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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– ¿Sientes una fuerte empatía? Oh, querida, no, no aprietes los dientes, Miranda, no te gustaría tener que ir al dentista, te lo juro.

La expresión de ella fue tal, que él no pudo hacer más que reír.

– Oh, no seas tan sensible, Miranda.

Aún fulminándolo con la mirada, ella musitó:

– Lo siento, milord.

Y luego se las arregló de alguna manera para hacer una sumisa reverencia allí en mitad del carruaje.

La risa de Turner explotó en divertidas carcajadas.

– Oh, Miranda -dijo, enjuagándose los ojos-. Eres una joya.

Cuando se recobró por fin, ella lo estaba mirando como si estuviese loco. A él se le ocurrió durante un segundo levantar las manos como si fuesen garras y soltar algún tipo de sonido animal extraño, sólo para confirmar sus suposiciones. Pero al final, simplemente se recostó hacia detrás y sonrió de oreja a oreja.

Ella sacudió la cabeza.

– No te entiendo.

Él no contestó, sin desear que la conversación volviese a aguas más serias. Ella volvió a alzar su libro, y aquella vez, él se dedicó a cronometrar cuántos minutos pasaban antes de que pasara de página. Cuando el resultado fue de cincuenta segundos, dibujó una sonrisa.

– ¿Una lectura difícil?

Miranda bajó lentamente el libro y lanzó una mirada mortal en su dirección.

– ¿Disculpa?

– ¿Muchas palabras grandes?

Ella simplemente lo miró.

– No has pasado de página desde que empezaste.

Ella dejó escapar un fuerte gruñido y con gran determinación, pasó la página.

– ¿Es en inglés o en griego?

– ¿Perdón?

– Si está en griego, eso explicaría tu velocidad.

Los labios de ella se abrieron.

– O la falta de ella -dijo él con un encogimiento de hombros.

– Sé leer griego -dijo ella entre dientes apretados.

– Sí, y es un logro encomiable.

Ella bajó la vista a sus manos. Estaban apretando el libro con tanta fuerza, que los nudillos se le estaban poniendo blancos.

– Gracias -dijo forzada.

Pero él no había acabado.

– Poco común para una mujer, ¿no crees?

Aquella vez, ella decidió ignorarlo.

– Olivia no puede leer griego -dijo él conversador.

– Olivia no tiene un padre que no hace otra cosa que no sea leer en griego -dijo ella sin levantar la vista. Intentó concentrarse en las palabras de la parte superior de la nueva página, pero no tenían mucho sentido, puesto que no había terminado de leer la anterior. Ni siquiera la había comenzado.

Dio golpecitos con un dedo enguantado contra el libro mientras fingía leer. No creía que hubiese manera alguna de volver a la página anterior sin que él lo notase. Tampoco importaba demasiado, pues dudaba que lograse leer nada más mientras él la estuviese mirando con aquella mirada de espesas pestañas suya. Era mortal, decidió. La hacía arder y estremecerse simultáneamente al mismo tiempo, estaba completamente irritada con el hombre.

Estaba totalmente segura de que él no tenía interés en seducirla, pero a pesar de todo, estaba haciendo un buen trabajo.

– Un talento peculiar, ése.

Miranda aspiró los labios y levantó la vista hacia él.

– ¿Sí?

– Leer sin mover los ojos.

Ella contó hasta tres antes de responder.

– Algunos de nosotros no tenemos la necesidad de articular las palabras cuando leemos, Turner.

– Touché, Miranda. Sabía que aún te quedaba alguna chispa.

Clavó las uñas con fuerza en el asiento acolchado. Uno, dos, tres. Sigue contando. Cuatro, cinco, seis. A aquel paso, iba a tener que llegar hasta cincuenta si quería controlar su carácter.

Turner la observó mover la cabeza ligeramente al son de algún ritmo desconocido y sintió curiosidad.

– ¿Qué haces?

Dieciocho, diecinueve

– ¿Qué?

