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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—No dije—. No es Thrax. Parece más bien mi Ciudadela… Nuestra Torre Matachina y la Torre de las Brujas, y la Torre del Oso y la Torre de la Campana. Me miró con ojos muy abiertos.

—No, claro, tampoco es eso. Lo que pasa es que yo he estado en Thrax, y Thrax es una ciudad de piedra. Estas torres son de metal, como eran las nuestras. —Tienen ojos dijo Severian chico.

Y así era. Al principio pensé que me engañaba la imaginación, sobre todo porque no todas las torres los tenían. Al fin me di cuenta de que algunas miraban hacia nosotros, y de que las torres no sólo tenían ojos sino también hombros y brazos; de que eran, en realidad, figuras metálicas de catafractos, guerreros con armaduras de cuerpo entero.

—No es una ciudad verdadera —le dije al niño—. Lo que nos hemos encontrado son los guardianes del Autarca, que vigilan aquí para destruir al que pretenda atacarlo.

—¿Y nos harán daño?

—La idea asusta, ¿verdad? Con esos pies nos podrían aplastar como a ratones. De todos modos, estoy seguro de que no lo harán. Son estatuas, nada más, guardianes espirituales que él dejó aquí como recordatorios de su poder.

—También hay casas grandes —dijo el niño.

Tenía razón. Como los edificios apenas llegaban a la cintura de las elevadas figuras de metal, al principio los habíamos pasado por alto. Eso volvió a hacerme pensar en la Ciudadela, donde unas estructuras que nunca fueron pensadas para desafiar a las estrellas se mezclan con las torres. Quizá sólo fuera el aire tenue, pero de pronto tuve la visión de que los hombres de metal se alzaban lentamente, luego cada vez más rápido, alargando las manos al cielo para bucear en él como buceábamos nosotros en las sombrías aguas de la cisterna a la luz de la antorcha.

Aunque mis botas tienen que haber chirriado contra la roca alisada por el viento, no recuerdo el ruido. Tal vez se perdiera en la inmensidad de la cumbre, y así nos acercamos a las figuras erguidas tan silenciosamente como si anduviéramos sobre musgo. Nuestras sombras, que al aparecer las figuras se habían alargado detrás y a la izquierda, ahora se habían encogido en charcos alrededor de nuestros pies; y noté que podía ver los ojos de todas las figuras. Me dije que al principio había pasado por alto algunos, por más que destellaban al sol.

Al fin caminamos entre ellas por un sendero, y entre los edificios que las rodeaban. Yo había esperado que los edificios estuvieran en ruinas, como los de la ciudad olvidada de Apu-Punchau. Estaban cerrados, eran misteriosos y silenciosos; pero podían haber sido construidos pocos años antes. No se veía ningún techo hundido; ninguna enredadera había dislocado las cuadradas piedras grises de los muros. No tenían ventanas, y su arquitectura no sugería que fuesen templos, fortalezas, tumbas o cualquier otra clase de estructura familiar para mí. Carecían por completo de ornamentos y de gracia; no obstante, la ejecución era excelente, y la diferencia de formas parecía indicar diferencias de función. Entre ellos, las figuras brillantes se alzaban no como monumentos, sino como si un viento glacial y repentino las hubiera detenido a cada una en su sitio.

Elegí un edificio y le dije al niño que entraríamos por la fuerza, y que quizá con suerte dentro encontraríamos agua, y aun hasta comida en conserva. Pronto vi que mi alarde había sido una tontería. Las puertas eran tan macizas como las paredes; el techo, fuerte como los cimientos. Creo que ni con un hacha habría podido abrirme paso a golpes, y no me atrevía a emplear TerminusEst. Perdimos varias guardias tanteando y husmeando en busca de alguna fisura. El segundo y el tercer edificio que probamos no resultaron más fáciles que el primero.

—Allí hay una casa redonda —dijo al fin el niño—. Me acercaré a mirarla.

Confiado en que en ese lugar desierto no había nada que pudiera hacerle daño, le dije que fuese. Volvió en seguida.

—¡La puerta está abierta!

XXIV — El cadáver

No había descubierto para qué servían los otros edificios. Tampoco llegué a comprender ése, que era circular y estaba cubierto por una cúpula. Los muros eran de metal; no del metal oscuro y lustroso de las torres de nuestra Ciudadela, sino de una aleación brillante como plata lustrada.

Este resplandeciente edificio se levantaba sobre un pedestal escalonado, y me sorprendió verlo allí cuando las grandes imágenes de los catafractos, en sus armaduras antiguas, estaban directamente en las calles. En su circunferencia había cinco puertas (pues dimos una vuelta completa alrededor antes de aventurarnos a entrar), todas abiertas. Examinándolas, y examinando también los umbrales, intenté saber si habían estado así muchos años; en el pedestal había poco polvo, y al fin no llegué a estar seguro. Una vez acabada la inspección, le dije al niño que me dejara ir primero, y entré.

No sucedió nada. Cuando el niño me siguió, ni siquiera se cerraron las puertas; no nos atacó ningún enemigo, ninguna energía coloreó el aire, y el suelo se mantuvo firme bajo nuestros pies. Sin embargo, yo tenía la sensación de que de algún modo nos habíamos metido en una trampa: de que fuera, en la montaña, habíamos estado libres, por mucha sed y hambre que sufriéramos, y de que allí ya no lo estábamos. Creo que si no hubiera contado en ese momento con la compañía del niño, me habría vuelto y echado a correr. Dado el caso, no quería parecer supersticioso ni asustado, y sentía la obligación de encontrar comida y agua.

Había en el edificio muchos artefactos a los cuales no puedo dar nombre. No eran muebles, ni cajas, ni máquinas tal como yo entiendo el término, y casi todos estaban dispuestos en ángulos raros; vi algunos que parecían tener nichos para sentarse, aunque el ocupante habría tenido que contraerse, y no habría quedado frente a sus compañeros sino frente a cierta parte del artefacto. Otros contenían alcobas donde quizás alguna vez había descansado alguien.

Estos artefactos bordeaban pasillos, amplios pasillos que corrían hacia el centro de la estructura rectos como los rayos de una rueda. Mirando al fondo de uno en donde habíamos entrado, divisé tenuemente un objeto rojo, y encima de él, mucho más pequeño, algo marrón. Al principio no presté gran atención a ninguno de los dos, pero cuando logré convencerme de que los artefactos que he descrito no eran de valor ni peligrosos para nosotros, llevé al niño hacia ellos.

El objeto rojo era una especie de sillón muy elaborado, con correas como para retener a un prisionero; alrededor había mecanismos en apariencia destinados a facilitar el alimento y la eliminación. Estaba sobre un pequeño estrado, y sobre él se alzaba lo que en un tiempo había sido el cuerpo de un hombre con dos cabezas. Hacía mucho tiempo que el diáfano y seco aire de la montaña había disecado ese cuerpo; como los misteriosos edificios, podría tener un año o un millar. El hombre había sido más alto que yo, quizás incluso un exultante, y de músculos poderosos. Ahora yo podía, pensé, arrancarle un brazo de un solo tirón. No llevaba taparrabo, ni ninguna otra prenda, y aunque nosotros estamos habituados a ver cambios súbitos en el tamaño de los órganos de procreación, era raro ver aquéllos tan consumidos. En las cabezas quedaba algo de pelo, y me pareció que el de la derecha había sido negro; el de la izquierda era amarillento. Ambas cabezas tenían los ojos cerrados y las bocas abiertas, mostrando unos pocos dientes. Noté que las correas que habían sujetado a la criatura al sillón no estaban abrochadas.

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