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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Entre la alta hierba y los matorrales, Lola vio que tres hombres de piel morena se acercaban a la otra orilla del agua en dirección a ellos. Levantó la mirada hacia Max, y sus manos quedaron inmóviles. El deseo ardiente desaparecido de su semblante. Como si hubiera corrido una cortina ahora tenía los ojos entornados, atentos, vigilantes. Entonces, Max cla vó en ella esos ojos fríos e inexpresivos. Lola reconoció la expresión firme de la boca y la mandíbula de Max. Ya la había visto antes, en la oscuridad esa primera noche en el Dora Mae.

Max señaló el chal y el perro y, con un gesto, le indicó que se escondiese detrás del árbol. A Lola no se le ocurrió ponerse a discutir. No era el momento. Recogió el chal y, de rodillas, se acercó a Baby. Lo recogió de encima de la bolsa de lona y gateó entre los matorrales que Max apartaba para que pudiese pasar. Entre el follaje, Max le alargó la bolsa de lona y el bolso. Lola se abrochó los últimos botones del vestido con una mano mientras con la otra sujetaba a Baby.

Por encima de los latidos en las sienes, Lola oyó que las voces se acercaban. Aparte de lo poco que había aprendido aquí y allá, Lola sabía muy poco español. No entendió ni una palabra. Los matorrales volvieron a moverse y Max pasó entre ellos a gatas. Para ser un hombre tan grande, no hizo el menor ruido.

Las voces se acercaron más, y Lola calculó que debían de encontrarse donde ella antes se había lavado los pies. Max levantó una rodilla al lado de Lola y sacó el cuchillo de la bota. Los músculos de Lola se helaron ante la visión de la larga y afilada hoja.

Baby irguió las orejas y justo cuando Lola iba a cerrarle el hocico con la mano, el perro rompió a ladrar y se escapó de sus brazos. Lola se disponía a llamarlo y a salir tras él, pero Max se tiró encima de ella y le tapó la boca.

– Deja que se vaya -le susurró al oído.

Lola sacudió la cabeza con fuerza al oír que los excitados ladridos de Baby se alejaban cada vez más. Las voces se callaron y Lola sintió que el pánico le atenazaba el estómago, como el día en que creyó que Baby se ahogaría en el océano Atlántico.

– ¿Es que quieres morir? -susurró Max, fulminándola con la mirada.

Acto seguido, Max volvió a dirigir la atención hacia la que estaba ocurriendo a la orilla de la laguna. Lola dejó de forcejear. No, no quería morir. Pero tampoco quería quedarse sentada mientras alguien hacía daño a Baby.

El perro comenzó a ladrar con más furia, como en los momentos en que saltaba del suelo con cada ladrido. Lola siempre había temido que complejo de Napoleón le acarreara su propia Waterloo, y hoy eso parecía estar a punto de suceder. Una risita se sumó a la algarabía y, enseguida, se oyó un aullido lastimoso.

Lola no pudo reprimir el gemido que le brotó de la garganta. Aspiró por la nariz y se le nubló la vista. Baby era sólo un perro, pero era su perro, ella lo quería. A veces era un incordio, pero eso no concernía a nadie más que a ella, y el perro la necesitaba.

Max notó la humedad de las lágrimas de Lola entre sus dedos y la miró a los ojos, abiertos de par en par. Entonces lo hizo de nuevo. Abrió la boca e hizo una promesa que no estaba seguro de poder cumplir. De hecho estaba bastante seguro de que no podría cumplirla, pero eso no le impidió musitarle al oído:

– Voy a traerte el perro otra vez. Pero tienes que estarte calladita o no viviremos lo suficiente para rescatarlo.

Lola asintió, y el enorme peso de la confianza que ella depositaba en él lo abrumó. ¿Qué estaba haciendo? ¿Arriesgar la vida por un pequeño perro chillón? ¿Por una minúscula rata rencorosa?

