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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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—Dos amigos míos fueron asesinados en Villa del Perro.

Villa del Perro era el lugar de Basílica donde vivían los hombres que no tenían mujer, pues era ilegal que un varón solo viviera o pernoctara dentro de las murallas de la ciudad.

—Uno fue atacado por una turba, porque habían oído el rumor de que era un zhop, unpeedar. Lo colgaron por los pies de la ventana de un piso alto, le cortaron los genitales y lo remataron a puñaladas. El otro fue engañado por un hombre que fingió ser… uno de nosotros. Lo arrestaron, pero camino a la cárcel sufrió un accidente. Fue un accidente rarísimo, además. Trató de escapar, pero tropezó, y al caerse se atragantó con sus propios testículos, tal vez ayudado con el mango de una escoba o de una lanza, y se asfixió antes que nadie pudiera ayudarle.

—¿De veras hacen esas cosas?

—Oh, lo entiendo muy bien. Basílica era un lugar muy difícil para los hombres. Tenemos la necesidad innata de dominar, pero en Basílica debíamos resignarnos a no tener ningún control, salvo por intermedio de una mujer. Los hombres que vivían extramuros, en Villa del Perro, estaban calificados como chusma, hombres a quienes las mujeres no querían, por el mero hecho de no vivir intramuros. Constantemente se los acusaba de no ser hombres auténticos, de no tener lo necesario para complacer a una mujer. Se cuestionaba su identidad masculina. Por eso odiaban y temían a los zhops —pronunció la palabra con apasionado desprecio— hasta extremos realmente inauditos.

—Esos amigos tuyos… ¿eran tus amantes?

—El que fue arrestado había sido mi amante durante varias semanas, y quería continuar, pero yo no se lo permití porque temía que la gente sospechara. Para salvar nuestras vidas, me negué a verle de nuevo. Tras despedirse de mí, cayó en esa trampa. Como ves, Nafai y Elemak no son los únicos que han matado a un hombre.

El dolor y la pesadumbre que demostraba parecían más profundos que ninguna emoción que Shedemei hubiera sentido. Por primera vez comprendió cuan protegida había sido su vida de estudiosa. Nunca había tenido una relación estrecha con alguien que pudiera lamentar tanto su muerte, y tanto tiempo después. Mucho después.

—¿Cuánto hace de esto?

—Yo tenía veinte años. Hace nueve. No, diez. Ahora tengo treinta. Lo olvidaba.

—¿Y el otro?

—Un par de meses antes que yo… me marchara de la ciudad.

—¿También era tu amante?

—Oh no… no era como yo en ese sentido. Tenía una chica en la ciudad, pero ella quería mantener la relación en secreto, así que él no hablaba de ello. Ella tenía un matrimonio infeliz y estaba esperando la expiración del contrato, de modo que él nunca hablaba de ella. Por eso se empezó a rumorear que era zhop. Él murió sin decírselo.

—Una actitud… valerosa.

—Increíblemente estúpida —dijo Zdorab—. No quiso creerme cuando le conté que Basílica se estaba volviendo aterradora para personas como yo.

—¿Le dijiste lo que eras?

—Lo consideraba un hombre capaz de guardar un secreto. Él me demostró que así era. A veces pienso que murió en mi lugar. Para que yo estuviera vivo cuando Nafai vino a llevarse el índice de la ciudad.

Para Shedemei era algo totalmente alejado de su experiencia; ni siquiera era capaz de imaginarlo.

—¿Entonces por qué seguías viviendo allí? ¿Por qué no fuiste a un sitio que fuera… más tolerante?

—Ante todo, aunque hay lugares aceptables, yo no conocía ninguno al que pudiera ir que fuera plenamente seguro para alguien como yo. Además, el índice estaba en Basílica. Ahora que el índice ha salido de la ciudad, espero que Basílica sea arrasada por las llamas. Ojalá Moozh hubiera matado a todos esos bravucones de Villa del Perro.

—¿El índice te resultaba tan importante que te indujo a quedarte?

