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Enamorado de Gracie

Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:

A los catorce años, Gracie se había enamorado de chico mayor que ella, Riley. Tan grandes habían sido las locuras que había hecho para atraer su atención que ni siquiera después de tantos años la gente del pueblo de Los Lobos la dejaba olvidarse de su enamoramiento de adolescencia.
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
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– La falda color caqui con el jersey azul cielo, no estaría mal -musitó.

Mientras estaba buscando en el armario para sacar la falda, alguien empezó a llamar a la puerta. Miró el reloj y vio que eran las seis. No podía ser Riley.

Rápidamente, se dirigió a la puerta. La abrió y, al ver quien estaba al otro lado, tuvo que contener un gruñido.

Era Vivian. Su hermana tenía el rostro cubierto de lágrimas. Su primer instinto fue consolarla, pero entonces: recordó que era la hermana que quería una boda por todo lo alto, pero que, en realidad, se negaba al compromiso de estar casada.

– ¿Qué pasa ahora?

– Se ha terminado -confesó Vivian entre sollozos mientras entraba en la casa-. Con Tom.

– ¿Otra vez?

– No lo entiendes -susurró Vivian, entre lágrimas-. Antes era yo. No hacía más que decirle que no habría boda y me marchaba. Sólo quería que me dedicara algo de atención. Parecía estar muy serio últimamente. Sin embargo, anoche, cuando volví a discutir con él, se, quedo muy serio. Esta mañana ha venido a verme y me dijo que se había terminado. Para siempre. Que yo no estaba preparada para casarme con nadie. Me dijo que era una inmadura, que me ama, pero que no va a verme hasta que yo crezca un poco.

– Vaya, lo siento.

– No sé qué hacer. No quiere hablar conmigo. Y lo dice en serio. Me dijo que cada vez que yo cancelaba la boda le hacía mucho daño, pero que a mí no parecía importarme. Me dijo que yo sólo pensaba en mí. Que estaba mal que hubiera obligado a mi madre a pedir un préstamo para pagar nuestra boda. Que yo era una mocosa y que debería sentirme avergonzada de mí misma.

Las lágrimas volvieron a caer. Gracie se acercó a ella, sin saber qué decir.

– ¿Has hablado con mamá?

– No… Se va a enfadar mucho conmigo: Les ha contado a sus amigas todo lo de la boda y lo estupenda que va a ser. Si tiene que explicarle ahora a todo el mundo que se ha cancelado, se morirá.

A Gracie le daba la sensación de que su madre se disgustaría más por el dinero que iba a perder.

– Estoy segura de que sus amigas comprenderán.

– ¿Hablas en serio? Se divertirán mucho. Así son. Sus hijas no cancelaron sus bodas. Mamá va a matarme.

– Mira, sé que todo esto parece horrible en estos momentos. Te duele y no parece haber solución, pero mejorará. Ahora dispones de un poco de tiempo para saber lo que realmente quieres. ¿Es Tom el hombre con el que quieres pasar el resto de tu vida?

– Por supuesto que sí. Por eso me quería casar con él. Sólo decía que no me casaba para que él me prestara atención.

– ¿Y por qué no hablaste simplemente con él y le pediste que te prestara atención?

– Por favor… Como si lo hiciera alguien. ¿Has tenido novio alguna vez?

– Muchos y hace bastante tiempo aprendí que no resulta muy inteligente jugar. Si escuchaste atentamente lo que Tom te dijo, lo único que quiere es que seas sincera con él.

– Ningún hombre desea eso. Muy bien. Sé cómo lo puedo arreglar. Me presentaré en su casa completamente desnuda. Tendrá que dejarme entrar. Cuando haya conseguido meterlo en la cama, podré convencerlo de cualquier cosa. Sí. Es un buen plan. Todo va a salir bien -afirmó con una sonrisa-. Tengo que prepararme. Gracias por escucharme. Ya verás como Tom accede a casarse conmigo.

Vivian se marchó rápidamente de la casa. Gracie cerró la puerta y se apoyó contra el marco. ¿De verdad creía su hermana que podía convencer tan fácilmente a Tom para que se casara con ella? Tom era un buen muchacho y Gracie esperaba que fuera lo suficientemente fuerte como para obligar a `Vivian a madurar un poco. No tenía muchas esperanzas al respecto. Si cedía ante Vivian, se merecía todo lo que se le viniera encima.

– No es problema mío -dijo.