Max le quitó la mano de la boca y le hizo una señal para que permaneciese tumbada. Por supuesto, Lola no le hizo caso sino que, arrodillada a su lado, se puso a observar a través de los matorrales. Unas botas se dirigieron hacia ellos y se detuvieron a menos de un metro de donde se encontraban, justo en el lugar donde Max había tumbado a Lola en el suelo y le había besado el pecho. El lugar donde ella había encendido el deseo de Max con tal intensidad que éste no había oído a esos hombres hasta que casi estuvieron encima de él.

Esos hombres hablaban en un español latinoamericano y llamaban «teniente» al que marchaba al frente de ellos, pero no se trataba de un teniente del ejército colombiano. En realidad, Max no creía que ese hombre tuviese experiencia militar. Alrededor del árbol, la hierba estaba aplastada, y si se inspeccionaba de cerca resultaba obvio que alguien había pisado esa área recientemente. Max había limpiado rápidamente la zona con una rama rota de árbol, pero no había tenido tiempo de acabar el trabajo y, a pesar de todo, el «teniente» no había reparado en ello.

El hombre dio la orden de que exploraran la zona en busca de los propietarios del perro. Se hallaba tan cerca que Max pudo ver las costuras del uniforme y el cuchillo de combate KBar que llevaba en la caña de la bota. Se apreciaba un bulto debajo de la pernera del pantalón, y Max habría apostado cualquier cosa a que llevaba una pistolera en la cadera. Y dentro de esa pistolera, naturalmente, habría una semiautomática de 9 mm. Max ya se había dado cuenta de que ese hombre portaba un M60. Esos chicos iban armados hasta los dientes y buscaban problemas.

Buscaban alijos de droga, y si descubrían a Max, le pegarían un tiro inmediatamente. A no ser que fueran miembros del cártel de los Cosella, Max necesitaba preguntarse qué harían con él en ese caso. Ya había recibido una muestra. Aunque no creía que estos hombres pudieran reconocerlo, todavía llevaba en el cuerpo las marcas delatoras de lo que había sufrido a manos de José Cosella. Sin embargo, con independencia de lo que le hiciese a él, Lola se llevaría la peor parte. Al pensar en lo que ella podía sufrir, apretó el puño del cuchillo con más fuerza. Si se presentaba la oportunidad se ocuparía de ese hombre sin que los demás se dieran cuenta.

Las botas prosiguieron la marcha, y Max se permitió respirar. Sin hacer ningún ruido, apartó con la mano los arbustos para observar. Había dos hombres de pie al lado del agua. Uno de ellos tenía agarrado a Baby por el collar, y el perro colgaba en el aire. Los hombres rieron y Max se volvió hacia Lola, que todavía tenía la marca de la mano de Max alrededor de la boca. Había achicado los ojos en una expresión homicida. Joder, sí Lola hubiese contado con un arma de asalto, Max habría apostado por ella

Max espió a los hombres mientras registraban los matorrales y la hierba. Se apartaron del agua y volvieron colina abajo. Max se guardó de nuevo el cuchillo en la caña de la bota y se puso la camiseta. Le ordenó a Lola que se quedase donde estaba y, sorprendentemente, Lola le obedeció. Manteniéndose en la sombra, Max siguió a los tres hombres hacia la playa. Había un cuarto individuo sentado en una lancha hinchable varada en la arena de la orilla, con un remo a cada lado.

Uno de los hombres levantó al perro de Lola y se la pasaron entre ellos como si se tratara de algún tipo de premio.

Boby ladraba mientras ellos reían y bromeaban. Max deseó con todas sus fuerzas que Lola se hubiese quedado en su sitio y no estuviera viendo lo que le hacían a su perro. No habría resultado impropio de ella cargar colina abajo montada en cólera divina.

Max levantó la vista hacia el Dora Mae, que parecía todavía más escorado a babor. Intentó recordar si él o Lola habían dejado algo a bordo que pudiera identificarlos. No lo creía. Anclada al lado del Dora Mae había una lancha descubierta de doce metros. Conocida entre las fuerzas de la ley y el negocio de la droga como «planeadora» a causa de su velocidad, la única utilidad de la lancha consistía en recuperar bolsas de narcóticos y correr más que la policía. La guardia costera también las llamaba «pulverizadoras» por razones obvias.

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