El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
—En ninguna parte —respondió verazmente—. He estado caminando, pensando. Andre, quiero preguntarte algo. Nunca lo planteo delante de Vera porque no deseo alterarla. ¿Qué sucederá ahora entre la Ciudad y el Arrabal? No sé lo suficiente para entender lo que dice Elia. ¿Todo seguirá…, como antes?
Después de una prolongada pausa, Andre asintió. Su rostro oscuro, con las mejillas salientes como madera tallada, estaba tenso.
—O empeorará —habló. Deseoso de ser ecuánime con Elia, añadió—: Algunas cosas han mejorado. El acuerdo comercial…, si lo cumplen. Y la expansión hacia el Valle del Sur. No habrá trabajos forzados, «propiedades» ni ninguna de esas cosas. Soy optimista en este aspecto. Es posible que, para variar, trabajemos codo a codo.
—¿Irás?
—No lo sé. Supongo que sí. Debería ir.
—¿Y la colonia del norte, el valle y las montañas que ustedes descubrieron? —Andre la miró y meneó la cabeza—. ¿No hay ninguna posibilidad?
—Sólo si nos trasladáramos como servidumbre de la Ciudad.
—¿Marquez no acepta que ustedes vayan solos, sin gente de la Ciudad? —Andre volvió a negar con la cabeza—. ¿Qué ocurriría si ustedes se fueran pase lo que pase?
—¿Con qué crees que sueño todas las noches? —preguntó y por primera vez su tono fue ácido—. Sueño con el valle del norte después de estar con Elia, Joya, Sam, Marquez y la Junta hablando de hacer transacciones, cooperar, ser razonables. Pero si nos fuéramos nos seguirían.
—Vayan a donde no puedan seguirlos.
—¿Adónde? —preguntó Andre, recobrado su tono paciente, sardónico y triste.
—¡A cualquier parte! Más al este, entre los bosques. O al sudeste. O al sur, costa abajo, más allá de donde van los pescadores… ¡Tienen que existir otras bahías, otros emplazamientos! Éste es todo un continente, un mundo completo. ¿Por qué tenemos que seguir aquí, amontonados, destrozándonos los unos a los otros? Tú, Lev y los demás han estado en la inmensidad, sabes cómo es…
—Sí, lo sé.
—Pero regresaron. ¿Por qué regresaron? ¿Por qué la gente no puede irse, unos pocos a la vez, irse simplemente, por la noche, y seguir adelante? Tal vez unos pocos podrían formar una avanzadilla y crear escalas con provisiones. Pero no pueden dejar huellas, ninguna. Se van y ya está. ¡Lejos! Y cuando hayan recorrido cien, quinientos o mil kilómetros, cuando encuentren un buen sitio, hacen un alto en el camino y crean una colonia. Un lugar nuevo. Solos.
—No es posible… Luz, eso divide a la comunidad —explicó Andre—. Sería como… huir.
—¡Vaya! —exclamó Luz y sus ojos ardieron de furia—. ¡Huir! ¡Caes en la trampa de Marquez en el Valle del Sur y a eso lo llamas una situación firme! Hablas de elección y de libertad… El mundo, el mundo entero está para que lo vivas y seas libre, ¡pero lo otro sería huir! ¿De qué? ¿Hacia qué? Tal vez no podemos ser libres, quizás la gente siempre va consigo, pero al menos puede intentarlo. ¿Para qué sirvió vuestra Larga Marcha? ¿Qué te hace pensar que alguna vez concluyó?
11
Vera pretendía permanecer despierta para despedirlos, pero se había dormido junto al fuego y la suave llamada a la puerta no la despertó. Luz y Vientosur se miraron y ésta meneó la cabeza. Luz se arrodilló y deprisa, procurando hacer el menor ruido posible, depositó un trozo de turba detrás de las brasas para que la casa se mantuviera caldeada durante la noche. Estorbada por el grueso abrigo y la mochila, Vientosur se agachó y rozó la cabellera gris de Vera con los labios. Luego miró la casa —una mirada apresurada y perpleja— y salió. Luz la siguió.