Regresó al dormitorio. Al ver la hora que era, lanzó un grito. Eran más de las seis y media y se tardaba más de media hora en estar fabulosa.

Riley se detuvo a la puerta del restaurante y apretó la mano de Gracie.

– Si sigues respirando así de rápido, vas a asfixiarte. No tenemos por qué hacer esto. Nos podemos marchar ahora y yo puedo llamar a Mac desde el coche y decirle que vamos a cenar en mi casa.

Gracie negó con la cabeza. Su melena rubia, que habitualmente llevaba lisa, se agitó en una cascada de rizos que Riley se moría por acariciar. El maquillaje enfatizaba sus enormes ojos y hermosa boca. Estaba preciosa.

La ropa era igual de bonita La falda enfatizaba sus largas y bronceadas piernas. El suéter se le ceñía a unos pechos que Riley sabía eran suaves y maravillosos. Era la viva imagen del deseo.

– Puedo hacerlo -afirmó ella-. Te aseguro que tengo nervios de acero. Soy invencible. ¿Estoy bien?

– Estás preciosa -replicó él con una sonrisa-. Me impresionaste desde el primer momento, pero ahora estoy atónito.

– Vaya. Bueno, prométeme que, pase lo que pase, no te apartarás de mi lado.

– Palabra de honor. ¿Lista?

Gracie asintió, por lo que Riley abrió la puerta. Las voces y la música de mariachi salieron a recibirlos. Mac y Jill los estaban esperando en la parte trasera del restaurante, que era mucho más tranquila. Una joven camarera se les acercó para acompañarles a su mesa.

– La gente nos está mirando -susurró Gracie-. Lo siento. Oh, Dios… Esto ha sido una pésima idea.

– Todo va bien. Todo el mundo nos está mirando porque tú estás guapísima. Todos los hombres desearían estar contigo.

– Por favor -comentó ella riendo.

– Hablo en serio. Si yo hubiera sabido lo guapa que te ibas a poner con los años, te habría prestado más atención hace catorce años.

– Te recuerdo que yo era una niña. Aunque hubiera sido una diosa tú no me habrías hecho ni caso.

– Hola -dijo Jill cuando por fin llegaron a la mesa-. Vimos esta mesa y nos pareció bien. Está en un lugar mucho más tranquilo y apartado.

– Dices eso porque todo el mundo va a hablar, ¿verdad? -observó Gracie-. Lo sabía. Creo que me voy a poner enferma.

– ¿De verdad? -preguntó Mac:

– No lo sé… -admitió Gracie, colocándose una mano en el estómago.

– Es mentira -dijo Riley-. Venga, siéntate. Unas patatas con salsa te harán sentirte mejor.

– Me gustan las patatas -afirmó Gracie, más alegre-. No son peligrosas.

– ¿Como el pan? -preguntó él.

– Exactamente.

Gracie y Riley se sentaron.

– Bueno, ¿cómo va todo? -le preguntó Mac a Riley.

– Bien. Las encuestas han bajado desde el debate, lo que no es de extrañar. Zeke, mi jefe de campaña, está tratando de idear una nueva estrategia.

– Nunca me ha gustado el alcalde -dijo Jill-. Es repugnante. Quiero que le des una buena patada en el trasero, en las elecciones, por supuesto. No literalmente, aunque tampoco me importaría.

– Y yo que creía que habías jurado defender la ley – comentó su marido.

– No, cielo. Ése eres tú.

Se sonrieron con mucha dulzura.

– Noto algo diferente -afirmó Gracie-. ¿De qué se trata?,

– No sé -respondió Jill, encogiéndose de hombros.

– Sí, hay algo… Tú estás diferente. No se trata de tu cabello. ¿Te has blanqueado los dientes?

– No.

De repente, Gracie lanzó un grito de alegría.

– ¿Estás? -le preguntó a su amiga, agarrándole la mano-. Lo estás. Lo sé.

Jill se sonrojó y asintió.

– Acabo de enterarme esta mañana. Jamás creí que ocurriría tan rápidamente. Acabábamos de empezar a intentarlo… Sí, estoy embarazada.

– ¡Es genial!

Gracie se levantó del asiento y abrazó con fuerza a su amiga. Riley se inclinó sobre Mac y le ofreció la mano.

– Enhorabuena.

– Gracias. Los dos estamos muy contentos. Todo ha ocurrido muy deprisa -dijo Mac-. Yo creía que, al menos, tendríamos un par de meses, pero supongo que hemos acertado a la primera.

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