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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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Las sombras de la cuesta por la que habían ascendido arrojaban una profunda penumbra sobre el llano. Más allá de esas sombras la tierra era dorada, un dorado brumoso, encarnado e invernal, débilmente salpicado y moteado por los cursos de los ríos lejanos, la masa de las colinas bajas o los bosquecillos de árboles anillados. Al otro lado de la meseta, en el límite mismo del alcance de la mirada, las montañas se elevaban sobre un fondo de cielo tremebundo, incoloro y ventoso.

—¿A qué distancia están? —preguntó alguien.

—Tal vez haya cien kilómetros hasta la estribaciones.

—Son muy grandes…

—Se parecen a las que vimos en el norte, más arriba del Lago Sereno.

—Tal vez sea la misma cordillera. Se extendía hacia el sudeste.

—Esa meseta es como el mar, sigue al infinito.

—¡Aquí arriba hace frío!

—Situémonos debajo de la cima, al amparo del viento.

Mucho después que el altiplano se tiñera de gris, el afilado y pequeño borde de hielo iluminado por el sol se incendió en el límite de la mirada, hacia el este. Se blanqueó y desapareció; densas en la ventosa negrura, salieron las estrellas, todas las constelaciones, todas las ciudades encendidas que no eran su hogar.

El arroz de los pantanos crecía generosa y espontáneamente en los torrentes de la meseta; les sirvió de alimento durante los ocho días que tardaron en cruzarla. Las Colinas del Hierro se encogieron a sus espaldas: una línea rugosa y oxidada trazada al oeste. En el llano abundaban los conejos, una especie de patas más largas que las de los ejemplares de los bosques costeros; las orillas de los ríos estaban salpicadas y pobladas de conejeras; cuando salía el sol, los conejos también salían y disfrutaban de sus rayos mientras veían pasar a la gente con ojos serenos y confiados.

—Habría que ser tonto para morirse de hambre aquí —comentó Grapa mientras contemplaba a Italia, que desplegaba las trampas cerca de un vado rutilante y cubierto de guijarros.

Siguieron adelante. El viento soplaba cruelmente en la altiplanicie descubierta y no había madera para construir refugios ni para hacer fuego. Siguieron andando hasta que el terreno empezó a subir, ascendiendo hacia las estribaciones, y llegaron a un gran río que corría hacia el sur y al que Andre, el cartógrafo, llamó Rocagrís. Para cruzarlo tenían que encontrar un vado, lo que parecía bastante improbable, o construir balsas. Algunos eran partidarios de atravesarlo y dejar también esa barrera a sus espaldas. Otros preferían volver a virar hacia el sur y seguir la orilla oeste del Rocagrís. Deliberaron y, al mismo tiempo, organizaron el primer campamento de escala. Un hombre se había dañado el pie en una caída y varios más sufrían heridas menores y otros malestares; era imprescindible reparar el calzado; todos estaban cansados y necesitaban unos días de reposo. El primer día levantaron refugios de broza y hojas de paja. Hacía frío y las nubes se acumulaban a pesar que el viento glacial no soplaba. Esa noche cayó la primera nevada.

En Bahía Songe nevaba excepcionalmente y nunca recién entrado el invierno. Ya no estaban bajo la influencia del clima benigno de la costa occidental. Las colinas costeras, los páramos y las Colinas del Hierro contenían la lluvia que los vientos de poniente traían desde el mar; aquí el clima era más seco y más frío.

