El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
Trazó un círculo en la tierra arenosa, cerca de su pie, dibujándolo con una vara espinosa y procurando hacerlo con la mayor perfección posible. Ése era un mundo, un yo o un Dios, ese círculo, llámalo como quieras. En la inmensidad no había nada más que pudiera pensar de esa manera en un círculo… Luz recordó la delicada anilla de oro que rodeaba la brújula. Como era humana, poseía la mente, los ojos y la mano diestra que imaginaban la idea de un círculo y la dibujaban. Pero cualquier gota de agua que cayera de una hoja a un estanque o a un charco de lluvia podía trazar un círculo aún más perfecto, que huía hacia afuera desde el centro, y si el agua no tenía límites, el círculo se fugaba eternamente hacia afuera, cada vez más débil, siempre más extenso. Ella no podía hacer aquello que cualquier gota de agua era capaz de hacer. ¿Qué había dentro de su círculo? Granos de arena, polvo, unos pocos guijarros pequeñitos, una espina semienterrada, el rostro cansado de Andre, el sonido de la voz de Vientosur, los ojos de Sasha que eran como los de Lev, el dolor de sus hombros donde apretaban las correas de la mochila y su miedo. El círculo no podía excluir el miedo. Y la mano borró el círculo, alisó la arena y la dejó tal como había estado siempre y como volvería a estar siempre después que siguieran adelante.
—Al principio sentí que dejaba atrás a Timmo —comentó Vientosur mientras observaba la ampolla más dolorosa de su pie izquierdo—. Cuando dejamos la casa…, la construimos entre los dos. Sentí que me alejaba y por fin lo abandonaba para siempre, lo dejaba atrás. Pero ahora no veo las cosas bajo esa perspectiva. Fue aquí donde murió, en la inmensidad. Ya sé que no murió aquí mismo, sino en el norte. Pero ya no siento que está tan espantosamente lejos como me pareció todo el otoño, viviendo en nuestra casa. Es casi como si hubiera salido a su encuentro. No estoy agonizando, no es eso. Allá sólo pensaba en su muerte y aquí, mientras caminamos, pienso constantemente en Timmo vivo. Es como si ahora estuviera conmigo.
Habían acampado en un pliegue del terreno, bajo las colinas rojas, junto a un torrente rápido y rocoso. Habían encendido las fogatas, cocinado y comido; muchos se habían acostado y dormían. Aunque aún no era de noche, el frío era tan intenso que si no te movías tenías que acurrucarte junto al fuego o cubrirte y dormir. Durante las cinco primeras noches de la travesía no habían encendido el fuego por temor a los perseguidores y habían sido unas noches terribles; Luz no había conocido deleite más intenso que el que experimentó ante el primer fuego de campamento, en medio de un enorme anillo arbolado, en la ladera sur del páramo, y ese mismo placer se repetía todas las noches, el exuberante lujo de la comida caliente, del calor. Las tres familias con las que Vientosur y ella acampaban y cocinaban se preparaban para pasar la noche; el benjamín —el más joven de toda la migración, un chico de once años— ya estaba enroscado en su manta como un murciélago con saco abdominal y dormía a pierna suelta. Luz se ocupó de la hoguera mientras Vientosur atendía sus ampollas. Río arriba y río abajo centelleaban otras siete fogatas y la más lejana no era más que la llama de una vela en el atardecer gris azulado, una mancha dorada, neblinosa y temblona. El ruido del torrente ahogaba el sonido de las voces en torno a las demás hogueras.
—Voy a buscar leña —dijo Luz.
No estaba eludiendo la respuesta a las palabras de Vientosur. No hacía falta una respuesta. Vientosur era amable y perfecta; daba y hablaba, sin esperar nada a cambio; en todo el mundo no existía compañera menos exigente y más alentadora.
