El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
—Luz Marina, ¿por qué te quedas aquí?
—¿Adónde puedo ir? —inquirió casi burlona.
—Con tu padre.
—Sí, es lo que hacen las mujeres…
—Tu padre está en un apuro, ha caído en desgracia, te necesita.
—Y ustedes no.
—Sí, claro que te necesitamos —intervino Vera desesperada—. Elia, ¿tú también te has vuelto loco? ¿Quieres echarla?
—Es por ella… Si no hubiera venido, Lev… Fue culpa de ella… —Elia estaba al borde de una emoción que no podía dominar, su voz se tornaba aguda y sus ojos se desorbitaban—. ¡Fue culpa suya!
—¿Qué dices? —susurró Vera.
—¡No es culpa de ella! ¡Nada es culpa de ella! —declaró impetuosamente Vientosur.
Luz permaneció en silencio.
Tembloroso, Elia se tapó la cara con las manos. Durante largo rato nadie pronunció palabra.
—Lo siento —se disculpó el hombre y alzó la mirada. Tenía los ojos secos y brillantes y movía extrañamente la boca al hablar—. Luz Marina, te ruego que me perdones. Lo que he dicho carece de sentido. Viniste a nosotros, eres bienvenida aquí, en nuestro seno. Quedo…, quedo muy agotado intentando descubrir lo que debemos hacer, lo que está bien…, es muy difícil saber qué está bien… —Las tres mujeres guardaron silencio—. Transijo, es verdad, transijo con Marquez, ¿qué otra cosa puedo hacer? Después dicen ustedes que Elia traiciona nuestros ideales, que nos condena a la esclavitud definitiva con relación a la Ciudad, que pierde todo aquello por lo que luchamos. ¿Qué quieren? ¿Más muertes? ¿Quieren otra confrontación, ver cómo vuelven a disparar contra el Pueblo de la Paz, combates, palizas…, ver nuevamente cómo mueren a golpes los hombres…, nosotros, los que…, los que creemos en la paz, en la no violencia…?
—Elia, nadie dice eso de ti —puntualizó Vera.
—Tenemos que avanzar lentamente. Debemos ser razonables. No podemos hacerlo todo a la vez, irreflexiva y violentamente. ¡No es fácil…, no es nada fácil!
—No —reconoció Vera—. No es nada fácil.
—Llegamos de todo el mundo —dijo el anciano—. La gente se trasladó desde las grandes ciudades y de las pequeñas aldeas. Cuando la Marcha comenzó en la Ciudad de Moskva eran cuatro mil y cuando llegaron a las fronteras del lugar llamado Rusia, sumaban siete mil. Caminaron por el extenso territorio llamado Europa y constantemente cientos y cientos de personas se incorporaban a la Marcha, familias y almas individuales, jóvenes y viejos. Procedían de las poblaciones cercanas, de grandes tierras allende los mares, India, África. Todos llevaban lo que podían en alimentos y en precioso dinero para comprar alimentos, ya que tal cantidad de caminantes siempre necesitaba alimentos. La gente de los pueblos se detenía a la vera de las carreteras para ver pasar a los caminantes y a veces los niños se acercaban para regalarles alimentos o precioso dinero. Los ejércitos de las grandes naciones también se detenían a la vera de los caminos, miraban, protegían a los caminantes y comprobaban que éstos, al ser tantos, no dañaran los campos, los árboles y las villas. Los caminantes cantaban, a veces los ejércitos cantaban con ellos y, en ocasiones, los soldados abandonaban sus armas y se sumaban a la Marcha en la oscuridad de la noche. Caminaban y caminaban. Por la noche acampaban y, como eran tantos, parecía que en un santiamén nacía una gran ciudad en los campos sin límite. Caminaron, caminaron y caminaron por los campos de Francia y por los de Alemania, cruzaron las altas montañas de España, caminaron semanas y meses, entonando las canciones de la paz, y por fin llegaron, en número de diez mil, al fin de la tierra y el principio del mar, a Ciudad Lisboa, donde les habían prometido los barcos. Y los barcos esperaban en el puerto.
