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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Lord Borthrasher carraspeó.

– ¿Y usted, Carmichael? ¿Cuál es su opinión?

– Es deber y derecho de todo padre casar a su hija como lo considere oportuno -dijo el señor Carmichael.

Andrew se tensó. Antes de poder contenerse, preguntó con suavidad:

– ¿Y si la hija no está de acuerdo con el novio elegido por su padre?

El señor Carmichael se volvió hacia él con una mirada estimativa. Levantó la mano para acariciarse la barbilla y el diamante de su anillo destelló.

– Sería una muestra de escasa sabiduría por su parte. Interferir en esa clase de disposiciones no es más que pedir un desastre a gritos.

– Bien, espero que mi cuñado pueda llegar a casar a esas tres tontuelas hijas suyas -dijo el duque-. Y, cuanto antes, mejor.

Un movimiento en el otro extremo de la sala captó la atención de Andrew, que se volvió a mirar. El doctor Oliver se dirigía hacia lady Catherine.

– Les ruego me disculpen, caballeros. -Con una leve inclinación de cabeza, Andrew abandonó su círculo. Sin embargo, antes de cruzar la habitación, se inclinó por detrás de lord Nordnick y dijo con voz queda-. Sé de buena fuente que lady Ofelia siente predilección por los tulipanes.

Satisfecho por haber hecho lo que estaba en su mano para dar alas a las tentativas de cortejo de Nordnick, había llegado el momento de preocuparse por las propias. Mientras cruzaba el salón, su mirada envolvió al doctor Oliver, haciéndole presa de su crítica evaluación. Esperaba que el doctor fuera un hombre viejo, decrépito y frágil. Calvo. Con una de esas espantosas panzas. Y con los dientes marrones. O, mejor aún, sin dientes. Con cara de podenco. Un podenco feo, calvo, gordo y desdentado.

Desgraciadamente, el doctor era un hombre alto, robusto y sin duda no mucho mayor de treinta años, si los llegaba a tener. Andrew vio, taciturno, que el rostro del doctor Oliver, aquel rostro condenadamente hermoso, se encendía como una maldita vela al acercarse a lady Catherine. Su sonrisa reveló una fila de dientes perfectos e inmaculadamente blancos. Andrew fue presa de un irreprimible deseo de desnivelar esos dientes.

– ¿Podría hablar con usted sólo un instante, Oliver? -preguntó, deteniendo estratégicamente al hombre antes de que llegara a la chimenea.

El doctor Oliver se detuvo y saludó a Andrew con una inclinación de cabeza.

– Por supuesto. No he tenido oportunidad de hablar mucho con usted cuando nos han presentado. Es un gran placer conocer al explorador que está creando el museo con el hermano de lady Catherine. Los relatos de sus hazañas con lord Greybourne han sido fuente de largas horas de entretenida conversación entre lady Catherine y yo.

– ¿Es eso cierto? -dijo Andrew con suavidad-. ¿Le ha contado lady Catherine la leyenda del desafortunado pretendiente?

El doctor Oliver frunció el ceño y negó con la cabeza.

– No lo creo.

– Una historia realmente triste. Un joven mal aconsejado, quien, casualmente, era también médico, quedó prendado del objeto del afecto de otro hombre. Siendo la dama extremadamente hermosa, el hombre, que era además muy razonable, comprendió la fascinación que el médico sentía por ella y decidió que le daría justo aviso. Miró al médico directamente a los ojos y le dijo: «La dama le considera tan sólo un amigo, y sería un gran acierto por su parte recordarlo. Si le hace una sola insinuación más a mi mujer, me veré obligado a hacerle daño». -Andrew sacudió la cabeza con gesto triste-. Menuda pandilla de bárbaros, los antiguos egipcios.

Lentamente, la comprensión fue iluminando la mirada del médico y su mandíbula se tensó.

– Ni que lo diga. ¿Y qué hizo el médico?

– Según cuenta la leyenda, se batió en retirada. Una decisión de lo más inteligente.

