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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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Gundersen encontró el vino y salió con la botella.

Cullen estaba recostado en el camastro, con el mentón sobre el pecho, los ojos cerrados y la respiración lenta, como si el largo monólogo le hubiese agotado. Gundersen no le molestó. Dejó el vino en el suelo y se alejó. Paseó durante más de una hora, meditabundo, pero no llegó a ninguna conclusión. Después regresó. Cullen no se había movido.

—¿Todavía duerme? —preguntó Gundersen a los sulidores.

—Es el sueño eterno —replicó uno de ellos.

14

La bruma se cerró, derramando joyas de escarcha que pendían de todos los árboles, de todas las chozas. Gundersen quemó el cuerpo consumido de Cullen a la orilla del lago plomizo, con una larga e impetuosa ráfaga de la antorcha de fusión, mientras los sulidores miraban mudos y solemnes. El terreno siseó ligeramente al acabar la cremación y la bruma se arremolinó desenfrenadamente a medida que el aire frío ocupaba la zona caliente producida con la antorcha. En la choza había unas pocas cosas de Cullen. Gundersen las revisó con la esperanza de encontrar un diario, una memoria, cualquier cosa que llevara la marca del alma y la personalidad de Cedric Cullen. Pero sólo halló algunas herramientas oxidadas, una caja de insectos y lagartijas muertos y ropa desteñida. Dejó todo donde lo encontró.

Los sulidores le invitaron a una cena fría. Le dejaron comer a solas, sentado en el camastro de madera. Cayó la noche y entró en la choza para dormir. Se-holomir y Yi-gartigok se apostaron como guardias ante la entrada, aunque él no se lo había pedido. Gundersen no les dijo nada. Se durmió enseguida.

Extrañamente, no soñó con el Cullen que acababa de morir sino con el Kurtz que aún vivía. Vio a Kurtz caminando por la región de las brumas, al Kurtz que aún no se había metamorfoseado hasta alcanzar su estado actuaclass="underline" inenarrablemente alto, pálido, los ojos ardientes en el cráneo abovedado, brillando con una extraña inteligencia. Kurtz llevaba un báculo de peregrino y avanzaba incansablemente hacia la bruma. Le acompañaba, aunque en realidad no iba con él, un cortejo de nildores, con los verdes cuerpos manchados de rojo brillante por el barro pigmentado; se detenían cada vez que Kurtz lo hacía y se arrodillaban a su lado; de vez en cuando, él los dejaba beber de una cantimplora en forma de tubo que llevaba. Cada vez que Kurtz ofrecía su cantimplora a los nildores, él, y no ellos, sufría una transformación. Sus labios se unían en un sello uniforme, su nariz se alargaba y sus ojos, los dedos de sus manos y los de sus pies y sus piernas cambiaban y volvían a cambiar. Gaseoso y móvil, Kurtz no guardaba la forma durante mucho tiempo. En una etapa del viaje, se convirtió en un sulidor en todos los sentidos salvo uno: su cabeza calva y abovedada coronaba el imponente cuerpo peludo. Después la piel desapareció, las garras se encogieron y adoptó otra forma, una cosa delgada y saltarina, rapaz y veloz, con codos de doble coyuntura y patas largas y espigadas. Se produjeron más cambios. Los nildores entonaron himnos de adoración, cantaron con cadencia gruesa y monótona de sonido opaco. Kurtz estaba gracioso. Hacía una reverencia, sonreía, saludaba. Ofrecía la cantimplora, que jamás era necesario volver a llenar. Ondeó por un ciclo tras otro de vertiginosa metamorfosis. De la mochila extrajo regalos que repartió entre los nildores: antorchas, navajas, libros, cubos de mensajes, computadoras, estatuas, órganos de color, mariposas, botellas de vino, sensores, módulos de transporte, instrumentos musicales, abalorios, viejos aguafuertes, medallones sagrados, cestas de flores, bombas, cohetes de señales, zapatos, llaves, juguetes, lanzas. Cada regalo producía suspiros y bufidos de placer y mugidos de gratitud de los nildores; retozaron a su alrededor, levantaron los nuevos tesoros con las trompas y se los mostraron entusiasmados. «¿Veis?», gritó Kurtz. «Soy vuestro benefactor. Soy vuestro amigo. Soy la resurrección y la vida.» En ese momento llegaron al lugar del renacimiento que, en el sueño de Gundersen, no era una montaña sino un abismo oscuro y profundo, en cuyo borde se reunieron y esperaron los nildores. Y Kurtz, sometido a tantas transformaciones que su cuerpo fluctuaba y variaba de un instante a otro —ora con cuernos o cubierto de escamas, ora ataviado con relumbrantes llamas—, avanzó mientras los nildores le aclamaban y le decían: «Éste es el lugar, el renacimiento te pertenecerá». Kurtz caminó hacia el abismo que lo envolvió en la noche absoluta. De lo más hondo del abismo llegó un único grito prolongado, un agudo gemido de terror y desesperación tan espantoso que despertó a Gundersen, quien durante horas permaneció sudoroso y temblando a la espera del amanecer.

