Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
Nate McDaniel había apoyado el registro porque Quentin se lo había pedido. Pero, en realidad, no esperaba encontrar nada.
Lo cual hizo aún más irónico que fuera él quien lo encontrara.
El registro preliminar de la habitación, que era espaciosa y diáfana, había sido rápido y sencillo. Y, como cabía esperar, no reveló nada. Así pues, a continuación llegó el momento de empezar a tocar las paredes de yeso y listones en busca de un espacio hueco. Nate y Quentin empezaron en el mismo punto y se movieron en direcciones opuestas, en torno a la habitación. Usaron los mangos de un par de destornilladores para hacer resonar mejor las paredes.
– ