El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
»Los dos mil fueron elegidos al azar. La elección fue terrible, aquél fue el más amargo de los días. Para los que se iban aún quedaban esperanzas, pero el riesgo era muy elevado: ¿lograrían atravesar las galaxias sin piloto y llegar a un mundo ignoto para no regresar jamás? Y para los que tenían que quedarse, ya no quedaba esperanza alguna. En la Tierra no quedaba sitio alguno para la Paz.
»Se hizo la elección, se derramaron lágrimas y la nave partió. Para esos dos mil, para sus hijos y los hijos de sus hijos, la Larga Marcha ha concluido. Aquí mismo, en el lugar al que llamamos el Arrabal, en los valles de Victoria. Pero no olvidamos la Larga Marcha, la gran travesía y a los que dejamos atrás, con los brazos extendidos hacia nosotros. No olvidamos la Tierra.
Los niños escuchaban, caras blancas y morenas, pelos negros y castaños; ojos vivaces y ojos adormilados; gozaban del relato, los conmovía, los aburría… Pese a que algunos eran muy pequeños, todos conocían esa historia. Para ellos formaba parte del mundo. Sólo era nueva para Luz.
Un centenar de preguntas, demasiadas, revoloteaban en su mente. Dejó que los niños hicieran preguntas.
—¿Amistad es negra porque su abuela procedía de Rusia la Negra?
—¡Háblanos de la astronave! ¡Cuéntanos cómo durmieron en la nave!
—¡Háblanos de los animales de la Tierra!
Hacían algunas preguntas por ella porque querían que Luz, la forastera, la chica grande que no estaba enterada, conociera sus fragmentos preferidos sobre la saga de su pueblo.
—¡Háblale a Luz de los aeroplanos voladores! —exclamó una mocosa, presa de gran agitación. Se volvió hacia Luz y comenzó a desgranar la historia que le había oído contar al anciano—. Sus padres estaban en la embarcación, en medio del mar, y una nave voladora los superó por el aire, estalló, cayó al agua y se rompió en mil pedazos y ésa fue la República y ellos la vieron. Intentaron rescatar a la gente del agua, pero no había nadie, el mar estaba envenenado y tuvieron que seguir adelante…
—¡Háblale de las personas que llegaron desde Afferca! —reclamó un niño.
Hari estaba cansado y dijo:
—Ya está bien. Cantemos una canción de la Larga Marcha. ¿Meria?
Una chica de doce años se levantó sonriente y miró a sus compañeros.
—Oh, cuando arribemos… —tarareó con voz tierna y resonante.
Los otros chicos se sumaron al cántico.
Cargadas y con los bordes mellados, las nubes se desplazaban sobre el río y las colinas norteñas. Hacia el sur se extendía, plateado y remoto, un fragmento de la bahía. Las gotas de la última lluvia caían pesadas y se deslizaban por las hojas de los grandes árboles del algodón en la cumbre de esta colina que se alzaba al este de la casa de Vientosur; no se oía ningún otro sonido. Era un mundo silente, un mundo gris. Luz estaba sola bajo los árboles y contemplaba la tierra pelada. Hacía mucho tiempo que no estaba sola. Cuando partió hacia la colina no sabía adónde iba ni qué buscaba. Este lugar, este silencio, esta soledad. Los pies la habían encaminado hacia sí misma.
El suelo estaba embarrado y la maleza cargada de humedad, pero el poncho que Italia le había prestado era grueso; se sentó en el mantillo mullido que rodeaba los árboles y, abrazándose las rodillas por debajo del poncho, permaneció inmóvil, mirando hacia poniente por encima del meandro del río. Mantuvo largo rato esa posición, sin ver más que la tierra inmóvil, las nubes y el río que fluían lentamente.
