La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
En consecuencia, Ned tambi�n se lo dijo. En los casos en que pudo, dor� un poco la p�ldora, una o dos veces incorpor� una peque�a falsedad, pero en l�neas generales les dijo lo que realmente sab�a. Ned tuvo sus dudas, desde luego, pero �stas surgieron despu�s. Tal como dijo a Marjory, en el momento de las preguntas aquel par le avasallaron. Los asuntos de antisegregaci�n racial en Africa del Sur y de actitud antinuclear eran de com�n conocimiento, desde luego. De todas formas, poco sab�a Ned. Luego estaba la cuesti�n del grupo del Teatro de la Reforma Radical, con el que Charlie de vez en cuando se juntaba, grupo que tantas molestias causaba ante el Nacional, hasta el punto de detener las representaciones. Y tambi�n estaba el grupo Llamado Acci�n Alternativa, en Islington, que formaban una especie de solitaria desviaci�n trotskista, y que entre todos no llegaban a quince. Y tambi�n era preciso mencionar una horrorosa comisi�n de mujeres, de la que de vez en cuando Charlie formaba parte, en St. Pancras, a la que un d�a Charlie llev� a Marjory con la idea de convertirla a la fe.
Y en cierta ocasi�n, hac�a de ello dos o tres a�os, Charlie hab�a llamado por tel�fono, a altas horas de la noche, desde la comisar�a de polic�a de Durham, pidiendo a Ned que fuera all� y que depositara la correspondiente fianza de libertad, despu�s de que Charlie hubiera sido detenida, en el curso de una juerga antinazi en la que se hab�a metido.
-��Este es el asunto en cuyos m�ritos la chica consigui� tanta publicidad, saliendo fotografiada en todos los peri�dicos, se�or Quilley?
Ned repuso:
-�No. Sali� en todos los peri�dicos por el asunto de Reading, que ocurri� despu�s.
-��Y en qu� consisti� el asunto de Durham?
-�La verdad es que no lo s� con exactitud. Si quiere que le sea sincero, es un asunto del que jam�s me ha gustado hablar. Es una de esas cosas de las que uno se entera por descuido.
Y uno se olvida de ella. S�, pura y simplemente uno se olvida. �ltimamente, Charlie es mucho
m�s moderada. Les puedo asegurar que no es ni siquiera la mitad de feroz de lo que antes pretend�a ser. Ha madurado mucho. �Oh, s�! Con acentos de duda, Kurtz pregunt�: -�De lo que pretend�a ser, se�or Quilley? Litvak terci�:
-�H�blenos de Reading. �Qu� pas�?
-�Bueno, algo parecido. Alguien le peg� fuego a un autob�s, y, en consecuencia, acusaron a todo el grupo. Me parece que protestaban por haber sido reducidas las ventajas concedidas a los ancianos. O quiz� hac�a referencia a la no admisi�n de gentes de color como conductores.
Despu�s de una brev�sima pausa, Ned se apresuro a a�adir:
-�El autob�s estaba vac�o, desde luego. No hubo ni un herido. Litvak exclam�:
-��Santo cielo!
Y acto seguido mir� a Kurtz, quien ahora formul� una pregunta con el �nfasis propio de un fiscal en un melodrama:
-�Ned, hace poco me ha parecido que usted dec�a que las actuales convicciones de Charlie son mucho m�s tolerantes. �Realmente era esto lo que usted ha querido decir?
-�S�, eso creo. En el caso de que, anteriormente, sus convicciones hubieran sido duras, claro est�. Es s�lo una impresi�n, pero Marjory, mi esposa, cree lo mismo. Si, estoy seguro, Con cierta sequedad, Kurtz pregunt�: -�Le ha confesado Charlie este cambio de actitud, Ned?
-�Yo creo que tan pronto Charlie tenga una oportunidad tan buena como esa que ustedes�
Pero Kurtz le interrumpi�, insistiendo en su anterior pregunta: -�Lo ha confesado acaso a la se�ora Quilley? -Pues no, no. En realidad, no.
-��Hay alguna persona a la que Charlie haya podido confesarlo? �Como, por ejemplo, ese amigo anarquista que tiene?
-�Bueno, �ste ser�a el �ltimo en saberlo.
-�Ned, le ruego que piense cuidadosamente su contestaci�n. �Hay alguna otra persona, con la excepci�n de usted, sea amiga, amigo, viejo amigo de la familia, a quien Charlie haya sido capaz de confesar este cambio de postura? �Alej�ndose del radicalismo?
-�No, no, que yo sepa no. No se me ocurre nadie. En ciertos aspectos. Charlie es reservada. Mucho m�s reservada de lo que aparenta.
Entonces ocurri� algo extraordinario. Luego, Ned hizo de ello un puntual relato a Marjory. Para hurtarse al inc�modo, y, a juicio de Ned, histri�nico fuego de las miradas que cada uno de ellos le dirig�a, Ned hab�a estado jugueteando con su vaso, mir�ndolo, dando vueltas al vaso de �Marc�� Teniendo la impresi�n de que Kurtz, por el momento, hab�a terminado su interrogatorio, Ned alz� la vista y capt� una expresi�n de evidente alivio en las facciones de Kurtz, de manera que comunicaba claramente a Litvak el placer que a Kurtz causaba el hecho consistente en que Charlie no hubiera dulcificado sus convicciones. O que, caso de haberlas dulcificado, no lo hubiera comunicado a nadie importante. Ned procur� fijarse mas en la cara de Kurtz, pero la expresi�n ya hab�a desaparecido. Pero despu�s, nadie, ni siquiera Marjory, pudo convencer a Ned de que la expresi�n de alivio antes mentada no se hab�a producido.
