El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
No se oyó sonido alguno entre los miles de personas desplegadas por la carretera. Aunque no todas podían oír lo que se decía, el silencio se había vuelto contagioso; sólo se percibía, aquí y allá, el débil balbuceo y las protestas de los bebés, molestos por el ardor con que los abrazaban. El viento arreció un instante en la cumbre de la colina. Las nubes se concentraban sobre Bahía Songe, pero aún no ocultaban el sol del mediodía.
Falco seguía sin responder.
Por fin giró bruscamente. Vera vio su rostro, rígido como el hierro. Le hizo gestos, le indicó inequívocamente que se acercara…, que estaba libre. Macmilan soltó el brazo de la mujer. Atónita, Vera dio uno, dos pasos al frente. Buscó con la mirada los ojos de Lev, que sonreía. ¿Es tan fácil la victoria, tan fácil?
La explosión del arma de Macmilan junto a su cabeza la echó hacia atrás, como si hubiera sufrido el impacto del culatazo. Vera perdió el equilibrio, la acometida de los hombres de chaqueta marrón la arrojó de lado y finalmente cayó a gatas. Se oyó un crujido, un chasquido, un rugido y un siseo agudo como el de un gran incendio, pero todo sonaba muy lejos, donde tal vez hubiera un incendio; aquí sólo había hombres que aplastaban, se apiñaban, pisoteaban y tropezaban. Vera gateó y se encogió, intentando ocultarse, pero no había escondite, ya no quedaba nada salvo del siseo del fuego, los pies y las piernas que pisoteaban, los cuerpos apiñados y la tierra mojada y pedregosa.
Reinaba el silencio, pero no era un silencio real. Era un silencio absurdo y carente de significado en el interior de su mente, un silencio en el interior de su oído derecho. Meneó la cabeza para expulsarlo. No había suficiente luz. El sol había desaparecido. Hacía frío, soplaba un viento frío que no emitía sonido alguno. Se estremeció mientras se incorporaba y se abrazó el vientre. Era un lugar absurdo para caerse, para tenderse. Le dio rabia. Su mejor traje de seda de los árboles estaba embarrado y empapado en sangre, pegado a sus pechos y a sus brazos. Un hombre yacía a su lado. No era corpulento. Todos le habían parecido enormes cuando estaban de pie y la rodeaban, pero el hombre caído era bastante delgado y estaba hundido en el suelo como si quisiera formar parte del terreno, semienterrado en el barro. Ya no era un hombre, sólo barro, pelo y una sucia chaqueta marrón. Del hombre que había sido no quedaba ningún rasgo humano. No quedaba nadie. Sentía frío allí sentada y no era el mejor lugar para sentarse; intentó reptar unos metros. No quedaba nadie que quisiera derribarla pero, de todos modos, no podía incorporarse y andar. A partir de este momento siempre tendría que reptar. Ya nadie podía estar de pie. No había a qué aferrarse. Nadie podría caminar. Ya no. Todos estaban tendidos en el suelo, los pocos que quedaban. Encontró a Lev después de reptar un rato. No estaba tan hundido en el barro y la tierra como el hombre de la chaqueta marrón; su cara estaba presente y los abiertos ojos oscuros miraban hacia el cielo pero no veían. No había luz suficiente. Ya no había luz y el viento no sonaba. Pronto llovería, las nubes estaban cargadas como un tejado. Habían pisoteado una de las manos de Lev, los huesos se habían quebrado y se veían blancos. Se arrastró un poco más hasta un lugar en el que no tenía que ver semejante escena y acarició la otra mano de Lev. Estaba intacta y fría.
—Calma —dijo, intentando encontrar palabras de Consuelo—. Bueno, mi querido Lev, ya estoy aquí. —Apenas oyó las palabras que pronunciaba en medio del silencio—. Lev, pronto todo estará resuelto.
10
—Todo está bien —aseguró Luz—. No se preocupe, todo se solucionará.
Tenía que hablar a gritos y se sentía ridícula repitiendo siempre lo mismo. Pero lo cierto es que funcionaba, al menos por un rato. Vera se recostaba y se calmaba. Sin embargo, poco después intentaba incorporarse de nuevo y, asustada y preocupada, preguntaba qué sucedía. También preguntaba por Lev:
—¿Se encuentra bien? Tenía la mano herida.
Después insistía en que debía regresar a la Ciudad, a Casa Falco. Nunca debió presentarse con esos hombres armados, la culpa era suya por tener tantas ganas de volver a casa. Si volvía a convertirse en rehén, todo mejoraría, ¿no?
—Todo está bien, no se preocupe —repetía Luz a voz en cuello porque Vera tenía el oído lesionado—. Todo se solucionará.
