Enamorado de Gracie
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
– No lo comprendo.
– Cuando sea dueño del banco, puedo hacer lo que quiera con él. Lo cerraré. Ese maldito negocio fue lo único que le importaba a mi tío. Quiero que desaparezca como si jamás hubiera existido.
– Si el banco cierra, ¿qué les ocurrirá a las personas que tienen dinero en él?
– Lo recuperarán. Se cerrarán las cuentas, se liquidarán los préstamos y se pagarán las deudas. Entonces, nada.
– Y ¿qué van a hacer las personas que deban dinero?
– Tendrán que conseguir otro medio de financiación.
– ¿Y si no pueden?
– No es mi problema.
Podría ser el de Gracie, aunque estaba bastante segura de que su madre podría conseguir otro préstamo. Tenía la casa pagada y sólo había tomado prestado lo suficiente para la boda de Vivían., Al menos, eso era lo que Gracie esperaba.
– La hipoteca que Pam ha sacado para su hotel la tiene con mi banco. Seguro que eso te parece una buena noticia:
– Supongo, pero me preocupan todos los demás. Sé que te quieres vengar de tu tío, Riley y lo comprendo, pero, ¿y la ciudad? Vas a destruirla.
– Una vez más, no es mi problema.
Gracie había estado tan sumida en cómo la hacía sentirse y en lo bien que se había portado con ella que se había olvidado de que la ira rugía en el interior de Riley. Llevaba soportando su dolor durante mucho tiempo, tanto que le había dañado el alma.
– No me puedo creer que seas capaz de hacerle daño a personas inocentes sólo por vengarte de un hombre.
– Te aseguro que no pienso sentirme culpable. Además, ¿qué te importa a ti? Estás deseando marcharte de aquí.
– Lo sé, pero siento pena por todos los que se van a ver afectados por esto.
– Lo superarán. Bueno, ¿vamos a salir a cenar?
– Por supuesto. ¿Por qué?
– Estás pensando demasiado. No apruebas mi decisión.
– No es mi labor aprobar o desaprobar lo que haces. Sólo espero que lo hayas pensado todo bien y que lo que hagas merezca la pena.
– No te preocupes. Tal y como van las cosas, ni ganaré las elecciones ni heredaré el banco. Entonces, la ciudad estará a salvo.
– Tú no te rindes fácilmente. Yo diría que aún tienes una gran posibilidad.
– Tienes razón -dijo Riley, poniéndose de pie-. ¿Puedes estar lista para las siete y cuarto? He quedado con Mac y Jill en el mexicano de Bill.
– Claro -respondió ella, al tiempo que miraba el reloj.
Eran poco más de las cuatro. Tenía mucho tiempo para trabajar y para vestirse y deslumbrar. Si aquella noche iba a ser el centro de todas las miradas, estaba dispuesta a darle a todo el mundo algo especial de lo que hablar.
– No hace falta que me acompañes -anunció Riley-. Hasta luego.
– Adiós.
Oyó que la puerta principal se cerraba a espaldas de Riley y entonces suspiró. Aunque comprendía que quería cerrar el banco para vengarse de su tío, estaba segura de que se equivocaba. Sin embargo, ¿cómo podía convencerlo de lo contrario?
Una cosa más de la que preocuparse. Eso y que su madre hubiera pedido un `préstamo. Por supuesto, Gracie la ayudaría si era necesario. Al menos, de eso no tenía por qué preocuparse.
Eso le dejaba tiempo para pensar en su posible embarazo, en por qué Pam era tan amable con ella, en quién estaba siguiendo a Riley para hacerle fotos, en las elecciones, en la boda o no boda de su hermana, en su relación con su madre y sus hermanas y en la clase de pastel que iba a preparar para la Sociedad Histórica. Ah, y en el hecho de Riley y ella fueran a tener una cita. En público.
Holly se bajó de la mesa y se colocó la falda. Entonces, se inclinó para besar a Franklin Yardley untes de salir del despacho.
Franklin se reclinó en su sillón. Maldita sea… Iba a echar mucho de menos a Holly. Sólo pensar que se le paseaba por el despacho con aquellas faldas tan cortas y sin braguitas era suficiente para volverle loco.