– ¿Qué haces?

Veinte.

– Te estás volviendo extremadamente molesto, Turner.

– Soy persistente. -Sonrió burlón-. Creí que tú, de todas las personas, apreciaría ese rasgo. Y ahora, ¿qué estabas haciendo? Tu cabeza se estaba meneando de una forma de lo más curiosa.

– Si quieres saberlo -dijo cortante- estaba contando interiormente para así poder controlar mi temperamento.

Él la miró durante un momento, entonces dijo:

– A uno le da escalofríos tan sólo pensar lo que podrías haberme dicho si hubieses dejado de contar antes.

– Estoy perdiendo la paciencia.

– ¡No! -dijo él con fingida incredulidad.

Cogió el libro una vez más, intentando ignorarlo.

– Deja de torturar ese pobre libro, Miranda. Los dos sabemos que no lo estás leyendo.

– ¿Vas a dejarme en paz? -explotó por fin ella.

– ¿Hasta qué número llegaste?

– ¿Qué?

– ¿Qué número? Dijiste que estabas contando para así no ofender mi tierna sensibilidad.

– No lo sé. Veinte. Treinta. No lo sé. Dejé de contar hace más o menos unos cuatro insultos.

– ¿Llegaste hasta treinta? Me has mentido, Miranda. No creo que hayas perdido tu paciencia conmigo en absoluto.

– Sí, lo he hecho -dijo ella con los dientes apretados.

– No creo.

– ¡Aaaargh! -le tiró el libro. Le dio limpiamente en un lado de la cabeza.

– ¡Ay!

– No seas niño.

– No seas tirana.

– ¡Deja de provocarme!

– No estaba provocándote.

– Oh, por favor, Turner.

– Oh, de acuerdo -dijo petulante, frotándose el lado de la cabeza-. Estaba provocándote. Pero no lo habría hecho si no me hubieses ignorado.

– Perdóname, pero creía que querías que te ignorase.

– ¿De dónde diablos sacaste esa idea?

La boca de Miranda se abrió de golpe.

– ¿Estás loco? Me has evitado como a una plaga durante al menos los últimos quince días. Hasta has evitado a tu madre para evitarme a mí.

– Bueno, no es cierto.

– Díselo a tu madre.

Él parpadeó.

– Miranda, yo quería que fuésemos amigos.

Ella sacudió la cabeza. ¿Había palabras más crueles en la lengua inglesa?

– No es posible.

– ¿Por qué no?

– No puedes tener ambas cosas. -Continuó Miranda, usando cada onza de energía para evitar que le temblase la voz-. No puedes besarme y luego decirme que quieres que seamos amigos. No puedes humillarme como lo hiciste en Worthingtons, y luego declarar que te gusto.

– Tenemos que olvidar lo que pasó -dijo él suavemente-. Debemos dejarlo detrás, si no por el bien de nuestra amistad, entonces por el de nuestra familia.

– ¿Tú puedes hacerlo? -Exigió Miranda-. ¿De verdad puedes olvidar? Porque yo no.

– Por supuesto que puedo -dijo, un poco demasiado fácilmente.

– Carezco de tu sofisticación, Turner -dijo, y luego añadió gélidamente-. O quizás, no soy tan superficial como tú.

– Yo no soy superficial, Miranda. -Le devolvió con rapidez-. Soy sensible. Dios sabe que uno de nosotros tiene que serlo.

Miranda deseó tener algo que decir. Deseó tener alguna mordaz respuesta que lo humillara, que lo dejara sin palabras, dejándolo como un montón sucio y gelatinoso de patética podredumbre.

Pero en lugar de eso sólo se tenía a sí misma, y las horribles y furiosas lágrimas que le ardían detrás de los ojos. Y ni siquiera estaba segura de poder fulminarlo adecuadamente con la mirada, así que miró a otro lado, contando los edificios mientras pasaban por la ventana y deseando estar en cualquier otro sitio.

Y con cualquier otra persona.

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