—Me enteré de su existencia cuando era un niño. Sólo una historia, que había una esfera mágica, y que si la sostenías podrías hablar con Dios y él te daría la respuesta a todas tus preguntas. Me pareció maravilloso. Y luego vi una figura del índice de los Palwashantu, y era exactamente igual a la imagen que yo tenía de la esfera mágica.

—Pero eso no es una verdadera prueba. Solamente es un sueño infantil.

—Lo sé. Y lo sabía entonces. Pero aun sin proponérmelo, me descubrí preparándome para el día en que tendría la esfera mágica. Me descubrí tratando de aprender las preguntas que valdría la pena hacerle a Dios. Y, sin proponérmelo, me descubrí tomando decisiones que me acercaban cada vez más a Basílica, al lugar donde los Palwashantu guardaban su índice sagrado. Al mismo tiempo, ser un joven estudioso me ayudaba a ocultar mi… defecto. Mi padre me decía: «Debes dejar los libros de cuando en cuando, encontrar amigos. ¡Búscate una muchacha! ¿Cómo te casarás si nunca conoces chicas?» Cuando vivía en Basílica, le escribía a mi padre sobre mis novias, así él se sentía mejor, aunque sostenía que el modo en que se casan los basilicanos, sólo un año por vez, era horrendo y contra natura. No le gustaban las cosas que eran contra natura.

—Eso debió dolerte —dijo Shedemei.

—No tanto. Es contra natura. Estoy separado de ese árbol de la vida que vio Volemak, no formo parte de la cadena… genéticamente, soy un callejón sin salida. Una vez leí, en un artículo sobre genética, que no era descabellado suponer que la homosexualidad podía ser un mecanismo que la naturaleza utilizaba para desbrozar nuestros genes defectuosos. El organismo podía detectar algún fallo genético oculto, y esto activaba un mecanismo que atrofiaba el hipotálamo, convirtiéndonos en seres con gran impulso sexual pero sin la capacidad para interesarnos en el sexo opuesto. Una especie de herida auto cauterizada en el caudal de genes. Éramos, creo que decía el artículo, ejemplares humanos de desecho, ineptos para la reproducción.

Shedemei se sintió profundamente avergonzada, algo que era infrecuente y le disgustaba.

—Fue un trabajo de estudiante. Nunca lo publiqué fuera de la comunidad académica. Era especulación.

—Lo sé —dijo Zdorab.

—¿Cómo lo encontraste?

—Cuando supe que esperaban que me casara contigo, leí todo lo que escribiste. Trataba de descubrir qué podía decirte y qué no.

—¿Y qué decidiste?

—Que sería mejor guardarme mis secretos. Por eso nunca te hablé, y por eso me alivió que no tuvieras interés por mí.

—Pero ahora me has contado.

—Porque noté que te lastimaba mi indiferencia. Nunca pensé que te presentarías como alguien que tenía interés en el amor de un gusano despreciable y rastrero como yo.

Cada vez peor.

—¿Tan obvia era mi actitud?

—En absoluto —dijo Zdorab—. Yo cultivaba adrede mi condición de gusano. He trabajado con empeño para ser la criatura más borrosa, despreciable y blanda de este grupo.

Y ahora, pensando en lo que había sucedido con sus dos amigos, Shedemei comprendía.

—Camuflaje —dijo—. Para permanecer soltero sin que nadie sospechara lo que eres, tenías que ser asexuado.

—Falto de voluntad.

—Pero, Zdorab, ya no estamos en Basílica.

—Llevamos Basílica con nosotros. Mira a nuestros hombres. Mira a Obring, por ejemplo, y a Meb, destinados por su ineptitud a estar en el fondo de cualquier jerarquía que puedas imaginar. Ambos agresivos pero cobardes… ansían estar arriba, pero no tienen agallas para enfrentar a los fuertes y abatirlos. Por eso están condenados a seguir a hombres como Elemak, Volemak e incluso Nafai, aunque él es menor, porque no pueden correr riesgos. Imagínate la rabia que sienten. E imagínate lo que harían si se enterasen de que yo soy el monstruo, el crimen contra natura, el afeminado, la perfecta imagen de lo que ellos temen ser.

—Volemak no les permitiría tocarte.

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