Mientras cruzaban el llano, apenas habían visto la gran cordillera hacia la que se dirigían, las afiladas alturas de hielo, pues las nubes de nieve ocultaban todo salvo las estribaciones azules. Ahora estaban en las estribaciones: un asilo entre la meseta ventosa y las cumbres tormentosas. Se habían internado por el estrecho valle de un torrente que serpenteaba y se ensanchaba hasta alcanzar la extensa y honda garganta del Rocagrís. El lecho del valle estaba arbolado, en su mayor parte por árboles anillados y unos pocos pero espesos grupos de algodones, y había muchos claros. Las colinas del norte del valle eran empinadas y peñascosas, de modo que protegían el propio valle y las laderas del sur, más bajas y abiertas. Era un sitio agradable. El primer día, mientras montaban los refugios, todos se habían sentido cómodos. Por la mañana los claros estaban blancos y bajo los árboles anillados —a pesar que el follaje color bronce había retenido la ligera nevada— hasta la última piedra y brizna de hierba marchita centelleaba con la espesa escarcha. La gente se apiñó alrededor de las fogatas para descongelarse antes de ir a buscar más leña.

—Con este clima, los refugios de broza no sirven —declaró Andre sombríamente y se frotó las manos tiesas y agrietadas—. Ay, ay, ay, estoy entumecido.

—Está aclarando —dijo Luz y se asomó por una amplia brecha en la arboleda, donde el valle lateral desembocaba en la garganta del río.

Mas allá de la escarpada y lejana orilla del Rocagrís, la Cordillera Oriental resplandecía enorme, azul oscuro y blanca.

—De momento. Volverá a nevar.

Andre parecía frágil agazapado junto a la hoguera que ardía casi invisible bajo el fresco sol de la mañana: frágil, entumecido y pesimista. Muy descansada por la jornada sin caminar, Luz experimentaba una frescura espiritual muy semejante a la luz de la mañana: sentía un gran amor por Andre, ese hombre paciente y preocupado. Se agachó a su lado, delante de la hoguera, y le palmeó el hombro.

—Éste es un buen sitio, ¿no te parece? —preguntó. Andre asintió acurrucado, sin dejar de frotar sus manos irritadas y amoratadas—. Andre —el hombre gruñó—, creo que deberíamos construir cabañas en vez de refugios.

—¿Aquí?

—Es un buen sitio…

Andre miró los altos árboles rojos, el torrente que caía estrepitosamente hacia el Rocagrís, las laderas abiertas y soleadas al sur, las grandiosas y azules alturas hacia el este.

—Está bien —aceptó a regañadientes—. Además, hay agua y madera en abundancia. Pesca, conejos, podríamos pasar el invierno aquí.

—¿Crees que deberíamos hacerlo mientras aún hay tiempo para levantar las cabañas?

Encorvado, con los brazos colgando entre las rodillas, Andre se frotaba las manos mecánicamente. Luz lo observaba y aún se apoyaba en su hombro.

—A mí me complace —dijo él finalmente.

—Si hemos recorrido tanto camino…

—Tendremos que reunirnos todos y ponernos de acuerdo… —Andre la miró y le pasó un brazo por los hombros. Permanecieron uno al lado del otro, entrelazados, meciéndose ligeramente sobre los talones, cerca de la hoguera crepitante y casi invisible—. Ya he corrido bastante. ¿Y tú? —Luz asintió—. No estoy seguro. Me pregunto…

—¿Qué?

Andre miró la hoguera iluminada por el sol con su cara tensa, curtida por la intemperie y arrebolada por el calor.

—Dicen que cuando estás perdido, realmente perdido, siempre te mueves en círculo. Vuelves al punto de partida. La cuestión es que no siempre te das cuenta.

—Esto no es la Ciudad ni el Arrabal —aseguró Luz.

—No, todavía no.

—Nunca lo será —insistió y sus cejas trazaron una severa línea recta—. Andre, éste es un sitio nuevo, un lugar en el que empezar.

—Dios lo quiera.

—No sé qué quiere Dios. —Extendió la mano, rascó un poco de tierra húmeda y semicongelada y la apretó contra su palma—. Esto es Dios —afirmó y abrió la mano para mostrar la esfera de tierra negra a medio modelar—. Esto soy yo. Y tú. Y los demás. Y las montañas. Todos somos…, todo está contenido en un círculo.

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