»Así fue la Larga Marcha. ¡Pero la travesía no había terminado! Se acercaron a los barcos para partir rumbo a la Tierra Libre, donde serían bien recibidos. Pero ahora eran demasiados. Los barcos sólo podían trasladar a dos mil y ellos habían crecido a medida que caminaban, ahora eran diez mil. ¿Qué podían hacer? Se apiñaron y volvieron a apiñarse; construyeron más literas, acumularon diez en cada camarote de las grandes naves, estancia diseñada para contener dos. Los propietarios de los barcos dijeron: Alto, no pueden ustedes seguir atiborrando los barcos, no hay agua suficiente para la larga travesía, no pueden subir todos. Por eso compraron embarcaciones: pesqueros, veleros y motoras. Algunas personas, gente rica e importante, con barco propio, se acercaron y dijeron: Usen mi embarcación, trasladaré cincuenta almas hasta la Tierra Libre. Llegaron pescadores de la ciudad llamada Inglaterra y dijeron: Usen mi barco, tomaré cincuenta almas. A algunos les asustaba cruzar un mar tan extenso en embarcaciones tan pequeñas; en ese momento otros volvieron a casa y abandonaron la Larga Marcha. Pero como siempre había gente nueva que se sumaba, fueron cada vez más. Por fin todos zarparon del puerto de Lisboa, sonó la música, las cintas volaban al viento y toda la gente de los grandes barcos y las pequeñas embarcaciones partió a un tiempo, cantando.
»No podían navegar juntos. Los barcos eran veloces y las embarcaciones, lentas. Ocho días más tarde las grandes naves atracaron en el puerto de Montral, en las tierras de Canamérica. Las embarcaciones llegaron después, desperdigadas por el océano, con unos días, con unas semanas de retraso. Mis padres viajaban en una de las embarcaciones, una bella y blanca nave llamada Anita, que una noble dama había prestado al Pueblo de la Paz para que pudiera viajar hasta la Tierra Libre. En esa nave iban cuarenta personas. Mi madre solía decir que aquellos habían sido buenos tiempos. El clima era benigno, se sentaban en cubierta bajo el sol y planeaban cómo erigirían la Ciudad de la Paz en la tierra prometida, la tierra entre las montañas, en la zona septentrional de Canamérica.
»Cuando llegaron a Montral, fueron recibidos por hombres armados que los pescaron y los encarcelaron. Allí estaban todos, los que habían viajado en los grandes barcos, todo el pueblo esperaba en los campamentos para prisioneros.
»Los gobernantes de esa región afirmaron que eran demasiados. Tendrían que haber sido dos mil y eran diez mil. No había tierra ni espacio para tantos. Eran tantos que resultaban peligrosos. De todos los confines de la Tierra llegaba gente que se sumaba a ellos, acampaba a las puertas de la ciudad y de los campamentos para prisioneros y entonaba las canciones de la paz. Hasta de Brasil llegaban; habían emprendido su Larga Marcha hacia el norte a lo largo de los grandes continentes. Los gobernantes de Canamérica se asustaron. Dijeron que era imposible mantener el orden y dar de comer a tantos. Dijeron que se trataba de una invasión. Dijeron que la Paz era una mentira, que de verdad no tenía nada, pero eran ellos los que no la entendían ni la querían. Dijeron que su pueblo los abandonaba y se sumaba a la Paz y que no podían permitirlo porque todos debían combatir en la Larga Guerra con la República, que se libraba desde hacía veinte años. ¡Dijeron que el Pueblo de la Paz estaba formado por traidores y por espías de la República! Así fue como nos encerraron en los campamentos para prisioneros en lugar de entregarnos la tierra entre las montañas, la tierra prometida. Ahí nací yo, en el campo para prisioneros de Montral.
»Finalmente los gobernantes dijeron: De acuerdo, cumpliremos nuestra promesa, les daremos tierra en la que vivir, pero en la Tierra no hay espacio para ustedes. Les entregaremos la nave construida hace mucho tiempo en Brasil para expulsar a ladrones y asesinos. Construyeron tres naves, enviaron dos al mundo llamado Victoria y la tercera no llegaron a utilizarla porque cambiaron las leyes. Nadie quiere esa nave porque sólo puede realizar un viaje: no puede retornar a la Tierra. Brasil nos la ha regalado. Dos mil de ustedes viajarán en ella, es el máximo que puede albergar. Los demás deben encontrar el modo de regresar a vuestra tierra cruzando el océano, de retornar a Rusia la Negra, o vivir aquí, en los campos para prisioneros, fabricando armas para la Guerra contra la República. Vuestros cabecillas viajarán en la nave: Mehta y Adelson, Kaminskaya, Wicewska y Shults; no aceptaremos a estos hombres y mujeres en la Tierra porque no aman la Guerra. Deberán llevarse la Paz a otro mundo.