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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Sin embargo, vuestra posada está llena, y también la de vuestro competidor…

A la mujeruca se le ilumina el semblante:

– Eso es un milagro… El milagro de San Caballero. Pero supongo que vos venís también a ver al Santo…

San Caballero… De manera que éste es el lugar donde apareció el hombre de hierro momificado del que hablaba el mercader.

– No, no venimos a eso… Pero nos gustaría verlo.

– Es un prodigio, la respuesta de Dios a nuestras plegarias. Ojalá este portento nos traiga el fin de la guerra. Está en una cueva en las afueras, saliendo por el sendero del río, pasado el molino. No tiene pérdida.

Acabado el almuerzo, y antes de marcharnos, decidirnos visitar al guerrero momificado. Seguimos las instrucciones de la mujer y encontramos con facilidad la senda junto al río, muy transitada por un hilo de gentes que vienen y van. Al cabo de cierto tiempo hay que abandonar la vereda y dirigirse hacia unas rocas por un camino recién abierto por la huella de numerosos píes. Al fin vemos la cueva, medio oculta por matorrales en una pared de piedra. En la boca, varios huleros venden sus mercancías. Desmontamos y entramos mezclados con la gente. Es una caverna bastante amplia, con el suelo arenoso. Un buen refugio. Está llena de velas encendidas; se escuchan cantos, rezos, exclamaciones de asombro. Vamos avanzando paso a paso a través de la muchedumbre que abarrota la gruta, hasta que al cabo llegamos a primera línea, junto al Santo, y lo vemos. Extendido encima de un repecho de roca natural que hace las veces de lecho, está el cadáver perfectamente momificado de un guerrero. La nariz afilada y cerúlea, los cabellos ralos y blanquecinos, las manos sarmentosas cruzadas sobre el pecho. Parpadeo atónita: es el señor de Ballaine, el viejo caballero que me auxilió en mis primeros días de soledad, el que me enseñó a engrasar la armadura. No me cabe ninguna duda: reconozco su perfil y la cota que viste. Reconozco a Sombra, su viejo bridón, también yerto a su lado.

– ¡Pierre! -exclama Nyneve junto a mí-. ¿Has visto quién es, Leo?

– ¿Y quién diantres es? -pregunta Gastón con voz irritada.

¿Por qué está molesto? A veces mi bello y dulce alquimista me sorprende con unos desabrimientos repentinos que no atino a entender. Tal vez le incomode que las dos conozcamos a San Caballero, que poseamos una información de la que él carece.

– Es el señor de Ballaine, un viejo guerrero a quien Leo y yo tuvimos el gusto de tratar, hace mucho tiempo, en diferentes épocas de nuestras vidas. Mira, todavía se le nota el golpe de la frente que yo le curé.

Es verdad. Su cabeza aún muestra la vieja herida, ese hueso hundido que tanto me impresionó cuando le conocí. Sin duda es el señor de Ballaine, aunque mi mente se resiste a creerlo. ¿Cuánto tiempo llevará muerto? Probablemente varios años. El frío seco de la cueva ha debido de proteger su carne de la corrupción. Observo que Sombra no está atado: seguramente el animal falleció antes que el caballero. Pobre señor de Ballaine; después de todo no alcanzó a morir en combate, como deseaba. Imagino sus últimos momentos en la cueva, a oscuras, completamente solo, sin poder valerse. Agonizando de debilidad y de vejez. Pero su rostro está en calma, su postura es serena, casi magnífica. Junto a nosotros, los fieles caen de hinojos y rezan con fervor. Hay lágrimas en los ojos de las buenas gentes y en la cueva se respira una emoción sagrada.

– Vaya con el viejo Píerre…, ésta es su mejor victoria -musita Nyneve.

Mi amiga tiene razón. El señor de Ballaíne estaría satisfecho, si se viera. En realidad ha logrado mucho más de lo que se proponía; él quería vivir su fin con dignidad y ha conseguido convertirse en un santo. En San Caballero. Sus hijos se morirían de envidia, si lo supieran. Seguro que intentarían recuperarle, porque un santo en la familia sirve de mucho.

– Mi Señor… Psssss, psssss… Eh, mi Señor…

Miro a mi alrededor, buscando el origen del penetrante susurro. Junto a mi codo, doblada la cerviz con servilismo untuoso, asoma la cabeza de un clérigo de edad indefinida. La frente huidiza, la nariz prominente, bigotes incoloros, ralos y tiesos, una completa ausencia de barbilla. Nunca antes había visto semejante apariencia de rata en un humano.

– ¿Es a mí?

– Sí, mi Señor. Con perdón, Señor. Sois extranjero en la comarca, ¿no es así? -En efecto.

– Entonces estoy seguro de que mí amo querrá veros. Y vos no lo sabéis aún, pero también querréis ver a mi amo. O sea, es decir: mi amo os propondrá algo muy provechoso para vos, os lo aseguro.

– No entiendo de qué me hablas.

– Sólo os ruego, os suplico que me acompañéis a ver a mi amo, mi Señor. Pero tenéis que ser muy discreto.

– ¿Y quién es tu amo?

– El muy grande y magnánimo señor de Ardres.

El gran y magnánimo señor de Ardres es un viejo mezquino de aspecto sucio e insignificante, y su castillo es un lugar desapacible y lóbrego.

– Los señores feudales son así, mi Leo… Tú hasta ahora has conocido la nobleza occitana, que es mucho más agradable. Pero por desgracia ésa es la excepción dentro de la norma… -dice Nyneve.

