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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—¿De cuánto tiempo disponemos? —preguntó bajando la voz el Primer Ministro.

Balkis levantó la mirada y le contempló con expresión pensativa.

—El plan es flexible, y desde que descubrimos la traición de Shekt trabajamos en tres turnos que se suceden uno a otro —informó—. Todo marcha bien, y ahora sólo nos faltan los cálculos matemáticos de las órbitas necesarias. Lo que nos retrasa es el que nuestras calculadoras y ordenadores no son lo suficientemente sofisticados, pero eso ya da igual… Ahora no es más que cuestión de días.

—¡Días!

La palabra fue pronunciada con una extraña mezcla de triunfo y horror.

—¡Días! —repitió el secretario—. Pero recuerde…, una bomba apenas dos segundos antes de la hora cero bastaría para detenernos; e incluso después de la hora cero habrá un período de tiempo que oscilará entre uno y seis meses durante el que podrán tomar represalias. No olvide que la seguridad todavía no es total.

¡Días! Y entonces estallaría la guerra unilateral más increíble de toda la historia de la Galaxia, y la Tierra atacaría a todos los demás planetas.

Las manos del Primer Ministro temblaban levemente.

Arvardan volvía a viajar a bordo de un estratosférico, y su mente era un confuso torbellino de pensamientos. No parecía haber ningún motivo para creer que el Primer Ministro y los psicópatas que tenía por súbditos permitirían una invasión oficial de las zonas radiactivas, y Arvardan ya estaba preparado para esa eventualidad. No sabía por qué, pero lo cierto era que no lo había lamentado demasiado. Si le hubiese importado más habría defendido mejor su causa.

¡Y ahora estaba dispuesto a entrar ilegalmente en esas zonas, por toda la Galaxia! Armaría su nave, y si llegaba a ser necesario lucharía. Casi lo deseaba.

¡Malditos estúpidos!

¿Quienes se creían que eran?

Sí, sí, Arvardan ya sabía quiénes creían ser. Los terrestres estaban convencidos de ser los primeros seres humanos, los habitantes del planeta original…

Y lo peor de todo era que Arvardan sabía que tenían razón.

El estratosférico estaba despegando. Arvardan se hundió en el mullido respaldo del asiento. Dentro de una hora vería Chica.

Se dijo que no se trataba de que sintiera muchos deseos de volver a Chica, pero el sinapsificador podía ser importante, y ya que estaba en la Tierra podía aprovechar la ocasión. Después de partir no pensaba regresar nunca.

¡Estaba harto de aquel planeta horrible!

Ennius tenía razón.

Pero el doctor Shekt… Arvardan estudió la carta de presentación impregnada de formalidad burocrática.

Y de repente se irguió bruscamente…, o intentó hacerlo, y luchó contra la fuerza de la inercia que le apretaba contra el asiento a medida que la Tierra se alejaba y el cielo azul iba adquiriendo un color púrpura oscuro.

Había recordado el apellido de la muchacha. Se llamaba Pola Shekt.

¿Por qué lo había olvidado? Arvardan sintió una mezcla de desilusión y enfado consigo mismo. Su mente le había traicionado reteniendo el apellido de la muchacha hasta que ya era demasiado tarde.

Pero en lo más hondo de su ser algo se alegró de que hubiera ocurrido así.

14. SEGUNDO ENCUENTRO

Durante los dos meses transcurridos desde el día en que el doctor Shekt había utilizado su sinapsificador en Joseph Schwartz, el físico había cambiado por completo; no tanto en su aspecto exterior —aunque quizá estaba un poco más delgado y andaba más encorvado—, sino en su comportamiento, que se había vuelto abstraído y casi temeroso. Shekt vivía ensimismado, alejado incluso de sus colegas más íntimos, y sólo salía de aquel estado de ánimo con una desgana que resultaba evidente incluso para el observador menos atento.

Sólo podía desahogarse con Pola, quizá porque durante esos dos meses ella también se había mostrado misteriosamente distante y absorta en sí misma.

—Me están vigilando —solía decir Shekt—. Lo intuyo… ¿Conoces esa sensación, Pola? Durante el último mes ha habido varios cambios de personal en el Instituto, y los técnicos que se van siempre son aquellos a los que más aprecio y en los que creía poder confiar. Nunca me dejan a solas, siempre hay alguien rondando a mi alrededor… Ni tan siquiera me dejan escribir informes.

A veces Pola se mostraba compasiva, pero en otras ocasiones se burlaba de él.

—¿Pero qué pueden tener contra ti para hacerte todo esto? —le preguntaba—. Vamos, ni tan siquiera el experimento con Schwartz es un delito tan horrible… Como mucho se habrían limitado a darte una reprimenda, ¿no te parece?

Pero cuando contestaba el rostro de Shekt siempre parecía un poco más amarillento y consumido que antes.

—No dejarán que siga viviendo. Mis sesenta se aproximan, y no permitirán que siga viviendo…

—¿Después de todo lo que has hecho? ¡Tonterías!

—Sé demasiado, Pola, y ya no confían en mí.

—¿Sobre qué sabes demasiado?

Aquella noche Shekt estaba muy cansado, y anhelaba librarse del peso invisible que le oprimía…, y se lo contó todo. Al principio Pola no quiso creerle, y cuando por fin le creyó sólo fue capaz de quedarse inmóvil, paralizada por el horror.

Al día siguiente Pola llamó a la Casa del Estado desde una cabina de la onda comunal pública al otro extremo de la ciudad. Habló tapándose la boca con un pañuelo, y preguntó por el doctor Bel Arvardan.

No estaba allí. Creían que quizá estuviera en Bonair, a casi nueve mil kilómetros de distancia; pero al parecer el doctor Arvardan no se estaba ateniendo de una manera demasiado estricta a su itinerario inicial. Sí, esperaban que regresase a Chica, pero no sabían exactamente cuándo lo haría. ¿Quería dejar su nombre? Intentarían dar con él.

Pola cortó la comunicación, apoyó su suave mejilla sobre el cristal y se dejó reconfortar por su frescura. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas y enturbiados por la desilusión.

¡Estúpida, estúpida…!

Él la había ayudado, y ella prácticamente había acabado echándole a patadas. Él se había enfrentado al látigo neurónico y a algo todavía peor para salvar la dignidad de una terrestre frente a un espacial, y ella le había despreciado a pesar de todo lo que había hecho.

Los cien créditos que Pola había enviado a la Casa del Estado al día siguiente del incidente en los grandes almacenes le habían sido devueltos sin ninguna nota de acompañamiento. Cuando los recibió, Pola sintió el deseo de ir a verle para disculparse, pero tuvo miedo. La Casa del Estado estaba reservada a los no terrestres. ¿Cómo iba a entrar allí? Nunca la había visto salvo desde lejos.

Y ahora… Habría sido capaz de ir al Palacio del Procurador para…, para…

Ahora sólo él podía ayudarla. Él, un espacial capaz de hablar con los terrestres de igual a igual… Pola ni tan siquiera había sospechado que era un espacial hasta que él se lo había dicho. Era tan alto, parecía tan seguro de sí mismo… Sí, él sabría lo que había que hacer.

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