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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Un honor, señores -manifesté a los dos hombres con una reverencia, mientras rezaba por que el gran Botticelli no detectase el temblor en mi voz. Él había creado ya sus grandes obras maestras: La primavera, por supuesto, y El nacimiento de Venus, pinturas que adornaban las paredes de la villa de Lorenzo en Castello.

– Este joven -Lorenzo bajó la voz y sonrió débilmente al malhumorado joven de cabellos oscuros que apenas se había molestado en mirarnos- es el talentoso Miguel Ángel, que vive con nosotros. Quizá lo hayas oído mencionar.

– Así es -respondí, envalentonada quizá por la extrema timidez del joven-. Voy a misa a la iglesia de Santo Spirito, donde está su hermoso crucifijo de madera. Siempre lo he admirado.

Miguel Ángel agachó la cabeza y parpadeó; quizá era una respuesta, o quizá no, pero yo la interpreté como tal, y a los demás les pareció normal.

Mi filósofo se levantó. Era delgado, recto y alto; su cuerpo, como su rostro, era perfectamente proporcionado. Al verme se había sobresaltado levemente, como si algo le hubiese perturbado, pero cuando se disipó la inquietud, en su rostro apareció una extraña y tierna expresión de melancolía.

– Me llamo Leonardo -dijo con voz suave-, del pequeño pueblo de Vinci.

23

Contuve una exclamación de sorpresa. Recordé cuando mi madre y yo contemplamos juntas el último retrato en la pared de la piazza della Signoria, el del asesino Bernardo Baroncelli; la pintura hecha por aquella mano tan segura y elegante. Allí estaba su creador.

– Señor -dije con voz ahogada-. Es un gran honor conocer a tan gran artista. -Con el rabillo del ojo vi cómo Botticelli daba un codazo a Leonardo en una falsa exhibición de celos.

Él me cogió la mano y me miró con tal intensidad que me sonrojé; había algo más que la admiración de un artista en su mirada. Vi un profundo aprecio, mezclado con un afecto que yo no había merecido.

– Soy yo quien se siente honrado, madonna, de conocer a una obra de arte viviente. -Se inclinó y rozó el dorso de mi mano con los labios; su barba era suave como los cabellos de un niño.

«Por favor -repetí silenciosamente-. Permite que sea él.»

– Creía que ahora estabas en Milán -comenté mientras me preguntaba por qué estaba allí.

– Es verdad, el duque de Milán es mi patrón -respondió amablemente al tiempo que me soltaba la mano-. Aunque debo toda mi carrera a la generosidad del Magnífico.

– Todo un genio, nuestro Leonardo -señaló Botticelli en tono seco-. En Milán pinta, esculpe, traza planos de magníficos palacios, dirige la construcción de diques, toca el laúd y canta…

– Miró a su viejo amigo-. Dime, ¿hay algo que no harías para el duque?

El tono de la pregunta era socarrón; el viejo Ficino estuvo a punto de soltar una risotada, pero se contuvo de inmediato como si hubiese recordado súbitamente la presencia de Lorenzo y mía. Lorenzo dirigió una velada mirada de advertencia a los dos hombres.

– Eso es más o menos lo que hago -replicó Leonardo suavemente-, aunque tengo planes para alterar el curso del sol.

Se escucharon las risas de todos excepto de Miguel Ángel, que se había acurrucado con su copa, como si le asustase el ruido.

– Si alguien puede hacerlo, eres tú -apuntó Ficino.

– Mi buen Leonardo -dijo Lorenzo repentinamente serio-. Es mi deseo que madonna Lisa dé un paseo por el patio, pero necesito descansar un momento, y ha llegado la hora de que beba una de las repugnantes pócimas que mi médico me ha recetado. ¿Tendrías tú la amabilidad?

– No se me ocurre nada más agradable. -El artista me ofreció un brazo.

Lo acepté turbada, pero conseguí no demostrarlo. ¿Era aquella la señal de que el Magnífico lo consideraba un posible candidato a ser mi marido? La perspectiva de una vida con aquel encantador, genial y famoso artista -incluso en la lejana Milán, en la corte del duque Ludovico Sforza- parecía algo muy agradable, incluso siendo yo muy joven.

– Entonces me retiraré un momento. -Lorenzo se despidió con una leve y envarada inclinación.

