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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Era una lancha rápida típica, pero ésta en concreto no presentaba ninguna marca que la identificase y estaba pintada del color de las olas. Los motores de 250 caballos tenían que haber hecho suficiente ruido como para despertar a un muerto. A pesar de eso, no la habían oído. En esos momentos, Max estaba con la cara hundida en el escote de Lola y nada existía para él salvo Lola, sus profundos ojos marrones que la miraban con deseo, el tacto de su piel satinada y el sabor de su boca. Lola había absorbido por completo su atención, y eso era peligroso. Max nunca había sido tan descuidado. No volvería a suceder. No podía permitirse que volviese a suceder. Sus vidas dependían de ello.

Por encima del sonido de las olas y de los continuos ladridos del perro, Max alcanzaba a oír muy poco, pero ese poco bastó para confirmar sus peores sospechas. Eran miembros del cártel de los Cosella en busca de los restos de droga esparcidos por la tormenta.

Sin salir de las sombras, Max se acercó un poco más. Observó y escuchó. No fue muy difícil darse cuenta de que esos cuatro hombres no formaban un equipo muy organizado. Más bien eran cuatro tipos que habían decidido aprovechar que el jefe no estaba por ahí para pasarlo bien.

Los cuatro subieron a la lancha y remaron hacia el yate, llevando a Baby consigo. Lo tenían colgando de la borda y el perro ladraba y se quejaba. Max se prometió en esos momentos que, si surgía la oportunidad, les haría pagar eso caro. Max no era un gran amante de los perros, y menos de los perros chillones, pero cualquier hombre que disfrutase torturando a un ser más débil que él merecía sufrir.

Con respecto al momento o la oportunidad de rescatar al perro, Max no tenía ni idea de cuándo se presentaría. Dio media vuelta, caminó colina arriba durante diez minutos y encontró a Lola en el mismo lugar donde la había dejado, sentada, con las piernas encogidas y los brazos alrededor de las rodillas.

– ¿Dónde está Baby?

– Todavía no la tengo -le dijo, en lugar de darle las malas noticias que consistían principalmente en que no le parecía posible rescatar al perro sin que alguien resultara muerto-. No creo que le hagan daño. En cuanto a ti, eso es otra cosa.

– ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que no son gente amable? A la mejor nos llevan a Míami.

Lola había estado llorando. Incluso con los ojos hinchados, era una mujer sensual, y Max tuvo que recordarse a sí mismo que no debía dejarse distraer. Le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie.

– ¿Recuerdas que te dije que era posible que alguien me estuviese buscando? -le preguntó con expresión seria.

Lola se sacudió la tierra y las hojas del trasero.

– ¿Los narcos?

– Sí.

Lola fijó la vista en él.

– ¿Los narcos tienen a mi perro?

– De momento.

Max recogió del suelo el saco de lona y le pasó el bolso a Lola.

– ¿Tienes algún plan?

– Todavía no. Estoy en ello.

Sin una palabra, Lola le siguió y, en cinco minutos, llegaron a los acantilados de la playa. Max se preguntó qué haría Lola cuando descubriese que era posible que Max no pudiera rescatar al perro, que la vida de él y la de ella eran un precio demasiado alto. Se preguntó si alguna vez lo perdonaría. Se preguntó por qué le preocupaba eso.

No tenía toda la culpa de lo que había ocurrido, ni sentía un gran afecto por ese perro fastidioso. Cuando regresasen a casa, Max no creía que volviera a ver a ninguno de los dos. Lola se iría y viviría su vida, al margen de él. Y él viviría su vida al margen de Lola. Una vez que se encontraran de vuelta en Estados Unidos, no creía que Lola le considerase algo más que un recuerdo pasajero.

Max apartó una rama y dejó que Lola pasara delante de él. Entonces, ¿por qué arriesgar su vida por un perro? ¿Por qué preocuparse de la que ella pensara de él? No tenía por qué, pero se preocupaba, y la peor de todo era que no sabía el motivo. Si lo hubiese sabido, habría podido hacer algo al respecto, detener ese proceso. Matarlo. Cortarle la cabeza.

