador y ganarlo, maldita sea. Eso acallaría a los charlatanes…
Travis cambió de sitio para sentarse frente a él.
– Pero eso no es lo que a ti te preocupa, ¿verdad? Tú tenías otros motivos para desear que me metiera en el mundo de la política.
– Por supuesto.
– Dime uno.
– Pensaba que supondría un gran éxito para ti.
Reginald miró rápidamente a su hija antes de concentrarse de nuevo en Travis.
– Sabes que eso me haría sentirme muy orgulloso…
– ¿Cómo? ¿Por qué? -Travis apoyó los codos sobre la mesa y clavó en Reginald una mirada que habría atravesado el acero.
– Prácticamente te crié como si fueras un hijo mío y…
– Eso no tiene nada que ver, aparte del hecho de que tú siempre has intentado utilizarme. Y ahora, dame los detalles.
– No tengo ninguno.
Travis frunció el ceño y se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
– ¿Qué es todo esto? -preguntó Savannah, asistiendo aterrada a la discusión.
– Yo creo que todo empezó con una parcela en las afueras de San Francisco.
– ¿Te refieres a la tierra de papá? No entiendo…
– Lo entenderías si miraras en su despacho y escudriñaras su talonario.
– Oh, Travis, no puedes… -murmuró, consternada.
– ¿Por qué no le dejas a tu padre que se explique?
– A Wade le preocupaba que metieras las narices donde no te importa -señaló Reginald.
– Tenía buenas razones para preocuparse -replicó Travis, furioso.
– ¿Qué pasa con ese terreno? -quiso saber Savannah.
– Nada. Aún no. Pero los planes ya estaban hechos.
– ¿Qué tipo de planes?
– No es nada importante… -repuso su padre, frunciendo el ceño-. Ya sabes, yo siempre he pensado que Travis debería meterse en política…
– Continúa -lo animó Savannah.
– Hace dos años tuve la oportunidad de comprar a buen precio unas tierras cerca de San Francisco. La empresa propietaria estaba a punto de quebrar. Me enteré de las condiciones de venta y compré los terrenos. Fue un típico caso de estar en el momento y en el lugar adecuados. Luego decidí construir allí un hipódromo, una especie de memorial a mi nombre e instalar todos mis caballos, bautizándolo con el nombre de Parque Beaumont -miró a Travis-. No hay nada malo en ello, ¿verdad?
– Yo no sabía nada… -dijo Savannah, incrédula-. ¿Pero qué tiene que ver eso con Travis?
– Fue un fiasco -explicó el propio Travis-. La tierra estaba mal calificada y habría protestas de los propietarios vecinos si Reginald se decidía a construir el hipódromo.
– Pero él ni siquiera había sido elegido… -objetó ella, dirigiéndose a su padre.
– Lo sé. Era una posibilidad a muy largo plazo, pero cuando no conseguí una respuesta rotunda y afirmativa de Travis, hablé con Melinda y ella me dijo que se estaba pensando lo de presentarse a gobernador. Sabía que si lo nombraban gobernador, su peso sería decisivo y me ayudaría a edificar el parque.
– Y a ganar dinero a espuertas -apuntó el aludido.
– Eso también, por supuesto.
– Ya, por supuesto -repitió Travis-. ¿Sabes, Reginald? Eso era dar mucho por supuesto, teniendo en cuenta que aún no había anunciado mi intención de presentarme.
– Pero yo era consciente de la gran influencia que Melinda tenía en tu vida -Reginald se volvió hacia su hija-. Había conseguido convencerte de que te casaras con ella cuando tú te sentías atraído hacia Savannah ¿no?
Savannah palideció terriblemente en medio del silencio que siguió a aquellas palabras.
– Y ella te retuvo a su lado -prosiguió su padre- y te ayudó a tomar todo tipo de decisiones tanto profesionales como personales. Sabía que confiabas en su buen juicio, Travis, y a mí me bastaba con que ella te aconsejara que te presentaras.