Se miraron durante varios segundos y luego el doctor Oliver dijo:

– Estoy convencido de que si el médico se batió en retirada fue porque se dio cuenta de que la dama realmente lo veía sólo como a un amigo. No porque fuera un cobarde. -Se inclinó hacia delante y bajó la voz-. Porque si la dama le hubiera dado la menor indicación de que lo veía como algo más que un amigo, bien, en ese caso creo que el otro caballero se vería sin duda con una pelea entre manos.

Andrew mantuvo la expresión impasible, aunque mentalmente no pudo sino aplaudir al médico. De no haber sido por lady Catherine, de hecho quizá incluso habría sentido simpatía hacia ese hombre.

– Creo que nos entendemos.

– Sí, creo que así es. Y, si me disculpa, señor Stanton… -Con una seca inclinación de cabeza, Oliver le dejó para dirigirse hacia la ponchera.

Excelente. Otro pretendiente fuera de juego. Andrew miró a su alrededor y, en cuanto su mirada se posó en lord Kingsly, sus ojos se entrecerraron. Era evidente que Kingsly, al igual que varios otros caballeros, harían bien en oír el relato del desafortunado pretendiente.

Catherine estaba sola junto a la chimenea, sorbiendo su jerez y esperando el regreso de Genevieve. De hecho, cuando Genevieve se había excusado un instante, ella se había sentido aliviada. Por primera vez en el curso de su larga amistad, le había resultado difícil seguir el hilo de la conversación de su amiga. Se había visto obligada a decir «¿Perdón?» en tres ocasiones, y todo por culpa de él. La noche no transcurría como había imaginado. Oh, la parte de su plan basada en el arte de evitar funcionaba espléndidamente. Poco después de su llegada a la velada, había dejado al señor Stanton en compañía del duque y de varios caballeros más para ir a reunirse con Genevieve. Era la parte que se centraba en el arte de ignorar la que estaba fracasando miserablemente. Llevaba perfecta cuenta de las veces que el señor Stanton se movía por la sala. Las veces que hablaba con alguien nuevo. Las veces que se había acercado a la ponchera. Presa de la desesperación, había por fin decidido situarse dando la espalda a la estancia. Sin embargo, se vio entonces aguzando el oído en un intento por captar el sonido de su voz y lanzando apresuradas miradas por encima del hombro para estar al corriente de la ubicación del señor Stanton.

Nunca antes había estado tan intolerablemente pendiente de nadie. Jamás le había resultado tan absolutamente imposible ignorar a alguien. Era una sensación inquietante y confusa, y no le cabía duda de que no le gustaba ni un ápice.

Genevieve se reunió con ella y dijo, bajando la voz:

– Querida, acabo de oír una conversación de lo más fascinante.

– ¿Ah, sí? ¿Entre quién?

– Entre tu señor Stanton y el doctor Oliver.

El calor se adueñó de las mejillas de Catherine.

– No es mi señor Stanton, Genevieve.

– A juzgar por lo que acabo de oír, creo que lo es, quieras o no. Acaba de manifestar sus pretensiones ante el doctor Oliver, y de forma notablemente inteligente, debo añadir, al amparo de un relato titulado «la leyenda del desafortunado pretendiente».

– ¿Manifestar sus pretensiones? ¿A qué te refieres?

Catherine escuchó atentamente mientras Genevieve relataba la conversación que acababa de escuchar.

Cuando terminó, Genevieve dejó escapar un suspiro encantado.

– Ese hombre es sencillamente divino, Catherine.

El calor abrasaba a Catherine, quien a su vez intentaba convencerse de que no era más que el calor fruto de la vergüenza. Del ultraje ante la manifiesta temeridad del señor Stanton. Sin embargo, por mucho que se empeñara, no podía negar el estremecimiento femenino y casi primitivo que la recorrió.

– Oh, volver a ser deseada de ese modo… -Una sonrisa lenta y maliciosa curvó los labios de Genevieve-. Si no fuera por mis manos, estoy convencida de que competiría contigo por las atenciones del señor Stanton.

Una intensa y rauda inyección de celos se abrió paso en Catherine.

– Todo tuyo -dijo con expresión rígida.

Genevieve se rió.

– Querida, ojalá tus palabras fueran sinceras y mis manos no estuvieran tullidas ni el caballero tan profundamente enamorado de ti… -Interrumpió sus palabras y se acercó a Catherine para susurrar-. Aquí viene.

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