Litvak, el gran abogado acusador ayudante de Kurtz, tom� la palabra, y lo hizo en un tono m�s r�pido, como si con ello quisiera dar fin al interrogatorio:
-�Se�or Quilley, �conserva usted en su oficina fichas individuales de sus clientes? �O archivos, expedientes?
-�Bueno, tengo la seguridad de que la se�ora Ellis se encarga de esto. -�Lleva mucho tiempo trabajando aqu�, la se�ora Ellis? - �Uf, y tanto! Ya trabajaba aqu� en tiempos de mi padre.
-��Y qu� clase de informaci�n conserva en sus archivos? �Honorarios, gastos, comisiones? �Se trata solamente de �ridos pape-les de administraci�n del negocio?
-��Santo Dios, no! La se�ora Ellis lo guarda todo. Cumplea�os, la clase de flores que gustan a la actriz, los restaurantes preferidos, etc�tera. En un archivo incluso encontramos una vieja zapatilla de baile. Los nombres de los hijos, de los perros, recortes de prensa, en fin, todo.
-��Cartas personales?
-�Naturalmente.
-��Manuscritas por la propia Charlie? �Cartas a lo largo de estos �ltimos a�os?
Estas palabras de Litvak avergonzaron un poco a Kurtz. Sus eslavas cejas as� lo indicaban. Las cejas de Kurtz se estaban amontonando, en expresi�n dolorosa, sobre el puente de la nariz. Kurtz advirti� severamente a Litvak:
-�Karman, me parece que el se�or Quilley ya nos ha dado bastante informaci�n y nos ha concedido bastante tiempo. No tengo la menor duda de que si necesitamos m�s informaci�n, el se�or Quilley nos la proporcionar� m�s adelante. Mejor a�n, si Charlie est� dispuesta a hablar de estos asuntos con nosotros, ella misma nos proporcionar� tal informaci�n. Ned, ha sido una feliz y memorable ocasi�n. Muchas gracias, se�or.
Pero no era tan f�cil como eso hacer callar a Litvak, quien estaba dotado de la obstinaci�n de los j�venes. Litvak exclam�:
-��Pero es que el se�or Quilley no tiene secretos para nosotros! �Por favor, se�or Gold, yo s�lo pido al se�or Quilley que nos diga algo que todo el mundo sabe, y algo que nuestros encargados de conceder el visado de entrada encontrar�n en cinco d�cimas de segundo en sus ordenadores! En estos asuntos son rapid�simos. Lo sabe muy bien, se�or Gold. Si hay documentos, cartas de la propia Charlie, escritas con su propio vocabulario, si hay circunstancias atenuantes, incluso quiz� pruebas de un cambio de opiniones, �a santo de qu� no dejar que el propio se�or Quilley nos lo muestre? Si quiere, claro est�.
Tras una brev�sima pausa, Litvak a�adi� en tono desagradable-mente insinuante.
-�Si quiere, he dicho. Si no quiere, ya ser� harina de otro costal. Severamente, como si las palabras de Litvak hubieran sido absolutamente extempor�neas, Kurtz dijo:
-�Karman, tengo la seguridad de que Ned est� plenamente dispuesto a ello.
Y, acto seguido, Kurtz mene� la cabeza tristemente, como si con ello quisiera indicar que jam�s se acostumbrar�a a los imperativds modales de los j�venes de nuestros d�as.
Hab�a dejado de llover. Situaron al menudo Quilley entre los dos, y anduvieron procurando atemperar su �gil paso, al vacilante caminar de Quilley. Este se sent�a confuso, se sent�a ofendido, y padec�a unas alcoh�licas intuiciones que los h�medos humos del tr�nsito no disipaban. �Qu� diablos quer�an aquellos dos? En un instante determinado ofrec�an la luna y las estrellas a Charlie, y en el instante siguiente le pon�an objeciones en m�ritos de sus tontas ideas pol�ticas. Y, ahora, por razones que Quilley ya hab�a olvidado, le ped�an consultar el historial de Charlie, que no era tal historial, sino una inocente recopilaci�n de recuerdos, materia de la que se ocupaba una empleada tan vieja que ni siquiera pod�a ser retirada. La se�ora Longmore, la recepcionista los vio llegar, y, a juzgar por su expresi�n de censura, Ned supo al instante que se hab�a tratado demasiado bien a s� mismo, a la hora del almuerzo. �Que se fuera al cuerno la se�ora Longmore! Kurtz insisti� en que Ned los precediera en el ascenso de la escalera. Desde su despacho, en donde aquellos dos, pr�cticamente, obligaron a actuar a Ned, poni�ndole una pistola en el pecho, Ned habl� por tel�fono con la se�ora Ellis y le pidi� que dejara los papeles de Charlie en la antesala y se fuera.