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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– ¡Pero todo eso es mentira! -se indignó Gastórf, mortificado por haber sido descrito como sirviente. -¿Y qué más da, mi querido amigo? Cuando yo lo escribo, lo hago real.

Aquí estamos, en fin, saliendo a luchar cada jornada, menos los domingos y las fiestas de guardar, así como los escasos días en los que llueve o graniza. No es un trabajo demasiado difícil; los combates no suelen ser excesivamente sañudos ni violentos, aunque, como es natural, de cuando en cuando los filos cortan carne y salta la sangre. Como en toda guerra añeja y rutinaria, los enfrentamientos están sujetos a cierta jerarquía y protocolo. Y así, por lo general a mí me toca cruzar el acero con el conde de Guiñes, un hombre de apariencia aún más ruda que el señor de Ardres, pese a su mayor alcurnia, y con un rostro mutilado de expresión terrible: carece por completo de nariz, rebanada hace ya tiempo en algún combate. Los primeros días, Nyneve se negó a acompañarme y se quedaba en el castillo intentando convencer al anciano Señor para que le dejara curarle. Pero Ardres nunca consintió que le tocara y, por otra parte, sospecho que mi amiga ha debido de discutir con Gastón, porque al poco tiempo empezó a salir conmigo a la guerra diaria, combatiendo desganadamente y procurando no herir ni ser herida, cosa que, a decir verdad, es más o menos lo que todos hacemos. Pese a lo cual, cada tarde, cuando regresamos a la mísera fortaleza, Mórbidus llena pliegos y pliegos de pergamino con un hinchado relato de aventuras caballerescas y clamorosas victorias de su amo.

El señor de Ardres siempre viste armadura, incluso para sentarse a la mesa; lleva constantemente sobre el hombro, encapuchado, a su halcón preferido, y en su castillo jamás resuena la música. Su mesa está compuesta de toscos y monótonos platos, de descomunales y correosos asados de carne que el noble come, o más bien picotea, pues cada vez ingiere menos, con torpes modales de plebeyo, chorreándose de grasa y compartiendo sus alimentos con los feroces perros de guerra que se tumban a sus pies. Lo cierto es que el viejo está tan enfermo que últimamente incluso ha dejado de practicar con el sarraceno disecado que tiene en el patio de armas a modo de estafermo, cosa que antes era uno de sus pasatiempos favoritos. Hay días en los que los dolores le impiden levantarse y entonces pasa la jornada sentado entre almohadones en el lecho, aunque, eso sí, ataviado con su armadura entera, un raro hombre de hierro entre cojines. Está intentando ordenar sus cosas en este mundo para poder presentarse ante Dios con la conciencia limpia, pero sus métodos son un tanto feroces. Cuando llegamos, en el patio de armas del castillo todavía se mecía el cuerpo ahorcado de una joven campesina. Al parecer el señor de Ardres había mandado pregonar en toda la comarca que dotaría con doscientos reales a cada una de las siervas de su feudo a las que él hubiera desvirgado. Se presentaron numerosas mujeres y todas cobraron la cantidad acordada, pero entre ellas llegó una muchacha que quiso hacerse pasar por desvirgada, aunque no lo era. Descubierta su superchería, la pobre desgraciada fue ajusticiada sin más miramientos.

El anciano guerrero también ha ordenado que todos sus siervos ayunen durante tres días, como penitencia por los pecados de su amo; y ha mandado llamar a los monjes de un monasterio cercano, pues dice querer tomar los hábitos antes de morir para asegurarse la salvación. Los monjes llevan en el castillo dos semanas comiendo y bebiendo como príncipes, y todos los días exhortan al caballero para que entre en la Orden y les pague la dote o herencia prometida; pero el viejo señor de Ardres pospone una y otra vez la decisión, aferrándose a pequeños indicios de salud, a imaginarias mejorías, al mero y loco deseo de vivir que nubla las entendederas de los humanos, porque en realidad todos nos las arreglamos para vivir como si no estuviéramos condenados a muerte. Y así, el anciano dice:

– Hoy me duelen menos las piernas.

O bien:

– Hoy parece que tengo más apetito.

O quizá:

– Hoy he dormido un poco mejor.

Y eso basta para que siga vistiendo empeñosamente su anticuada armadura cada mañana.

Pero lo que más me sorprende, e incluso me conmueve, a mi pesar, es que el señor de Ardres parece estar creyéndose que yo soy verdaderamente su sobrino. A veces, cuando regreso de la guerra y entro a dar el parte a la sala, donde el anciano me aguarda casi metido dentro de la chimenea, o a la alcoba, si ese día no se ha levantado de la cama, el caballero me dice cosas absurdas, blandas frases de viejo emocionado: «Hijo, no dudo de tu victoria, por algo corre la poderosa sangre de los Ardres por tus venas». O me pide que le cuente cosas sobre su hermana, a quien dejó de ver hace cuarenta años. Y yo finjo e invento, pues no tengo corazón para decirle que se le está yendo la cabeza.

Este castillo lóbrego, esta guerra ridícula, este viejo caballero agonizante y loco están amargándome la vida. Sí.

No sé qué me sucede, pero he discutido con Gastón unas cuantas veces.

Y también discuto con Nyneve, sobre todo a causa de la bebida.

Supongo que estoy bebiendo demasiado. Sí.