Siempre había tenido ayudantes muy dispuestas desde su primer año como alcalde. Todas con el mismo perfil. Jóvenes, inteligentes y muy sensuales. Les había enseñado todo lo que sabía y, al final, ellas habían seguido con su vida sin rencor alguno.
Echaría de menos la variedad, la juventud y la disposición para hacer cualquier cosa en cualquier parte. Sin embargo, una promesa era una promesa y había jurado dejarlas. La idea de tener relaciones sexuales con una mujer durante el resto de su vida resultaba algo turbadora, pero también merecía la pena.
Echaría de menos también el despacho y todo lo que le acompañaba. Después de ganar las elecciones, limpiaría los libros, cerraría la cuenta que había utilizado para embolsarse dinero de la ciudad durante los últimos quince años y se aseguraría de borrar todo rastro.
Por supuesto, se divorciaría de Sandra, dejaría el país y se acomodaría en su nueva vida llena de lujos. En aquel momento, su línea privada empezó a sonar. Mientras se disponía a contestar, pensó en lo mucho que le gustaba cuando un plan surtía efecto.
– Yardley.
– Hola, cielo. ¿Cómo te va?
Franklin miró hacia la puerta. Holly estaba sentada al otro lado. Menos de diez minutos antes, se la había estado tirando encima de aquel escritorio.
– Genial. ¿Y tú?
– Bien. Feliz. Estuviste magnífico en el debate.
– Gracias. Tengo que admitir que estaba algo preocupado por la ventaja que Riley llevaba en las encuestas. Pensé que tendríamos que contar de nuevo con nuestro fotógrafo, pero ya no. Riley va a perder las elecciones sin que yo tenga que esforzarme.
– Lo sé. No me puedo creer que sea lo suficientemente estúpido como para liarse con Gracie Landon. Menuda zorra -dijo la mujer-. Sin embargo, nosotros llevamos las de ganar. Dentro de un par de semanas, tú serás reelegido Y Riley Whitefield lo habrá perdido todo.
– Incluso los noventa y siete millones de dólares de su tío -suspiró Franklin con satisfacción-. Aunque ya sabes que no nos quedaremos con todo.
– No importa -dijo ella-. Me conformo con cuarenta millones como premio de consolación. Donovan Whitefield fue muy amable al dejar el grueso de su patrimonio a la Asociación para Huérfanos de Gran Caimán.
– Sí. Siempre le gustó ayudar a los que resultaban menos afortunados que él. Especialmente a sus amigos. Fue él quien me sugirió las islas Gran Caimán. El resto del patrimonio irá a parar a las manos de organizaciones benéficas reales para que todo parezca legal. Me pregunto lo que Riley diría si supiera que su tío se lo ha preparado todo para que fracase.
– No lo sabrá nunca. En vez de eso, va a perder las elecciones y a marcharse de aquí con el rabo entre las piernas.
– Entonces, tú y yo haremos las maletas y nos marcharemos.
– Me muero de ganas -susurró ella-. Quiero estar contigo.
– Yo también.
– Te amo, Franklin.
– Yo también, cielo.
El restaurante mexicano de Bill tenía una comida deliciosa, pero no era famoso por su ambiente.
Era muy normal, rayando en lo hortera, lo que creaba a Gracie un dilema a la hora de elegir qué ponerse.
Quería estar fantástica. Después de todo, Riley y ella iban a ser el centro de atención de aquella noche. Todo el mundo hablaría de ellos y Gracie quería que una de las cosas qué comentaran fuera lo fantástica que ella estaba.
Era justo. La última vez que había generado tantas habladurías con Riley tenía catorce años y, tal y como lo había definido la señora Baxter, vecina de su madre, era muy poco agraciada. Largas piernas y brazos, plana, con un cabello que jamás tenía buen aspecto, aparatos en los dientes y acné. Horror.
El tiempo lo había cambiado todo. Aunque no fuera una reina de la belleza, no estaba mal. Quería celebrar sus curvas, su brillante cabello y un rostro libre de imperfecciones.
Se miró en el espejo tratando de no fijarse en los rulos que tenía en la cabeza. Decidió que quería ponerse falda, dado qué se había depilado y se había aplicado una crema de bronceado en las piernas que le daba un bonito color.