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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Sólo recuerdo montones de papeles y de extraños instrumentos musicales.

– Él sabía muy bien dónde lo tenía todo -dijo Balilty-. Nunca se olvidaba de nada. Parecía un chiflado, pero tenía los pies bien puestos en la tierra. Y cuando no sabía algo, ahí estaba su ayudante, Herzl Cohen, el espantapájaros.

– ¿Qué ayudante?

– Tenía un ayudante en la tienda. Su mano derecha. Lo sabía todo. Que te cuente tu amiga.

Michael recordó el empeño de Nita en encontrar a Herzl, pero algo le dijo que no lo comentase.

– ¿Y por qué el ayudante en cuestión no está en escena?

– ¿Ahora? ¿Quieres decir que dónde está? Pues bien, estamos buscándolo.

– ¿También lo veías en plan de amigos? ¿Fuera de la logia? ¿A Van Gelden? ¿Fuiste alguna vez a su casa?

Balilty soltó una risotada.

– Ése no es el estilo de los masones. En este caso hay un par de cosas que no encajan -dijo pensativo-. Por ejemplo, el hecho de que en realidad no tuviera cita con el dentista -Balilty tenía la vista fija en los posos pegados a los costados de la taza-. Van Gelden no tenía cita con el dentista, pero les dijo a sus hijos que la tenía. Así que, ¿dónde estaba? ¿A quién fue a ver en lugar de ir al dentista? He consultado a los hijos dónde pudo haber ido. No saben gran cosa de él. Ni siquiera Gabriel, el más joven, que era con el que tenía más confianza.

– ¿Dónde opinas tú que podría haber estado? -preguntó Michael. Le hormigueaban los dedos, como si se le hubieran dormido.

Balilty se encogió de hombros.

– No tengo la menor idea -dijo con una sonrisa-. Ni idea de qué va este asunto. Sería lógico pensar que los hijos de un hombre de su edad, un hombre como él, estuvieran más al tanto de la vida de su padre, y más siendo figuras públicas como ellos. Pero era el viejo quien no perdía ripio. En la tienda pasaba lo mismo. Él era el único que sabía dónde estaba todo. Siempre había que esperarlo, consultarle a él; era lo que le gustaba, mantenerlo todo bajo control. Sería holandés, pero tenía el espíritu de un judío alemán. Ya los conoces, siempre tan racionales y sin prejuicios. Pero se negaban a hacer negocios con los alemanes, el viejo y su Herzl, que parece un espantapájaros, con el pelo de punta, así -Balilty enroscó un papel y se lo colocó en la cabeza-. Herzl desapareció hace algún tiempo. No sé de qué discutirían después de cuarenta años juntos. Tampoco lo sabe ninguno de los hijos. Ya te he dicho que ahora mismo estamos tratando de localizarlo. Puede que él sepa algo.

– ¿Qué puede saber? La tienda lleva seis meses cerrada.

– Pregúntale a la hija. Herzl estaba muy unido a la familia. Incluso tenía una llave de la casa.

– O sea que es un posible sospechoso. Podría estar implicado en el asunto del cuadro -dijo Michael sorprendido.

– ¡Ya te he dicho que nadie sabe dónde está! -se quejó Balilty-. Y los Van Gelden opinan que no hay ni que pensar en eso. Es un hombre de fiar al cien por cien. Y, además, está medio pirado. El dinero y los cuadros no significan nada para él. Los hijos lo descartan de entrada. Y no me vengas ahora con que nunca se sabe de dónde van a venir las sorpresas. Ya te he dicho que, en todo caso, estoy buscándolo.

– ¿A qué hora exacta murió Van Gelden? ¿Qué dice el laboratorio?

– El forense sitúa la muerte por la tarde… a partir de las cuatro, las cuatro y media, las cinco, las seis, no más tarde de las siete.

Michael titubeó. La pregunta que iba a formular era en cierto modo una traición.

– ¿Dónde estaban en esos momentos los hijos?

– Tú ya sabes dónde estaba ella -dijo Balilty, proyectando los labios hacia delante-. En la peluquería.

– ¿Y los otros?

Balilty entornó los ojos, encendió el mechero y examinó la llama.

– ¿Para qué meternos en eso? -preguntó reticente a la vez que alzaba la vista y la posaba en Michael-. No hace falta que te metas en eso. ¿De verdad quieres saberlo?