Habían recorrido una distancia considerable, veintisiete kilómetros según los cálculos de Martin; habían salido del monótono e infernal laberinto de maleza; habían cenado caliente, el fuego daba calor y no llovía. Hasta el dolor de los hombros le resultó agradable (porque la mochila no lo agudizaba) cuando se incorporó. Eran esos momentos al final del día, junto al fuego, los que contrarrestaban las largas, aburridas y hambrientas tardes de caminata, caminata y caminata, de intentar aliviar la presión de las correas de la mochila en sus hombros, y las horas en medio del barro y la lluvia, cuando no parecía haber razón alguna para seguir adelante, y las peores horas, en la negrura de la noche, cuando siempre despertaba a causa de la misma y espantosa pesadilla: en torno al campamento había un círculo de cosas, no de personas, de pie, invisibles en la oscuridad pero vigilantes.
—Ésta está mejor —comentó Vientosur cuando Luz regresó del bosquecillo próximo con una brazada de leña—, pero la del talón, no. Te diré una cosa. Todo el día de hoy he sentido que no nos siguen.
—Creo que nunca nos han seguido —afirmó Luz y avivó el fuego—. Nunca he pensado que les importara, aunque lo supieran. A los de la Ciudad no les gusta pensar en la inmensidad. Prefieren fingir que no existe.
—Eso espero. Detestaba la idea de estar huyendo. El hecho de ser exploradores crea un sentimiento de mayor valentía.
Luz arregló el fuego para que ardiera lentamente pero sin enfriarse y se agachó delante para recibir un poco de calor.
—Extraño a Vera —reconoció. Tenía la garganta seca por el polvo de la caminata y últimamente no usaba a menudo su voz, que le sonó seca y áspera, como la de su padre.
—Vendrá con el segundo grupo —dijo Vientosur con reconfortante certeza, se vendó el bonito pero herido pie con una tira de tela que ató firmemente al tobillo—. Ah, así está mejor. Mañana me vendaré los pies, como hace Grapa. Así estarán más calientes.
—Ojalá no llueva.
—Esta noche no lloverá. —Los arrabaleros conocían mucho mejor que Luz los signos meteorológicos. No habían vivido tanto tiempo como ella entre cuatro paredes y conocían los significados del viento, incluso aquí donde los vientos eran distintos—. Puede que mañana llueva —añadió Vientosur y se acomodó en el sacomanta. Su voz ya sonaba débil y cálida.
—Mañana estaremos en lo alto de las colinas —dijo Luz.
Miró hacia arriba, hacia el este, pero la ladera próxima del valle del torrente y el atardecer gris azulado ocultaban el perfil rocoso. Las nubes raleaban; una estrella titiló un rato en el este, pequeña y brumosa, pero se esfumó cuando las nubes no visibles volvieron a concentrarse. Luz esperaba que reapareciera, pero no tuvo suerte. Se sintió insensatamente decepcionada. Ahora el cielo estaba oscuro, el suelo estaba oscuro. No había luz salvo los ocho puntos dorados, las hogueras del campamento, una minúscula constelación en la plenitud de la noche. Allá lejos, varios días atrás, en el oeste, miles y miles de pasos a sus espaldas, tras la zona de matorrales, los páramos, las colinas, los valles y los torrentes, junto al gran río que desembocaba en el mar, unas pocas luces más: la Ciudad y el Arrabal, un diminuto apiñamiento de ventanas teñidas de luces amarillas. El oscuro río que corría en la oscuridad. Y ninguna luz sobre el mar.
Acomodó un tronco para que ardiera más lentamente y lo rodeó de ceniza. Buscó el saco de dormir y se introdujo en él, junto a Vientosur. Ahora quería hablar. Vientosur apenas había mencionado a Timmo. Luz quería oírla hablar de él y de Lev; por primera vez ella misma deseaba hablar de Lev. Aquí había demasiado silencio. Las cosas se perderían en el silencio. Debía hablar. Vientosur comprendería. Ella también había perdido su destino, conocido la muerte y seguido adelante.