– Todo a espaldas mías.
– Estabas ocupado.
– Entonces ¿qué sucedió cuando murió Melinda? -quiso saber Travis.
– Estaba el caso Eldridge, que te dio fama y honores. Eras el héroe del momento después de haber vencido a la poderosa industria farmacéutica…
Travis lo fulminó con la mirada.
– ¿Y si me hubiera presentado y perdido? Era una posibilidad bastante factible, tenías que ser consciente de ello.
– No según las encuestas.
– Los votantes suelen cambiar de idea.
– Ya lo pensé -admitió Reginald-. Todavía podía vender aquellas tierras y sacar un buen beneficio. Pero, por supuesto, mucho menos del que habría sacado vendiéndolo al consorcio de inversores que estaban interesados en comprar Parque Beaumont.
– No me lo puedo creer -murmuró Savannah.
– Hay más -prosiguió Travis en voz alta-. Esperabas que yo entrara a formar parte de su consejo de administración, ¿verdad?
Reginald frunció el ceño, pensativo.
– Sí, lo esperaba -admitió.
– Esperabas un montón de cosas, ¿verdad? Dios mío, no sólo apostaste a que ganaría una carrera en la que no iba a participar, sino que también confiabas en que te concedería todo tipo de favores personales -exclamó, airado-. Pues entérate de una vez que, si alguna vez decido meterme en política, ¡nunca le deberé nada a nadie!
– Esto es una locura… -Savannah estaba escandalizada-. ¡Travis ni siquiera había anunciado su candidatura!
Reginald se volvió hacia su hija esbozando una sonrisa humilde.
– Todavía sigo teniendo mis sueños, ¿sabes? Sueños que no he alcanzado, y se me va acabando el tiempo. No soy la clase de hombre que se conforma con jubilarse… -alzó los brazos, como esperando que su hija lo comprendiera.
– Pero no tienes por qué hacerlo…
Encendiendo su pipa, Reginald sacudió la cabeza. Una densa nube de humo azul se elevó hasta el techo.
– Me temo que sí. Necesito trasladar a tu madre a la ciudad: allí estará mejor atendida y más cerca de las cosas que le gustan. Necesita estar cerca de un hospital, pero yo me aburriría mortalmente en la gran ciudad. Eso ya lo sabes tú.
– Sí -repuso Savannah, evocando su propia experiencia en San Francisco. Reginald se levantó de repente para dirigirse hacia la puerta.
– Entonces intenta comprenderme. Y sé paciente conmigo.
Lo observó marcharse, incrédula. Sólo entonces se volvió de nuevo hacia Travis.
– Así que tenías razón.
Por la ventana, vio a su padre atravesar la pradera húmeda rumbo a las cuadras. Arquímedes le seguía los pasos.
– ¿Cambia eso las cosas?
– Un poco, supongo -esbozó una sonrisa temblorosa.
Travis bajó la mirada a su mano izquierda y al diamante que brillaba en su dedo.
– No puedo. Es demasiado pronto. Josh aún está convaleciente, Charmaine se encuentra muy alterada, papá todavía sigue muy deprimido por lo de Mystic y Wade…
– Ya, ya lo he notado. Se encierra en su despacho todas las noches con una botella -repuso Travis, suspirando-. Pero ¿qué sucederá cuando vuelva a buscarte? ¿Serás capaz de venir conmigo?
– Eso espero.
– Pero no me lo puedes asegurar.
– No, aún no.
– Temía que llegara este momento -sonrió, tenso-, pero como te dije ayer, tengo que ir a Los Ángeles para preparar una trampa. Y cuando vuelva, quizá todo este asunto esté arreglado y puedas tomar decisiones.
– No sé cómo…
– Confía en mí -la besó tiernamente en los labios-. Ya te dije que no pienso volver a dejarte. ¡Y es una promesa que pienso cumplir!