Por la noche la gente se acostaba, por la mañana se levantaba, trabajaba, preparaba la comida y se alimentaba, charlaba: todo seguía su curso. Luz seguía su curso. Por la noche se retiraba a dormir. Era difícil conciliar el sueño y cuando dormía despertaba en la negra oscuridad a causa de una horrible multitud de gente que empujaba y gritaba, pero nada de eso ocurría. Había ocurrido. La habitación estaba a oscuras y en silencio. Había ocurrido, había concluido, pero todo seguía su curso.
El funeral por las diecisiete víctimas se celebró dos días después de la marcha; aunque algunos fueron enterrados en sus aldeas, el encuentro y el oficio en recuerdo de todos tuvieron lugar en el Templo. Luz sintió que no le correspondía asistir y que Andre, Vientosur y los demás se sentirían más cómodos si no los acompañaba. Propuso quedarse con Vera y los arrabaleros aceptaron. Después de pasar largo rato en el profundo silencio de la casa rodeada por los campos azotados por la lluvia, con Vera dormida y Luz separando las semillas de la fibra del árbol de la seda para tener las manos ocupadas, un hombre llamó a la puerta, un hombre menudo y canoso. Al principio Luz no lo reconoció.
—Soy Alexander Shults —dijo—. ¿Vera está dormida? Vamos, no debieron dejarte aquí.
La llevó al Templo, al fin del oficio de difuntos y al cementerio, en medio de la muda procesión que portaba los doce féretros de los muertos del Arrabal. Luz permaneció envuelta en su chal negro, bajo la lluvia, junto a la tumba, al lado del padre de Lev. Le agradeció el gesto, si bien no le dijo nada y él tampoco le dirigió la palabra.
Vientosur y ella trabajaban a diario en el patatal de la arrabalera, pues era necesario recoger la cosecha; si pasaba unos días más en la tierra húmeda, empezaría a pudrirse. Trabajaban juntas mientras Vera dormía y se turnaban —una iba al campo y la otra se quedaba en la casa— cuando Vera estaba despierta y necesitaba compañía. A menudo aparecía la madre de Vientosur y también Italia, la corpulenta, callada y competente amiga de Vientosur. Andre pasaba una vez al día, aunque también tenía trabajo agrícola y cotidianamente tenía que pasar un rato en el Templo con Elia y los demás. Elia estaba a cargo de todo, era él quien ahora hablaba con los hombres de la Ciudad. Andre les transmitía a Luz y a Vientosur lo que se había hecho y dicho, pero no expresaba su opinión. Luz no sabía si Andre estaba de acuerdo o disentía. Todas las opiniones, convicciones, teorías y principios, todo se había derrumbado, había desaparecido, estaba muerto. El denso y abatido dolor de la multitud que asistió al oficio fúnebre era lo único que quedaba. En la carretera habían muerto diecisiete personas del Arrabal y ocho de la ciudad. Habían muerto en nombre de la paz, pero también habían matado en su nombre. Todo se había derrumbado. Los ojos de Andre estaban oscuros como el carbón. Bromeaba para animar a Vientosur (Luz vio desapasionadamente, tal como ahora lo veía todo, que hacía mucho tiempo que Andre estaba enamorado de Vientosur) y las chicas le celebraban las bromas e intentaban que descansara un rato en su compañía y la de Vera. Por las tardes, Luz y Vientosur trabajaban juntas en el campo. Las patatas eran pequeñas, sólidas y limpias y salían del barro arrastrando su tracería de raíces finamente enmarañadas. Había placer en el trabajo agrícola y casi ninguno en todo lo demás.
De vez en cuando Luz pensaba: «Nada de esto está ocurriendo», porque tenía la impresión que lo que ocurría sólo era una especie de imagen o pantalla, como sombras proyectadas, detrás de la cual se encontraba lo real. Esto era un teatro de marionetas. Al fin y al cabo, resultaba realmente extraño. ¿Qué hacía ella en el campo, a última hora de la tarde, bajo la llovizna neblinosa y sombría, vestida con pantalones remendados, con barro hasta los muslos y los codos, qué hacía recolectando patatas para el Arrabal? Le bastaría con incorporarse y caminar de regreso a casa. La falda azul y la blusa bordada colgarían, limpias y planchadas, en el armario de su cuarto de vestir; Teresa le llevaría agua caliente para darse un baño. Con ese clima, habría grandes leños en la chimenea del extremo oeste del salón de Casa Falco y ardería un buen fuego. Al otro lado del grueso cristal de las ventanas, la tarde se tornaría de un azul cada vez más oscuro por encima de la bahía. Tal vez el doctor se presentara para charlar un rato, en compañía de su amigote Valera, o aparecería el viejo Concejal Di Giulio con la esperanza de jugar una partida de ajedrez con su padre…