Ahora mismo me encuentro un poco ebria. Qué otra cosa puedo hacer, sino emborracharme. Corre la cerveza como el agua en las tardes oscuras de esta fortaleza polvorienta y ventosa. La bebida me acuna cuando me siento inquieta. Vuelo en las suaves ondas de la embriaguez y los pensamientos se deshacen dentro de mi cabeza como migas de pan en un vaso de vino. Amo a Gastón y a veces le siento conmovedoramente tierno y mío. Pero otras veces le envenena una extraña furia y se convierte en alguien a quien no conozco. Su carácter es tan cambiante como su aspecto físico, pues posee una extraña capacidad para encorvar y retorcer su hermoso cuerpo flexible hasta parecer un jorobado. Puede que la culpa de su desabrimiento sea mía. Puede que yo no esté a la altura de lo que él precisa. Sé que sus trabajos herméticos no le están yendo demasiado bien. Sé que se siente atrapado en esta fortaleza lastimosa. Como yo. Como Nyneve. Este lugar entristece. De todos mis trabajos como Mercader de Sangre, éste es el más desatinado, el más miserable. Deberíamos irnos mañana mismo, pero he dado mi palabra y aún no me han pagado. Y, además, la bebida me ayuda a emborronar el paso del tiempo. La bebida. Sí. Alzo la pesada copa de metal y doy un trago; la cerveza me llena la boca con su espesor amargo. Nyneve me mira reprobadoramente. Sé bien lo que piensa. Dice que así me estoy matando de modo más seguro que si saliera todos los días a combatir cubierta tan sólo con una camisa. Yo protesto, me enfado, le digo que deje de meterse en mi vida y que exagera. Pero sé que por las noches hay más oscuridad dentro de mis ojos que en el firmamento, y que nunca recuerdo con precisión cómo he llegado al lecho. Por las mañanas, un cinto de dolor oprime mis sienes. Con ese malestar acudo a la guerra cada día y reparto mandobles desmayados. No creo ser el único: ahora sospecho que casi todos los guerreros beben tanto como yo y llegan a la batalla con resaca, de ahí la desgana en el combate. Y en este disparate se nos va la vida.

Por eso hay que beber, como bebo ahora, Sí. Otro buche de cerveza, para engordar el olvido, ¡sí! Además, no creo que la situación se prolongue mucho. El viejo Ardres lleva unos cuantos días en los que ya ni siquiera me recibe para que le cuente cómo ha ido la incursión bélica. Ahora mismo, como viene siendo habitual desde el empeoramiento de su salud, nos encontramos todos en la antesala de su alcoba de enfermo, arrimados al pobre fuego de la chimenea, que apenas calienta. Nyneve y yo estamos acuclilladas en el suelo, cerca de las llamas; los monjes se sientan en pequeños taburetes; los caballeros de Ardres pasean nerviosamente por la estancia y nos miran con suspicacia e inquina, porque creo que aspiran a repartirse el feudo y temen encontrar un rival en mí. Llueve copiosamente, de modo que hoy no hay guerra.

Estoy pensando en irme a ver a Gastón, que está encerrado en su laboratorio estudiando sus cocimientos misteriosos, cuando la puerta de la alcoba se abre y aparece un criado tan anciano como Ardres llorando desconsoladamente. Entre hipos, informa:

– MÍ amo desea hablar con los hermanos benedictinos. Y también quiere veros a vos, mi Señor.

Me ha señalado a mí. Dejo la copa de cerveza en el suelo y se me despeja de modo repentino la incipiente embriaguez que me rondaba. Entramos al cuarto seguidos por los caballeros, quienes, aunque no han sido convocados, irrumpen también en la habitación con pesados taconeos y retumbar metálico. El señor de Ardres yace entre cojines pero aún obcecadamente vestido de guerrero, un capullo de hierro sin apenas carne en su interior. Tiene el rostro amarillo y el perfil ya afilado.

– Ha llegado el momento -musita-. Debo entrar en la Orden.

El rostro se le encoge en un puchero débil y sin lágrimas.

– Debo decir adiós a mi armadura, a mi recia espada, a mis alanos fieros, a mi fiel bridón, a Relámpago y Zarpas, mis amados halcones, a todo cuanto hace que la vida sea hermosa. Se acabó para mí la dulce embriaguez de la guerra. Vestidme con los hábitos, os lo ruego.

– Mi Señor, y en cuanto a la dote que vuestra magnanimidad prometió entregarnos… -dice uno de los monjes.

– ¡Sí, sí! -se irrita el caballero con un resto de su antigua soberbia-. Mi criado os dará las monedas…

En efecto, el viejo servidor se acerca al benedictino y le entrega dos pesadas bolsas de cuero. El religioso suspira y se santigua.

– Alabado sea Dios.

Los monjes han traído un hábito limpio y nuevo, pulcramente doblado, y se disponen a despojar al anciano de sus vestiduras metálicas.

– Y tú, mi amado sobrino, continúa por mí esta batalla heroica, rebánale las narices al hijo de Guínes, como yo rebané las de su padre, y haz triunfar una vez más el glorioso pabellón de Ardres. Cómo te envidio, hijo… Tanta vida y tantos hermosos combates por delante… -me dice el enfermo, lagrimeando.

– Sí, Señor… -contesto, segura de que ya no rige.

Pero quizá me equivoco respecto a su cordura, porque se vuelve hacia Mórbidus y le ordena:

– En cuanto a ti, escribe, escribe que he vencido a ese bellaco de Guiñes…

– Sí, mi Señor, quedaos tranquilo. Pondré que le sacasteis las tripas en el campo de batalla con vuestras propias manos… -contesta el clérigo.

Los monjes están terminando de vestir al guerrero con los hábitos. La habitación huele a cera, a sudor rancio, a orines y enfermedad. Embutido en su austero sayal, el viejo noble parece haber encogido aún más. Su cuerpo consumido no rellena las ropas y sus manos son dos garras descarnadas. Que se crispan súbitamente, aferrando la manta con convulsos dedos. Nyneve y yo nos acercamos y le escrutamos: su respiración se ha hecho afanosa, sus ojos parecen desenfocados y no estoy muy segura de que nos pueda ver.

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