Por la mañana, se colgó la mochila al hombro e hizo señales de partir. Se-holomir y Yi-gartigok se acercaron y uno de ellos preguntó:

—¿Adónde irás ahora?

—Al norte.

—¿Iremos contigo?

—Iré solo —respondió Gundersen.

Sería un viaje difícil, quizá peligroso pero no imposible. Tenía equipo de orientación, concentrados alimenticios, un suministro de energía y cosas por el estilo. Contaba con el vigor necesario. Sabía que las aldeas de sulidores que aparecieran por el camino le ofrecerían su hospitalidad si la necesitaba. Pero esperaba no necesitarla. Le habían escoltado durante gran parte del trayecto, primero Srin'gahar y después diversos sulidores; sentía que debía concluir la peregrinación sin guía.

Emprendió la marcha dos horas después del amanecer. Era un buen día para iniciar semejante empresa. El aire era estimulante, fresco y límpido y la bruma estaba alta: se sorprendió al poder ver bastante lejos en todas direcciones. Avanzó por el bosque de atrás de la aldea y salió a una colina elevada desde cuya cumbre pudo observar el paisaje. Vio una región escabrosa y tupidamente arbolada, interrumpida a menudo por ríos, corrientes de agua y lagos. Y también logró vislumbrar la cima de la montaña del renacimiento; un centinela dentado al norte. Ese pico sonrosado del horizonte parecía estar al alcance de la mano: bastaba con estirarse, con extender los dedos. Las grietas, los montecillos y las laderas que le separaban de su meta no significaban un desafío. Podía atravesarlos con unos brincos rápidos. Su cuerpo estaba deseoso de intentarlo: pulso constante, visión excepcionalmente aguda, piernas que se movían rítmica e infatigablemente. Presintió un ascenso interior del alma, una elevación contenida pero extática hacia la vida y el poder; los fantasmas que le habían acompañado durante tantos años se desvanecían; en aquella helada zona de bruma y nieve se sintió fortalecido, purificado, templado, dispuesto a aceptar lo que se debiera aceptar. Una energía extraña le recorrió. No le molestaban el enrarecimiento del aire, el frío ni la destemplanza de la región. Era una mañana excepcionalmente clara y la brillante luz del sol caía en cascadas a través de la elevada cobertura de niebla y daba un brillo de ensueño a los árboles y al terreno pelado. Avanzó incesantemente.

La bruma cayó a mediodía. La visibilidad se redujo hasta que Gundersen sólo vio a ocho o diez metros de distancia. Los árboles gigantescos se convirtieron en serios obstáculos: ahora sus raíces nudosas y sus apoyos retorcidos eran trampas para los pies incautos. Caminaba con cuidado. Entró en una región en la que grandes piedras de punta chata sobresalían en ángulo del suelo: eran losas lustrosas y resbaladizas a causa de la niebla que formaban escalones. Tuvo que avanzar reptando, tanteando a ciegas el camino y sin saber de qué altura sería la caída que probablemente encontraría al extremo de cada pedrejón. Saltar era un acto de fe; una de las caídas resultó ser de unos cuatro metros y cayó violentamente, por lo que durante quince minutos le hormiguearon los tobillos. Sintió que las primeras fatigas del día se extendían por sus muslos y rodillas. Pero el estado de éxtasis controlado, sobrio y jubiloso a la vez, seguía dominándole.

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