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Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:

Pensaba que las fuerzas de seguridad no eran lugar para una mujer, pero no iba a tardar mucho en cambiar de opinión
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
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– Yo lo había dicho como un cumplido.

– Tengo nombre.

– Está bien -dijo Striker sin prestar atención a la puya que Randi le había dado-. Si quiere que las cosas vuelvan a la normalidad, terminemos con esto. La detective le estaba haciendo una buena pregunta cuando yo entré. ¿Quién cree que trató de matarla?

– Yo… sinceramente no lo sé -admitió Randi.

– Pero debería recordar al padre de su hijo.

– Debería.

Kelly sonrió. Randi no iba a ceder ni un ápice ante Striker. Se inclinó hacia ella.

– Esto es muy importante -le dijo-. Creemos que el vehículo que te echó de la carretera era un Ford de color rojo oscuro, tal vez una furgoneta o un todoterreno. ¿Recuerdas algo sobre el día del accidente?

– Sólo que tenía prisa. Tenía una sensación de urgencia -dijo Randi. Se reclinó sobre el sofá y miró el fuego-. Sí, recuerdo que tenía prisa. Sólo me faltaban unas pocas semanas para salir de cuentas y tenía muchas cosas que hacer -añadió. Frunció el ceño y arrugó la frente con el esfuerzo de pensar-. Quería regresar a Grand Hope sin ponerme de parto.

– Pero tu tocólogo estaba en Seattle.

– Lo sé. Eso era un problema. Es decir, creo que me preocupaba, pero pensaba que si podía… pasar algún tiempo aquí y terminar la sinopsis, ya sabes, el hilo argumental de mi libro, cuando el bebé hubiera llegado podría pulir los primeros capítulos mientras estaba de baja por maternidad para poder enviárselos a mi agente. Él creía que podría encontrar una editorial interesada… No me acuerdo de más.

– ¿No te siguió ningún coche o furgoneta ni trataron de echarte al arcén?

– No -respondió Randi negando muy lentamente con la cabeza.

– ¿No conoces a nadie que tenga un coche rojo oscuro?

– No que recuerde -afirmo Randi. Entonces, miró las tres fotografías que Kelly había colocado sobre la mesa-. ¿Sabes algo más? -preguntó-. ¿Fue alguno de estos hombres…? No, no pudo ser alguien con quien estuviera saliendo. ¿Alguno de ellos tiene el tipo de coche que me echó de la carretera? -quiso saber. Había palidecido visiblemente al considerar aquella posibilidad.

– Ninguno de estos hombres ha tenido nunca un vehículo que se parezca al que estamos buscando -admitió Kelly-, pero eso no significa que el culpable no pudiera haber tomado prestado el coche de algún amigo o uno robado. El departamento ha realizado una búsqueda muy exhaustiva en todos los talleres de chapa en los alrededores de Glacier Park, Grand Hope y Seattle. Por supuesto, había algún que otro vehículo que podría haber sido el implicado en tu accidente, pero, hasta ahora, no hemos podido establecer relación alguna -añadió. Volvió a tomar su maletín otra vez y le entregó a Randi un listado de nombres-. ¿Conoces a alguna de estas personas? ¿Te suena de alguno de estos nombres?

Randi examinó el listado.

– No lo creo -dijo ella-. Es decir, no recuerdo ningún nombre.

Kurt trató de agarrar el listado.

– ¿Te importa si echo un vistazo?

Kelly quería decirle que se fuera a freír espárragos, pero no lo hizo. Existía la posibilidad de que pudiera ayudar.

– Claro que no.

Striker examinó el informe con una mirada de apreciación. Cuando terminó, observó a Kelly por encima de las hojas.

– Buen trabajo.

– Gracias -dijo, a pesar de que no lo sentía así. No confiaba para nada en aquel tipo. Parecía carecer por completo de escrúpulos.

– Estoy buscando un socio.

– Yo ya tengo trabajo.

– Probablemente podría hacer que te mereciera la pena.

– No me interesa -replicó, y centró su atención en Randi-. Házmelo saber si recuerdas algo más. Todo esto te lo puedes quedar -añadió, señalando las fotografías y el informe-. Tengo copias.

– Gracias. Te lo haré saber.