Era una noche nublada, pero seca y muy oscura. El frío arrancó a Luz del largo trance de la espera y contuvo el aliento. Había varias personas a su alrededor, un puñado de voces quedas en la oscuridad.
—¿Están las dos? Entonces, adelante.
Partieron rodeando la casa y atravesaron el patatal hacia la loma baja que se extendía detrás, al este. Cuando los ojos de Luz se adaptaron a la oscuridad, descubrió que a su lado caminaba Sasha, el padre de Lev. El hombre percibió su mirada en la negrura y preguntó:
—¿Qué tal la mochila?
—Está bien —respondió en un murmullo apenas audible.
No debían hablar, no debían producir el menor ruido, pensó Luz, todavía no, no hasta que salieran del asentamiento, hasta que superaran la última aldea y la última granja y cruzaran el Río Molino: un camino largo. Debían moverse deprisa, en silencio y sin detenerse. ¡Oh, Dios, Señor, por favor, que no nos detengan!
—La mía está fabricada con lingotes de hierro o con pecados no perdonados —susurró Sasha y siguieron adelante en silencio, una docena de sombras en la penumbra del mundo.
Aún era de noche cuando llegaron al Río Molino, pocos kilómetros al sur del punto donde se unía con el Songe. La canoa los esperaba y Andre y Grapa estaban junto a ella. Hari cruzó a remo a los seis primeros y a continuación a los otros seis. Luz iba en el segundo grupo. Al aproximarse a la orilla oriental, la sólida negrura del mundo nocturno se tornaba insustancial, un velo de luz difuminaba el entorno, la bruma se espesaba sobre el agua. Temblorosa, Luz pisó la orilla lejana. A solas en la canoa, que Andre y los otros habían vuelto a desatracar, Hari los despidió discretamente:
—¡Buena suerte, buena suerte! ¡Que la paz les acompañe!
La canoa se perdió en la bruma como un fantasma y los doce se quedaron en la arena espectral y difusa.
—Por aquí arriba —surgió la voz de Andre de la niebla y la palidez—. Nos están esperando para desayunar.
Formaban el último y más reducido de los tres grupos que partieron, uno por noche. Los otros esperaban más lejos, entre las escarpadas colinas del este del Molino, territorio que sólo hollaban los tramperos. En fila india, detrás de Andre y Grapa, abandonaron la orilla del río y partieron a tierras ignotas.
Llevaba horas y horas, paso tras paso, pensando que en cuanto hiciera un alto se dejaría caer sobre la tierra, el barro o la arena, se hundiría y no volvería a moverse hasta la mañana. Pero cuando hicieron un alto vio que Martin y Andre discutían en la primera fila y siguió adelante, paso tras paso, hasta alcanzarlos; ni siquiera entonces se hundió, sino que siguió de pie para oír lo que decían.
—Martin opina que la brújula no funciona correctamente —dijo Andre.
Con expresión vacilante, le ofreció el instrumento a Luz, como si de un vistazo ella fuera capaz de evaluar su precisión. Lo que Luz vio fue su delicadeza, la caja de madera lustrada, la anilla de oro, el cristal, la aguja frágil y bruñida que titubeaba entre los puntos delicadamente grabados: Es algo maravilloso, milagroso, improbable, pensó. Martin miraba la brújula desaprobadoramente y dijo:
—Estoy seguro que se desvía al este. En aquellas colinas debe haber masas de mineral de hierro que la desvían. —Inclinó la cabeza hacia el este.
Hacía un día y medio que avanzaban por un territorio extraño y cubierto de maleza que no ofrecía árboles anillados ni árboles del algodón, sino una broza rala y enmarañada que no superaba los dos metros de altura; no era bosque ni terreno abierto y casi nunca se divisaba una extensa panorámica. Pero sabían que hacia el este, a su izquierda, continuaba la hilera de elevadas colinas que por primera vez habían visto seis días atrás. Cada vez que coronaban una elevación de las tierras cubiertas de maleza veían el perfil rocoso y de color rojo oscuro de las cumbres.
—Bueno, ¿es muy importante? —preguntó Luz y oyó por primera vez su voz desde hacía muchas horas.
Andre se mordió el labro inferior. Parecía agotado y sus ojos estaban casi cerrados y exánimes.