La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
– ¿Y piensas relacionar esto con Cataldo? -preguntó Brunetti desenfadadamente.
– El consumismo, Guido -prosiguió el conte, como si Brunetti no hubiera hablado-. El consumismo nos obsesiona. Deseamos tener no un solo televisor sino seis. Un telefonino nuevo cada año, incluso cada seis meses, según van saliendo, y se van anunciando, los nuevos modelos. Cambiar de ordenador cada vez que sale un nuevo sistema operativo o una pantalla más grande, más pequeña, más plana o, qué sé yo, más redonda -Brunetti pensó en su solicitud de un ordenador propio y se preguntó adonde quería ir a parar su suegro.
– Si quieres saber adonde quiero ir a parar -dijo el conte en aquel momento, y Brunetti se asombró de la coincidencia-, es a la basura -el conte lo miró entonces como si acabara de exponer la prueba definitiva de la validez de un silogismo o de una fórmula algebraica, y Brunetti lo miró con extrañeza.
El conte, que no era mal showman, hizo una pausa efectista. En la sala contigua, se oyó al dueño de la galería volver la página del libro.
Al fin, el conte dijo:
– Basura, Guido, basura. Eso quería proponerme Cataldo.
Brunetti repasó mentalmente la lista de las empresas de Cataldo, y empezó a examinarlas desde otro prisma.
– Aja -se permitió decir.
– Por lo menos, te habrás informado sobre él, ¿no? -preguntó el conte.
– Sí.
– Y sabrás a qué se dedican sus empresas.
– Sí -respondió Brunetti-. Por lo menos, algunas de ellas. Transportes marítimos y terrestres.
– Transportes marítimos -repitió el conte-. Y maquinaria pesada para excavaciones -agregó-. Posee una línea marítima y camiones. Y maquinaria para el movimiento de tierras. Posee también, según he podido averiguar por mi gente que, a veces, es tan capaz como la tuya, una empresa de eliminación de residuos que se hace cargo de todas las cosas que desechamos, de las que te hablaba hace un momento: telefonini, ordenadores, fax y contestadores -el conte miró el retrato de la mujer y añadió-: El modelo más solicitado este año, trasto inservible el año que viene -Brunetti, que sospechaba adonde llevaba esto, optó por el silencio-. Es el secreto, Guido: la última novedad un año, una antigualla al año siguiente. Y, como somos tantos y compramos tanto y tiramos tantos cachivaches, tiene que haber quien se encargue de recogerlos y eliminarlos por nosotros. Antes siempre se encontraba a alguien que se alegraba de recibir los aparatos viejos: nuestros hijos heredaban nuestros ordenadores y televisores. Pero ahora todo el mundo quiere cosas nuevas, sus cosas. De modo que no sólo tenemos que pagar para comprarlas sino también para que alguien se las lleve -el tono del conte era sereno, descriptivo. Brunetti había oído el mismo discurso de labios de la hija y la nieta de este hombre, pero las descendientes del conte lo pronunciaban con cólera, no con este frío desapasionamiento.
– ¿Y eso hace Cataldo?
– Sí. Cataldo es el basurero. Otras personas compran los aparatos y, cuando se cansan de ellos o cuando se les averian, él se encarga de llevárselos -como Brunetti no contestara, el conte prosiguió, bajando el tono-: De ahí su interés por China, Guido. China es el vertedero del mundo. Pero él ha esperado demasiado.
– ¿Demasiado para aquí?