– Te acompañaré hasta la salida -dijo el detective.

– No es necesario.

Él la acompañó de todos modos y, cuando la puerta principal se cerró tras ellos, le dijo a Kelly:

– No sé por qué no te fías de mí, pero esto no ayuda al caso. Podemos trabajar juntos o por separado, pero sería más fácil, más rápido y más eficaz que uniéramos nuestros recursos.

– Lo que quieres decir es que yo debería darte toda la información que tengo, todo lo que sabe el departamento del sheriff y facilitarte de ese modo el trabajo y ayudarte a resolver el caso, y así llevarte todo el mérito y el dinero sin poner las horas y el esfuerzo.

– Yo sólo quiero llegar al final de todo esto -replicó Striker, con la expresión tan fría como la noche.

– Está bien -murmuró ella-. Lo tendré en cuenta.

Kelly bajó dos escalones del porche. Justo entonces, Striker volvió a tomar la palabra.

– ¿Sabes una cosa, detective? A menos que me equivoque, creo que estás enojada y no tiene que ver tanto conmigo como con Matt McCafferty.

Kelly se mordió los labios para no responder y siguió andando. No pensaba morder el anzuelo, sobre todo porque, maldita sea. Striker tenía razón.

– Te pagaré bien, McCafferty. Ya he hecho que valoraran el rancho dos inmobiliarias de la zona, pero si no te gusta la cifra que me han sugerido, puedes hacer que haga la valoración otra empresa.

Mike estaba sentado en su vieja furgoneta con sus muletas y Arrow, su viejo perro, sentado a su lado. Matt, por su parte, estaba de pie en el sendero, charlando con Mike Kavanaugh a través de la ventana. Mike se metió la mano en el bolsillo y sacó un sobre doblado.

– ¿Por qué deseas tan fervientemente ser el dueño de estas tierras?

Mike sonrió y le entregó el sobre a Matt.

– Carolyn está embarazada y nuestra casa se nos está quedando pequeña. Se me ha ocurrido que podríamos arreglar la vieja granja y que, mientras tanto, podríamos vivir aquí -añadió señalando la casa que Matt consideraba su hogar-. Seguramente dentro de un par de veranos, para cuando el niño haya empezado a andar, estaremos listos para mudarnos aquí y yo podré alquilar mi casa al capataz.

– ¿Tienes capataz?

Mike sonrió de nuevo.

– Para entonces, lo tendré. Si las cosas salen bien. Ya sabes que habría comprado todo esto la última vez que salió a la venta, pero tú te me adelantaste. Ahora, tengo un poco de dinero y tú nunca estás aquí, así que supongo que es lo mejor para los dos. No me irás a decir que me equivoco, ¿verdad?

Matt frunció el ceño y miró a su alrededor. La casa era bastante grande, pero la planta superior no estaba terminada. En la planta baja, había que reformar la cocina y lo mismo se podía decir del cuarto de baño, que era poco más que un armario. Toda la casa necesitaba una nueva instalación eléctrica, nueva fontanería y aislamiento.

Había estado bien para él. A Matt no le importaba no tener comodidades, pero seguramente no serviría para una familia con esposa e hijos. Junto con los dos establos, uno de cien años y el otro de cinco, el rancho se componía de bastantes hectáreas que llegaban hasta el bosque. El riachuelo que recorría la propiedad iba a desembocar en la finca de Kavanaugh.

Abrió el sobre y vio la oferta. Era justa. Sabía muy bien lo que valía su rancho, al menos en términos económicos. Emocionalmente, nada lo ataba allí.

– Faltaría firmar un contrato. Está todo detallado en la oferta -dijo Kavanaugh.

Matt apretó los labios y miró la casa por última vez.

– Está bien, Mike. El rancho es tuyo -añadió. Estrechó la mano de su vecino a través de la ventana.

– ¿Así de fácil?

– Así de fácil. Llamaré a los abogados que se ocuparon de todo el papeleo cuando lo compré yo. Se trata de un bufete llamado Jansen, Monteith y Stone, en Missoula. Thorne trabajó allí cuando terminó el instituto y siempre se ocuparon de los asuntos legales de mi padre.

Mike asintió.

– He oído hablar de ellos.

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