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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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No. Ésas eran las marionetas, pequeñas y brillantes marionetas mentales. No existía ningún otro sitio, sólo el aquí: las patatas, el barro, la suave voz de Vientosur, la cara hinchada y amoratada de Vera, el crujir del jergón en el desván de esta choza del Arrabal en la negra oscuridad y la quietud de la noche. Era extraño, todo estaba mal, pero era lo único que quedaba.

Vera se recuperaba. Joya, la médica, dijo que estaban superadas las consecuencias de la conmoción cerebral; como mínimo, Vera debía pasar una semana más en cama, pero se pondría bien. La mujer mayor dijo que quería hacer algo. Vientosur le dio para hilar una gran cesta con algodón recogido en los árboles silvestres del Valle Rojo.

Elia apareció en la puerta. Las tres mujeres acababan de cenar. Vientosur fregaba los platos, Luz quitaba la mesa y Vera estaba recostada sobre los cojines, anudando una hebra de arranque en el huso. Elia se veía limpio, como las patatitas, pensó Luz, con su cara redonda y firme y sus ojos azules. Su voz sonó inesperadamente grave, pero muy delicada. Se sentó ante la mesa vacía y habló, básicamente con Vera.

—Todo va bien —le dijo—. Todo se resolverá.

Vera apenas pronunció palabra. Aunque el lado izquierdo de su cara aún estaba deformado y magullado en los puntos en que había recibido patadas o porrazos, lo inclinaba hacia delante para oír. Tenía perforado el tímpano derecho. Se irguió apoyada en los cojines, hizo girar el huso y asintió a medida que Elia hablaba. Luz no hizo mucho caso de lo que el hombre decía. Andre ya lo había contado: los rehenes fueron liberados, se establecieron los términos de cooperación entre la Ciudad y el Arrabal y se llegó a un intercambio más justo de herramientas y pescado seco con respecto a los alimentos proporcionados por el Arrabal; ahora estaban analizando un plan para la colonización compartida del Valle del Sur: grupos de trabajo de la Ciudad explorarían el terreno y luego colonos voluntarios del Arrabal se trasladarían a esas tierras para cultivarlas.

—¿Y la colonia del norte? —preguntó Vera con su voz calma y aguda.

Elia se miró las manos y finalmente respondió:

—Fue un sueño.

—Elia, ¿sólo fue un sueño?

El tono de voz de Vera había cambiado. Luz aguzó el oído mientras guardaba los cuencos.

—No —dijo el hombre—. ¡No! Pero hubo demasiadas cosas, demasiado pronto…, demasiado rápido. Vera, demasiadas cosas se pusieron irreflexivamente en juego mediante un acto de abierto desafío.

—¿Habría sido mejor un desafío encubierto?

—No, pero la confrontación fue un error. La cooperación, hablar juntos…, los razonamientos…, la razón. Se lo dije a Lev… En todo momento intenté expresar… —Luz notó que los ojos azules de Elia se habían llenado de lágrimas. Guardó los cuencos en el aparador y se sentó junto al hogar—. El Concejal Marquez es un hombre razonable. Si hubiera sido Jefe de la Junta… —Elia se contuvo y Vera permaneció en silencio.

—Andre dice que ahora usted prácticamente sólo habla con Marquez —intervino Luz—. ¿Es el Jefe de la Junta?

—Sí.

—¿Mi padre está en la cárcel?

—Bajo arresto domiciliario; lo llaman así —replicó Elia con suma incomodidad.

Luz asintió y notó que Vera los miraba fijamente.

—¿Don Luis sigue vivo? Pensé… ¿Por qué está arrestado?

La incomodidad de Elia resultaba dolorosa. Luz respondió:

—Por matar a Herman Macmilan.

Vera seguía con la mirada fija y los latidos de su corazón palpitaban en su sien hinchada.

—Yo no lo vi —añadió Luz con voz seca y serena—. Estaba atrás, con Vientosur. Andre se encontraba delante, con Lev y Elia; lo vio todo y me lo contó. Fue después que Macmilan disparara a Lev. Antes que cualquiera de nosotros se diera cuenta de lo que ocurría. Los hombres de Macmilan empezaban a dispararnos. Mi padre arrancó el mosquete de manos de un hombre y lo usó como una porra. Andre dice que no disparó. Supongo que fue difícil averiguarlo después del combate y que la gente se pisoteara, pero Andre dijo que ellos pensaron que el golpe mató a Macmilan. Sea como fuere, ya estaba muerto cuando regresaron.

—Yo también lo vi —reconoció Elia con voz poco clara—. Fue…, supongo que fue eso…, supongo que fue eso lo que impidió que algunos hombres de la Ciudad dispararan, estaban confundidos…

—En ningún momento se dio la orden —acotó Luz—. Los caminantes tuvieron tiempo de avanzar sobre ellos. Andre opina que si mi padre no se hubiera puesto en contra de Macmilan, no habría habido combate. Ellos habrían disparado y los caminantes se habrían dispersado.

—Tampoco habríamos traicionado nuestros principios —intervino Vientosur con voz clara y firme—. Es posible que los hombres de la Ciudad no hubieran disparado en defensa propia si no nos hubiéramos abalanzado sobre ellos.

—¿Y entonces sólo Lev habría muerto? —preguntó Luz con tono igualmente claro—. Vientosur, Macmilan habría dado la orden de disparar. Él lo empezó todo. Si los caminantes se hubieran dispersado antes, tal vez no habrían muerto tantos. Y ningún hombre de la Ciudad habría perdido la vida a golpes. Vuestros principios seguirían incólumes. Pero Lev estaría muerto y Macmilan seguiría vivo.

Elia la contemplaba con una expresión que Luz nunca le había visto; no atinaba a darle significado: tal vez era aborrecimiento…, o miedo.

—¿Por qué? —preguntó Vera con un susurro lastimero y seco.

—¡No lo sé! —exclamó Luz y como se sentía tan aliviada por hablar de esas cosas, por mencionarlas en lugar de encubrirlas y asegurar que todo estaba bien, rió—. ¿Comprendo acaso lo que mi padre hace, piensa o es? Tal vez se volvió loco. Eso le dijo el viejo Marquez a Andre la semana pasada. Sé que si hubiera estado en su lugar, yo también habría matado a Macmilan. Pero eso no explica por qué él lo hizo. No existe explicación. Lo más fácil es decir que se volvió loco. Vientosur, ésa es la problema de tus ideas, de tu gente. Todo es verdad, correcto y válido, la violencia no logra nada, el asesinato no logra nada…, pero a veces nada es lo que la gente quiere. Lo que quieren es la muerte. Y la consiguen.

Se hizo el silencio.

—El Concejal Falco captó el desatino del acto de Macmilan —agregó Elia—. Intentaba impedir…

—No, nada de eso —insistió Luz—. No intentaba impedir más disparos, más muertes, ni estaba de vuestro lado. Senhor Elia, ¿no tiene en la cabeza algo más que la razón? Mi padre mató a Macmilan por la misma «razón» por la que Lev desafió a hombres armados y acabó muerto. Porque era un hombre y eso es lo que hacen los hombres. Las razones llegan más tarde.

Elia tenía las manos cruzadas; estaba tan pálido que sus ojos azules destacaban anormalmente. Miró a Luz a la cara y preguntó con amabilidad:

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