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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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—Hijo —dijo el estudiante—, ha llegado el momento en que he de contarte lo que hasta ahora te he escondido, temeroso de que con la impetuosidad de tu juventud pudieras atreverte a demasiado antes de que llegara la hora. Has de saber que a esta ciudad la oprime un ogro, que todos los años le exige sus hijas más bellas, como has visto en tu sueño.

A esto refulgieron los ojos del joven, que preguntó: —¿Quién es este ogro, y qué forma tiene, y dónde habita?

—Nadie sabe cómo se llama, pues ningún hombre ha podido acercársele. Tiene la forma de una naviscaput, y esto significa que ante los hombres toma la apariencia de un navío, y sobre la cubierta (que en realidad no es más que sus hombros) lleva un único castillo, la cabeza, y en el castillo un único ojo. Pero el cuerpo nada en las aguas profundas con la raya y el tiburón, y los brazos son más largos que los más altos mástiles y las piernas son como pilares que llegan hasta el fondo mismo del mar. Habita en un puerto de una isla de occidente, donde un canal se interna en la tierra con muchos giros y revueltas, dividiéndose una y otra vez. Es en esta isla donde las doncellas trigueras habitan por fuerza, según dice mi historia, y allí, anclado, el ogro se desenvuelve entre ellas, moviendo eternamente el ojo a izquierda y derecha para observar como desesperan.

III — El encuentro con la princesa

Entonces el joven continuó su andadura y escogió su tripulación entre otros jóvenes de la ciudad de los magos, y de quienes llevaban las capuchas coloreadas consiguió una nave robusta, y durante todo ese verano él y los otros jóvenes acorazaron la nave y montaron a sus costados la más poderosa artillería, y cien veces practicaron desplegando y arriando las velas y disparando los cañones, hasta que la nave respondió como una yegua de pura sangre responde a las riendas. Debido a la compasión que sentían por las doncellas trigueras, le pusieron por nombre Tierra de Vírgenes.

Cuando las hojas doradas cayeron de los sicomoros (así como el oro fabricado por los magos acaba cayendo de las manos de los hombres) y los grises ánsares surcaban los cielos por entre las pálidas torres de la ciudad y los pigargos y quebrantahuesos los seguían graznando, los jóvenes se hicieron a la mar. Muchas aventuras corrieron en la ruta de ballenas que conduce a la isla del ogro y que no vienen ahora al caso; pero al final los vigías avistaron allá delante una tierra de suaves colinas salpicadas de verde; y mientras la contemplaban a la luz del sol, protegiéndose los ojos con las manos, las manchas verdes fueron haciéndose más y más grandes. Entonces el joven a quien el estudiante había sacado de un sueño supo que ésta era en verdad la isla del ogro, y que las doncellas trigueras acudían presurosas a la orilla para observar el velamen.

Entonces se prepararon los grandes cañones, y las banderas de la ciudad de los magos, todas amarillas y negras, lucieron en la arboladura. Se acercaron más y más, hasta que temiendo encallar enmendaron el rumbo y bordearon la costa. Las doncellas trigueras los siguieron, atrayendo así a más compañeras hasta que cubrieron toda la tierra como un campo de trigo. Pero el joven no olvidó lo que le habían contado: que el ogro vivía entre ellas.

Medio día estuvieron navegando, doblaron un cabo y vieron que la costa se convertía en un profundo canal que se abría camino entre las colinas bajas hasta perderse de vista. A la entrada de este canal se levantaba un luquete de mármol blanco rodeado de jardines, y aquí el joven ordenó a sus compañeros que anclaran, y bajaron a tierra.

Apenas había puesto pie en la isla cuando se le acercó una mujer de gran belleza, la piel oscura, negro el cabello y luminosos los ojos. Él le hizo una reverencia, diciendo: — Princesa o reina, veo que no eres de las doncellas trigueras. Llevan túnicas verdes, y la tuya es negra. Pero aunque vistieras de verde te hubiera conocido, pues en tus ojos no hay pena y la luz que los anima no es de Urth.

