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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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La destartalada diligencia se dirigía a Guise por unos caminos inundados debido a las torrenciales lluvias que habían caído unos días atrás. A medida que se aproximaba a su casa, Camille se puso a pensar en su hermana Henriette, en su larga agonía. Se había recluido en su habitación y llevaba muchos días sin verla. Su madre parecía preocupada, y el médico acudía a visitarla todos los días. Camille iba al colegio, a Cateau-Cambrésis. En ocasiones se despertaba por la noche, extrañado de no oírla toser. Un día cuando regresó a casa, lo llevaron a la habitación de su hermana y dejaron que permaneciera junto a ella durante cinco minutos. Estaba pálida y ojerosa. Falleció el mismo día en que él partió a París, un día frío y lluvioso.

Su padre ofreció al sacerdote y al médico una copa de coñac, como si no estuvieran acostumbrados a la muerte, como si necesitaran un trago. Su padre permaneció sentado en un rincón mientras el sacerdote y el médico charlaban con Camille: ¿Te apetece ir al Louis-le-Grand? No tengo más remedio que ir. ¿No echarás de menos a tus padres? Me enviaron al colegio cuando tenía siete años, de modo que estoy acostumbrado a permanecer lejos de casa. No les echaré de menos, ni ellos a mí. Está disgustado, se apresuró a decir el sacerdote. Pero no temas, tu hermana está en el cielo. No, padre, Henriette está en el purgatorio, para expiar sus pecados. Ése es el consuelo que nos ofrece nuestra religión cuando perdemos a un ser querido.

Cuando llegara a casa le ofrecerían una copa de coñac y su padre le preguntaría, como solía hacer siempre, si había tenido buen viaje. Camille estaba acostumbrado a ese trayecto. Todo era posible, desde que los caballos tropezaran y se cayeran, hasta que alguien lo envenenara o que un compañero de viaje lo matara de aburrimiento. En cierta ocasión contestó: No he visto nada. No he hablado con nadie. Me he entretenido pensando en cosas inmorales. Eran los tiempos antes de la diligencia. Ahora tenía dieciséis años y estaba pletórico de energía.

Antes de partir de París había releído las cartas que le había escrito su padre. Eran mordaces, torpes, hirientes. Venía a decirle que los Godard deseaban romper su compromiso con su prima Rose-Fleur. A fin de cuentas, lo habían concertado cuando ella era una niña, sin imaginar lo que iba a suceder.

Llegó a casa el viernes por la noche. Al día siguiente fue a visitar a su prima. Rose-Fleur fingió sentirse demasiado turbada para hablar con él. Tenía los ojos grandes y el cabello negro y espeso, como todos los Godard. De vez en cuando lo miraba de arriba abajo, haciendo que se sintiera como un vil gusano.

El domingo Camille fue a misa con su familia. Mientras caminaba por las calles notó que la gente lo observaba como si fuera un fenómeno de feria. En la iglesia, los fieles lo miraron como si acabara de llegar de una región más cálida que París.

– Dicen que eres ateo -murmuró su madre.

– ¿Dicen eso?

– A lo mejor te ocurre lo que al diabólico Angevin, que durante la consagración se esfumó en una nube de humo -dijo Clément.

– Sería estupendo -dijo Anne-Clothilde-. Nuestra agenda social ha sido muy aburrida.

Camille no miró a los feligreses aunque era consciente que lo estaban observando. Se encontraban el señor Saulce y su esposa; el viejo médico, barrigudo y luciendo un tupé, el que había llevado a su hermana Henriette a la tumba.

– Mira, ahí está tu antigua novia -dijo Clément-. No disimules. Lo sabemos todo.

Sophie se había convertido en una matrona gorda y con papada. Lo miró como si tuviera los huesos de cristal. Quizá fuera cierto, pensó Camille; hasta la piedra parecía deshacerse en aquella opresiva atmósfera. La oscilante luz de las velas arrojaba unas sombras fantasmagóricas sobre los asistentes, la piedra, el vino y el pan. Unos cuantos feligreses se acercaron al altar para comulgar.

Cuando regresaron a casa, Camille se dirigió al estudio de su padre y rebuscó entre la correspondencia hasta hallar las cartas de su tío Godard. Mientras las leía apareció su padre.