Sola, sola. Estaba sola. No había tenido tiempo de saber que estaba sola mientras trabajaba con Vientosur, cuidaba de Vera, charlaba con Andre y se incorporaba gradualmente a la vida del Arrabal; mientras ayudaba a organizar la nueva escuela del Arrabal porque a partir de ahora la de la Ciudad estaba vedada a los arrabaleros; mientras acudía como invitada a esta casa y a aquella, con esta familia y con la otra; mientras se sentía acogida, bien recibida porque eran gentes amables, que nada sabían de resentimientos ni desconfianzas. Sólo por la noche, acostada a oscuras en el jergón del desván, la soledad se le había presentado con su rostro blanco e implacable. Entonces había tenido miedo. ¿Qué debo hacer?, había gritado mentalmente y, dándose la vuelta para escapar del enconado rostro de su soledad, se había refugiado en la fatiga y el sueño.
Ahora se presentó caminando etéreamente por la cumbre gris de la colina. Ahora su rostro era el de Lev. Luz no sintió el menor deseo de apartar la mirada.
Había llegado la hora de mirar lo que había perdido. La hora de mirarlo y de verlo todo. El atardecer primaveral sobre los tejados de la Ciudad, hacía tanto tiempo, y el rostro de Lev encendido por aquella gloria: «Salta a la vista…, podrías ver cómo debería ser, cómo es…». El atardecer en la casa de Vientosur y su rostro, sus ojos: «Vivir y morir en nombre del espíritu…». El viento y la luz en la Colina de la Cumbre Pedregosa y su voz. Y lo demás, todo lo demás, todos los días, luces, vientos y años que habrían sido y que no serían, que debían ser y no eran porque había muerto. Abatido en la carretera, al viento, a los veintiuno. Con sus montañas sin coronar y para no coronarlas jamás.
Luz pensó que si el espíritu perduraba en el mundo, ahora se había ido hacia allá: al norte del valle que Lev había descubierto, a las montañas de las que le había hablado la noche anterior a la marcha sobre la Ciudad, a las que se había referido con tanta alegría y ternura. «Luz, son más altas de lo que puedes imaginar, más altas y más blancas. Miras hacia a lo alto, vuelves a mirar más arriba y aún hay cumbres por encima de las cumbres.»
Ahora estaba allá, no aquí. Luz contemplaba su propia soledad, aunque tuviera el rostro de Lev.
—Sigue adelante, Lev —susurró—. Sigue hacia las montañas, sube más y más…
¿Adónde iré yo? ¿Adónde iré yo, que estoy sola?
Sin Lev, sin la madre que no llegué a conocer y el padre que ya no podré conocer, sin mi casa y mi Ciudad, sin amigos… Oh, sí, amigos, sí, Vera, Vientosur, Andre, los demás, toda la gente amable, pero no son los míos. Sólo Lev, sólo Lev lo era y no podía quedarse, no quiso esperar, tenía que coronar su montaña y postergar la vida. Él era mi destino, mi suerte. Y yo la suya. Pero no quiso verlo, no pudo detenerse a mirar. Lo arrojó todo por la borda.
Por eso ahora me detengo aquí, entre los valles, bajo los árboles, y tengo que mirar. Lo que veo es a Lev muerto y perdida su esperanza; a mi padre convertido en asesino y desquiciado; y a mí misma, traidora a la Ciudad y forastera en el Arrabal.
¿Queda algo?
Queda el resto del mundo. Este río, las colinas y la luz sobre la bahía. Queda el resto de este mundo vivo y silencioso, pero sin gente. Y yo estoy sola.
Mientras bajaba por la colina, Luz vio que Andre salía de casa de Vientosur y se detenía en la puerta a hablar con Vera. Se llamaron a través de los campos en barbecho y Andre la esperó en el recodo del sendero que conducía al Arrabal.
—Luz, ¿dónde estabas? —preguntó con su estilo preocupado y tímido.
A diferencia de los otros, Andre nunca intentaba incluirla; simplemente, estaba presente, confiable. Desde la muerte de Lev no había tenido alegrías, sino muchas preocupaciones. Ahora la esperaba, fuerte y cargado de hombros, agobiado, paciente.