—Dices bien —dijo la princesa—, pues soy Noctua, hija de la Noche, y también hija de aquel a quien has venido a matar.

—Entonces nunca podremos ser amigos, Noctua —dijo el joven—. Mas no seamos enemigos. —Pues aunque no sabía por qué, estando hecho del material de los sueños, se sentía atraído hacia ella, y ella, en cuyos ojos brillaba la luz de los astros, hacia él.

A esto, la princesa extendió las manos y declaró: —Sabe _que mi padre tomó por la fuerza a mi madre, y que contra mis deseos me tiene aquí, donde enloquecería pronto si no fuera porque ella me visita al final de cada día. Si no ves pena en mis ojos, es porque la tengo en el corazón. Para alcanzar mi libertad, de buen grado te aconsejaré cómo puedes enfrentarte a mi padre y triunfar.

Todos los jóvenes de la ciudad de los magos fueron quedándose en silencio y se acercaron a escuchar.

—Ante todo tenéis que entender que las vías de agua de esta isla se tuercen y retuercen una y otra vez, de manera que no es posible dibujarlas en un mapa. Y tampoco podéis recorrerlas a vela, y será necesario que encendáis las calderas antes de seguir adelante.

—Eso no me preocupa —dijo el joven que era la encarnación de un sueño—. Medio bosque ha sido clareado para llenar nuestras carboneras, y esas grandes ruedas que ves avanzarán por estas aguas con pasos de gigante.

Al oír esto la princesa tembló, y dijo: —No hables de gigantes, pues no sabes lo que dices. Muchas naves han venido como la vuestra, hasta que los cráneos blanquearon las cenagosas profundidades de estos inmensurables canales. Pues mi padre acostumbra a dejarles errar entre los islotes y estrechos hasta que se les agota el combustible, por mucho que traigan, y entonces, cayendo sobre ellos de noche cuando el resplandor de sus fuegos moribundos le permite verlos y no ser visto, acaba con ellos.

Entonces se turbó el corazón del joven nacido de un sueño, y dijo: —Le buscaremos como se nos indica, pero ¿no hay manera alguna de escapar al destino de esos otros?

A estas palabras, la princesa se apiadó de él, pues todos los que están hechos de sueños les parecen hermosos al menos en cierto grado a las hijas de la noche, y él más que ninguno. Así, dijo ella: —Para encontrar a mi padre antes de quemar el último madero, tenéis que buscar el agua más oscura, pues por donde quiera que pasa ese cuerpo enorme levanta un cieno repugnante, y observándolo podréis descubrirlo. Pero tenéis que empezar la búsqueda a la hora del alba, y desistir cuando sea mediodía; si no, podríais dar con él a la luz del crepúsculo, y lo pasaríais muy mal.

—Por este consejo hubiera dado mi vida —dijo el joven, y todos los compañeros que habían desembarcado con él lanzaron un grito de júbilo—, pues ahora seguramente triunfaremos sobre el ogro.

A esto, la cara solemne de la princesa se ensombreció aún más y dijo: —No, ciertamente que no, pues en la lucha naval es un temible adversario. Pero sé una estratagema que os puede ayudar. Habéis dicho que estáis bien pertrechados. ¿Tenéis brea por si el buque hace agua?

—Muchos barriles —dijo el joven.

—Entonces procura que cuando luchéis el viento sople desde vosotros hacia él, y en lo más álgido del combate, que será pronto una vez iniciado, haz que tus hombres echen brea a las calderas. Aunque con eso no puedo prometerte la victoria, os será de gran ayuda.

Por este consejo, todos los jóvenes se deshicieron en agradecimiento, y las doncellas trigueras, que tímidamente se habían mantenido a distancia mientras charlaban el joven nacido de sueños y la hija de la Noche, lanzaron un grito de júbilo como lo hacen las doncellas, escaso de fuerza pero lleno de alegría.

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