Michael se encogió de hombros.

– Theo van Gelden es el número uno de los folladores de la ciudad, y perdóname la expresión. Esa tarde estaba citado con una mujer de cincuenta años y con una chica de diecinueve. Se lo hace con las dos… -el gesto que hizo con la mano y el codo no dejó duda posible sobre la naturaleza de las actividades que Theo van Gelden desarrollaba con las mujeres en cuestión-. Y su hermano, su hermano también tiene lo suyo -el semblante de Balilty se ensombreció.

– Se negó a decir dónde había estado -comentó Michael indiscretamente.

– Se negó porque no quería que sus hermanos se enterasen de que estaba citado con el abogado de su padre. Y ninguno de los dos, ni él ni el abogado, está dispuesto a decir de qué asunto trataron. De momento no tengo medios para obligarlos.

– Hay un escocés por ahí… -dijo Michael.

Balilty tamborileó sobre la mesa.

– Tengo noticias de él. Se llama McBrady -dijo-. Supe de su existencia la primera noche, pero resulta que está ingresado en un hospital de Edimburgo. Es diabético y le han amputado una pierna. En estos momentos no le interesan los cuadros. ¿Qué quieres que te diga? Es mejor ser joven y tener salud que ser viejo y estar enfermo. Aunque tengas dinero.

– ¿Qué posibilidades ves de resolver el caso?

– No muchas -reconoció Balilty-. Y no es que no me interese, teniendo en cuenta lo de la logia y todo lo demás. Pero si es un trabajo extranjero, no hay mucho que hacer. A no ser que ocurra algo imprevisto. Como tú solías decir: «La realidad nunca dejará de sorprendernos». Puede que ocurra algo.

Michael consultó su reloj.

– Tengo que marcharme -dijo incómodo-. He prometido llevar…

– Hay que ver cómo estás -dijo Balilty riéndose-. Te has convertido en padre de familia de la noche a la mañana.

– Hoy me toca sustituir a la niñera temprano -Michael se sintió enrojecer mientras se encaminaba a la puerta.

Balilty se puso en pie y se apresuró a abrirla. Echó un vistazo hacia ambos lados del pasillo, cogió a Michael del brazo y le preguntó en tono conspiratorio:

– ¿No le has contado nada a Shorer?

– Ni una palabra -repuso Michael consternado-. ¡Y no vayas a decirle nada!

– ¿Yo? -exclamó Balilty ofendido-. Sólo quería saber si le habías dicho algo. Creía que lo sabía todo sobre tu persona -concluyó con inconfundible sonrisa de satisfacción.

La niñera cerró tras de sí la puerta de la casa mientras Michael le cambiaba el pañal a Ido. El niño pataleaba y gorjeaba alegremente. Se oyó el timbre de la puerta. Michael se apresuró a pegar las tiras adhesivas del pañal y, con Ido en brazos, le abrió la puerta a la enfermera Nehama, que lo miró sorprendida, jadeante.

– Acabo de hablar con la niñera hace media hora. ¿No se lo ha dicho?

Michael estuvo a punto de atragantarse del susto. Hubo de contenerse para no preguntarle si había venido a llevarse a Noa. Abrió más la puerta y le sonrió con esfuerzo.

– Está pálido -dijo ella, preocupada, y se hundió en el mismo sillón que había ocupado durante la primera visita-. Debe de resultarle duro -añadió con evidente simpatía-. Lo que les ha sucedido es terrible.

Michael se sentó junto a la enfermera en una silla, con Ido en sus rodillas. El niño, fascinado por el largo collar de la enfermera, estiró hacia él sus manitas. Nehama le tendió los brazos.

– ¿Quieres venir con Nehama? -le dijo en un arrullo-. Ven con Nehama -y se quitó el collar y la cadena de la que colgaban sus gafas.

Ido siguió con la mirada el collar, que Nehama dejó sobre la mesa. Ya en brazos de la enfermera, el niño se revolvió para tratar de echar mano a las verdes cuentas. Nehama se lo devolvió a Michael.

– Noa acaba de quedarse dormida -dijo Michael cuando al fin recuperó la voz.

– ¿Qué tal está la nena? -preguntó la enfermera al tiempo que giraba los hombros y se frotaba la nuca para aliviar la tensión. Luego se puso el collar y la cadena.

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