Soltó la rama y se dijo que se preocupaba porque se sentía responsable de ella. Lo malo es que no se lo creía del todo.

Encontraron un lugar a la sombra debajo de un pino caribeño, justo en el borde del acantilado. Los vientos y las tempestades habían torcido las ramas, que crecían alejándose del océano, en dirección a tierra. Las gruesas agujas del pino ofrecían un escondite perfecto y alfombraban el suelo. Asomaron la cabeza al precipicio y otearon la playa por turnos con los prismáticos, que habían tenido la precaución de incluir entre los artículos que se habían llevado del Dora Mae esa mañana. Observaron a esos hombres mientras descargaban bebidas y sillas del yate y luego volvían a la lancha rápida, pero, para sorpresa de Max, no se marcharon. En cambio, embarcaron en la lancha un gran radiocasete y una nevera portátil roja y remaron de regreso a la playa. Una vez allí, desplegaron las sillas, enchufaron la música y se prepararon para la fiesta.

– ¿Puedes ver a Baby?

Max escrutó la zona hasta que vio al perro atado con un trozo de cuerda una de las sillas.

– Lo veo.

Si hubiera estado solo, habría escogido una posición cercana a la acción y aguardado la oportunidad de entrar en acción, por ejemplo, cuando cualquiera de ellos se internase en la arboleda para orinar. Pero con Lola no se atrevía a acercarse.

– ¿Max?

Max bajó los prismáticos y la miró.

– Qué.

– ¿Eres un buen agente secreto?

– No soy un agente secreto. Estás pensando en la CÍA. La agencia para la que yo trabajo no existe.

– Bueno, seas la que seas, ¿eres bueno?

– El Gobierno cree que sí. ¿Por qué?

– Porque -dijo mientras le quitaba los prismáticos y observaba la playa- creo que podríamos acabar con todos esos tipos, o esperar a que se emborrachen hasta perder el sentido, rescatar a Baby y robarles la lancha.

Max ya había pensado en eso, pero su plan no incluía acabar con nadie.

– Voy un poco por delante de ti.

– Bueno, entonces ¿cuál es nuestro plan?

– Nuestro plan consiste en que tú te quedas aquí y yo me ocupo del resto.

– Quiero hacer algo.

– No.

– Max…

– Lola, no puedo trabajar si tengo que estar pendiente de ti. -Max le arrebató los prismáticos-. Sé lo que hago. Debes confiar en mí.

– El último chico que me dijo eso colgó mis fotos en Internet.

– Bueno, yo no soy ese chico.

Lola le acarició el brazo y le dio unas palmadas en el hombro. No era más que un contacto amistoso, un gesto inocente que provocó un intenso ardor en la ingle de Max, como si ella hubiera acercado la mano a sus pantalones y le hubiese tocado otra parte del cuerpo. Mierda.

– Ya lo sé -le contestó Lola-. Bueno, ¿cuál es tu plan?

– Para empezar -dijo, fijándose en los hombres que estaban en la playa-, no puedo hacer nada hasta que sea de noche. Además, eso les dará la oportunidad de beber un poco más.

– ¿Y si se marchan?

– No lo harán. Lo más probable es que caigan inconscientes donde están, o que se arrastren hasta el Dora Mae para dormir la mona.

– ¿Y luego qué?

Max se encogió de hombros.

– No lo sabré con seguridad hasta que baje. Todavía nos queda una hora.

Los hombres subieron el volumen de la música y, cuanto más bebían más alta sonaba. Su repertorio se componía de salsa, música latina y, sobre todo, Guns N' Roses. Justo antes de la puesta de sol, colocaron en fila las botellas vacías y las acribillaron con sus armas de fuego automáticas. Baby, muy prudentemente, se refugió debajo de la silla mientras los tipos disparaban a la arena. Las palmeras y los pinos caribeños fueron los siguiente blancos. Luego, los acantilados. Max y Lola se tiraron al suelo y Max protegió a Lola con su cuerpo mientras las balas arrancaban las ramas por encima de sus cabezas. Mientras Axl Rose cantaba Welcome to the jungle, agujas de pino y trozos de corteza llovían sobre la espalda de Max.

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