– ¿Qué haces? -le preguntó Jean-Nicolas-. Esto es demasiado.

– Ya sabes que soy un desalmado capaz de los más abominables crímenes -contestó Camille-. Así pues -leyó en voz alta-, debido a la conocida inestabilidad de Camille, tememos que su unión con Rose-Fleur no sea feliz ni duradera. -Al terminar, dejó la carta sobre la mesa y preguntó a su padre-: ¿Acaso creen que estoy loco?

– Opinan que…

– ¿Qué otra cosa puede significar la palabra inestabilidad?

– ¿Por qué le das tanta importancia? -replicó Jean-Nicolas, acercándose a la chimenea-. Esa maldita iglesia está helada -dijo-. Pudieron haber empleado otra palabra, pero hubiera resultado demasiado fuerte en una carta. Por lo visto se han enterado de que mantuviste una… relación con un colega al que siempre he tenido en la más alta…

– Eso sucedió hace muchos años -respondió Camille.

– Me resulta difícil hablar de esto -continuó Jean-Nicolas-. ¿Acaso lo niegas?

El viento soplaba con fuerza y el granizo batía sobre las ventanas.

– Qué tiempo más raro -observó Jean-Nicolas-. En noviembre se cayeron unas tejas.

– Para ser precisos, sucedió hace unos seis años. De todos modos, no fue culpa mía.

– ¿Ah, no? ¿Acaso pretendes decirme que mi amigo Perrin, un hombre intachable al que conozco desde hace treinta y cinco años, un hombre respetado por todos en el Tribunal Supremo y uno de los masones más importantes del país, te dejó inconsciente de un puñetazo y se acostó contigo? Escucha, ¿no oyes un ruido muy extraño? ¿Serán goteras?

– Pregúntaselo a quien quieras.

– ¿El qué?

– Sobre Perrin. Tiene muy mala fama. Yo era un niño. La verdad es que no sé cómo sucedió.

Había empezado a nevar. El viento amainó. Camille apoyó la frente sobre el frío cristal de la ventana. Estaba ofuscado. Su aliento empañó el cristal. El fuego crepitaba en la chimenea y unas golondrinas pasaron volando sobre la plaza. De pronto entró Clément.

– ¿Qué es ese ruido tan extraño? -preguntó-. Parecen goteras. ¿Te encuentras bien, Camille? Tienes mala cara.

– Creo que sí.

Dos días más tarde estaba de regreso en París, en la rue Sainte-Anne.

– Me marcho -le dijo a su amante.

– Como gustes -contestó ella-. Me fastidia que te veas con mi madre a mis espaldas. De modo que es mejor que te vayas.

Camille se despertó. Estaba solo, cosa que detestaba. Se frotó los ojos. Tenía unos sueños espantosos. Su vida no era como imaginaba la gente. El esfuerzo que había hecho para conseguir a Annette le había destrozado los nervios. No tenía nada contra Claude, pero le gustaría que desapareciera del mapa. Sin sufrir, por supuesto. Trató de pensar en algún precedente, tal vez en las Sagradas Escrituras.

Recordó -lo recordaba todas las mañanas- que iba a casarse con la hija de Annette, que la había obligado a jurarlo. Qué complicado era todo. Su padre le había acusado de tener un talento especial para destrozar la vida de la gente. Camille no entendía a qué venía eso. No había violado a nadie ni había cometido ningún asesinato.

Había recibido carta de casa. No quería abrirla. Luego pensó, no seas idiota, quizás haya muerto alguien. El sobre contenía un talón bancario y una nota de su padre, más bien de resignación que de disculpa. No era la primera vez que sucedía. Se enfadaban, se insultaban y se reconciliaban. En ocasiones, su padre reconocía que había ido demasiado lejos. Necesitaba conservar el control; si Camille dejaba de escribir, si no regresaba a casa, habría perdido el control. Debería devolverle el talón, pensó Camille. Pero necesito el dinero, y él lo sabe. Padre, tienes otros hijos a los que atormentar, pensó.

Iré a ver a D’Anton, pensó. A Georges-Jacques no le importan mis vicios, más bien le gustan.

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