Malacostumbrada a la refinada compañía de las damas, al confortable castillo de Dhuoda, al espléndido palacio de Leonor, esta oscura morada y sus rudas rutinas me resultan entristecedoras y agobiantes. No hay jardines interiores, ni suficientes hachones encendidos en las horas oscuras. Los muros no están recubiertos con tapices, sino con despojos de animales, cabezas, cuernos, rabos y pezuñas, o bien con panoplias de armas, porque las dos grandes pasiones de los varones de este lugar parecen ser la guerra y la caza. En cuanto a la primera, ya está dicho que combaten todos y cada uno de los días contra los partidarios del conde de Guiñes; pero esas escaramuzas no parecen bastarles para saciar sus ansias de sangre y de violencia, porque, además, salen de cacería seis días a la semana. Y lo más curioso es que las partidas cinegéticas de uno y otro noble se respetan mutuamente cuando se encuentran en campo abierto, como si hubieran acordado una tregua.

El clérigo de sotana raída, hocico roedor y espinazo prominente se llama Mórbidus. Nos trajo al castillo al trote, esto es, nosotros al trote corto de nuestras cabalgaduras y él corriendo a toda velocidad un poco por delante, insospechadamente ágil y resistente sobre sus cortas piernas, más rata que nunca en su veloz desplazamiento por el campo. Además, impidió que intercambiáramos una sola palabra con los soldados y los caballeros de su amo.

– ¡Hay prisa, mis Señores! ¡Para luego las presentaciones! -decía, corto de aliento pero pomposo, mientras nos hacía desmontar y nos guiaba por el oscuro y rústico edificio hasta lo que hoy sé que es la sala principal, una pequeña estancia húmeda y sombría donde se encontraba el señor de Ardres, todo revestido con su armadura y derrumbado en un sillón junto a la chimenea. Recuerdo que pensé que se encontraba demasiado cerca del fuego y que el metal de su cota de malla debía de estar casi abrasando. Luego he sabido que el viejo Ardres lleva dentro de sí un frío eterno, el aliento helado del cercano sepulcro, y que nunca le parece estar lo suficientemente próximo al hogar.

Después de cerrar las puertas de la sala con misterioso sigilo, Mórbidus nos presentó a su amo y le explicó que éramos forasteros y que nos había encontrado en la cueva milagrosa de San Caballero.

– -¿Acabáis de llegar por primera vez a la región? -preguntó el viejo con voz débil y chirriante.

– Sí, Señor.

– ¿Y no os conoce nadie por aquí?

– No, Señor.

MÍ respuesta pareció animarle, aunque su aspecto siguió siendo mustio y ceniciento. El señor de Ardres ofrece una pobre estampa. Su vetusta armadura proviene sin duda de una era juvenil más musculosa, porque ahora baila holgadamente alrededor de su cuerpo esquelético. La malla de hierro está rota y herrumbrosa, y casi tan sucia como las desparejas barbas del guerrero, que suelen mostrar costras secas de alguna materia indiscernible, grumos de viejas sopas o veladuras de mocos. A veces, cuando le veo tan maltrecho y descuidado, pienso en el señor de Ballaine, que, en el momento en que le conocí, debía de tener la misma edad, si no más. Pero qué enorme diferencia media entre ellos. Ahora aprecio mejor, y admiro aún más, la impecable batalla de San Caballero contra las úlceras del tiempo.

El caso es que, una vez verificado nuestro anonimato en el lugar, el señor de Ardres me ofreció un trabajo. Por primera vez recibía una propuesta de un caballero, yo, un mísero y apestado Mercader de Sangre, lo que demuestra el ínfimo nivel del viejo Ardres y sobre todo su gran necesidad. Este anciano es un hombre triste que vive en la amargura del fin de su linaje, pues él es el último de su estirpe: sus dos hijos fallecieron de mozos y sin descendencia, con las espadas en la mano, en el transcurso de esta guerra eterna contra el conde de Guiñes. Ahora se encuentra enfermo y lleva cierto tiempo sin poder salir personalmente a batallar, cosa que el Conde, su enemigo, tomó como señal inequívoca de su cercana victoria. Guiñes estaba convencido de que iba a acabar con la casa de Ardres y con la guerra eterna. Y ahí es donde yo entro. El señor de Ardres me propuso que me hiciera pasar por su sobrino, llegado desde París para ponerme al frente del combate. Y que saliera cada día al campo de batalla dirigiendo al pequeño puñado de sus caballeros, para lo cual era menester que ellos también creyeran en mi falsa identidad, porque nunca se dejarían capitanear por un Mercader de Sangre como yo.

– Es sólo por un tiempo -farfulló Ardres-. Hasta que yo recobre la salud.

Nunca la recobrará, lo sé, pero, aun así, acepté la encomienda. No me gusta el señor de Ardres, ni vivir en este triste lugar, ni participar en esta guerra insensata. Pero el viejo guerrero paga bien, y ofreció facilitarle a Gastón un cuarto privado y los materiales necesarios para proseguir sus investigaciones herméticas. Cuando terminamos de acordar las condiciones, Mórbidus sacó unas tablillas de cera y se puso a tomar notas. Es el escribano del castillo, la única persona que sabe leer y escribir en toda la fortaleza, y está redactando la historia de la Casa de Ardres.

«Enterado de la pasajera dolencia de su pariente, el señor de Zarco, hijo de Emengunda, la muy querida hermana del señor de Ardres, corrió en ayuda de su amado tío. Y llegó al castillo en compañía de su escudero y de su sirviente, y ofreció su invicta y joven espada en apoyo de la causa del glorioso guerrero», garrapateó Mórbidus ese primer día.

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