– Es del todo injusto -comentó Botticelli mientras miraba cómo se marchaba- que solo uno de nosotros pueda tener el placer de acompañarte.

Leonardo y yo nos marchamos. Me llevó hacia las puertas en el otro extremo de la gran sala, y los dos sirvientes las abrieron. En el momento de cruzar el umbral, Leonardo dijo:

– No debes estar nerviosa, Lisa. Percibo que eres una mujer inteligente y sensible; estás entre tus pares, no entre tus superiores.

– Eres muy amable al decirlo, pero no tengo talento. Solo puedo admirar la belleza que otros crean.

– El ojo para la belleza es un don en sí mismo. Ser Lorenzo posee ese talento.

El aire en el exterior era frío, pero había varias antorchas y una pequeña hoguera ardía en el interior de un círculo de piedras.

– ¿Madonna, puedo ofrecerte mi capa? -Volvió su rostro perfecto hacia el mío; la luz del sol poniente dio a su tez un tono coralino.

Miré la capa que me ofrecía; estaba hecha de una delgada lana negra, muy vieja y remendada. Sonreí.

– No tengo frío, gracias.

– Entonces, permíteme que te ofrezca un breve recorrido. -Me llevó hacia la hoguera. A un lado, sobre un alto pedestal, había una estatua de bronce de un joven desnudo, de cabellos largos y rizados que sobresalían de un sombrero de paja de pastor; su cuerpo era suave y redondeado como el de una mujer. Apoyaba un puño coquetamente en la cadera; la otra mano lo hacía sobre la empuñadura de una espada cuya afilada punta apoyaba en el suelo. A sus pies yacía la grotesca cabeza decapitada de un gigante.

Me acerqué a la escultura; la luz de la hoguera resplandecía en el metal oscuro.

– ¿Es el David? -pregunté-. ¡Parece una muchacha!

Me llevé la mano a la boca, avergonzada inmediatamente por el imprudente comentario. ¿Quién era yo para juzgar una obra maestra?

– Sí -admitió mi guía un tanto distraído. Lo miré y descubrí que me había estado observando todo el tiempo, como si nunca antes hubiese visto a una mujer-. El David del gran Donatello. -Después de una larga pausa, salió de su ensimismamiento, y añadió-: Siempre está aquí; lleva cuidando este patio desde que Lorenzo era un niño. Pero han traído más cosas para tu disfrute.

¿Para mi disfrute? Lo pensé, y después decidí que Leonardo se divertía halagándome.

Nos acercamos a un par de bustos, cada uno colocado en su propio pedestal, y tan gastados que no pude saber de qué piedra estaban hechos.

– Estos parecen muy antiguos.

– Lo son, madonna. Son las cabezas de César Augusto y el general Agripa, realizadas en tiempos de la antigua Roma.

Acerqué un dedo para tocar la cabeza de Augusto. Formaba parte de la vida diaria cruzar el ponte Vecchio, construido por los romanos tanto tiempo atrás; pero ver una obra de arte creada a partir del rostro de un hombre fallecido más de mil años atrás, me producía un profundo respeto. Mi guía me soltó el brazo para que admirase las obras a placer.

– Lorenzo es amante de las antigüedades -comentó-. Esta casa contiene la mayor colección de arte antiguo y moderno del mundo.

Fui hasta otro busto de piedra blanca, de un hombre mayor con la nariz bulbosa y abundante barba, aunque no podía rivalizar con la de Leonardo.

– ¿Quién es este?

– Platón.

También lo toqué suavemente para sentir la fría piedra debajo de mis yemas e imaginar vivo al hombre que representaba. Había otra escultura -una contemporánea- de Hércules, musculoso y robusto, el supuesto fundador de Florencia. En algún momento, la distracción me llevó a dejar mi copa y olvidarla completamente.

A pesar de mi embeleso, comenzaba a tener frío y me disponía a pedir que volviésemos al interior cuando mi mirada descubrió otro busto -de terracota y tamaño natural- en un rincón del patio. Era de un hombre actual, apuesto y de facciones fuertes, en la plenitud de la vida. Tenía los ojos grandes y bien abiertos, y la sombra de una sonrisa en los labios, como si hubiese acabado de ver a un querido amigo. Me gustó en el acto.

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