– Subestimó a los africanos -dijo el conte. En respuesta al inquisitivo sonido con que Brunetti reaccionó a esto, el conte prosiguió-: Tres barcos que fletó salieron de Trieste hace un mes -sin dar tiempo para preguntas, añadió-: Barcos cargados de residuos, sí. Un material que aquí no podría eliminarse sin grandes costes. Hace años que trabaja con los somalíes. Si he de creer lo que me dice mi gente, les ha enviado cientos de miles de toneladas. Si pagaba bien, ellos aceptaban todo lo que les mandara, sin preguntar de dónde venía ni qué era. Pero los tiempos cambian, y ha habido tan mala prensa al respecto, sobre todo, después del tsunami, que las Naciones Unidas tratan de bloquear ese tráfico, de manera que ya es casi imposible enviar algo allí -por el tono del conte habría sido difícil adivinar su opinión-. Además, ahora ya no es rentable. Hay que pagar a los africanos para que lo acepten -agregó, meneando la cabeza ante tan anticuadas prácticas comerciales-. Los chinos te pagan a ti para que les lleves muchas de esas cosas. Supongo que las seleccionan, aprovechan lo que pueden y envían lo realmente peligroso a vertederos del Tíbet -se encogió de hombros-. Son pocas las cosas que ellos no aceptan -miró a Brunetti largamente, como tratando de decidir si se le podía confiar cierta información. Debió de gustarle lo que veía, porque continuó-: ¿Te has preguntado, Guido, por qué los chinos han asumido el trabajo y, el gasto, de construir una línea férrea de Pekín al Tíbet? ¿Crees que el número de turistas justifica la inversión? ¿Para un tren de pasajeros? -Brunetti no pudo sino menear la cabeza-. Pero yo te hablaba de Cataldo y sus barcos -prosiguió el conte-. Ahí cometió un error de cálculo. Ahora hasta los chinos se niegan a admitir ciertas cosas, y tiene tres barcos llenos de esos residuos. No pueden ir a parte alguna ni pueden regresar hasta que se libren de la carga, porque ningún puerto europeo les permite la entrada.
Mientras el conte hacía una pausa para reflexionar, Brunetti se preguntó, para empezar, por qué un puerto europeo les había permitido salir, pero creyó conveniente no trasladar a su suegro la pregunta, limitándose a decir:
– ¿Qué pasará con la carga?
– Cataldo tendrá que hacer un trato con los chinos. Ahora ya deben de estar al cabo de la calle. Antes o después, los chinos se enteran de todo. Y le pedirán una fortuna para aceptar esa carga -al ver el gesto de Brunetti, trató de explicar-: Cataldo fletó esos barcos. No son de su propiedad, y estarán dando vueltas por el Indico hasta que él encuentre dónde descargar. Cada día que pasa le cuesta un dineral. Y cuanto más tiempo naveguen por allí más gente sabrá lo que llevan y más dinero pedirá.
– ¿Y qué es lo que llevan?
– Sospecho que residuos nucleares y sustancias químicas muy tóxicas -dijo el conte con la voz más fría que le había oído emplear Brunetti. Dicho esto, el conte volvió a fijar la atención en el retrato de la mujer. Entonces, como si pudiera leer el pensamiento de Brunetti, prosiguió sin apartar los ojos del retrato-: Te conozco, Guido, y sé cómo piensas. Por eso imagino que, después de oír lo que acabo de decirte, desearás que lo haya sabido por una especie de divina revelación -Brunetti mantuvo la cara inmóvil, sin señal de asentimiento ni de negación-. He tenido una iluminación, sí, pero me temo que no de la clase que tú preferirías, Guido -sin dar a Brunetti tiempo de preguntarse a qué podía referirse su suegro, éste añadió-: Aún no me arrepiento de mis pecados, Guido, ni he empezado a ver el mundo como lo ves tú… o Paola.
– ¿Qué ha pasado entonces? -preguntó Brunetti con voz átona.
– He hablado con el abogado de Cataldo; ésa ha sido mi iluminación. Mejor dicho, uno de mis abogados ha hablado con uno de los de Cataldo, y ha descubierto que Cataldo tiene problemas financieros: ya ha puesto en venta algunas propiedades, y el banco le ha dicho que es preferible que no pida otro préstamo -el conte volvió la mirada del retrato a su yerno y le puso una mano en el antebrazo-. Imagino que esto es información privilegiada, Guido, y debe quedar entre nosotros.
Brunetti asintió, comprendiendo ahora por qué la signorina Elettra no había podido descubrir la magnitud de las dificultades financieras de Cataldo.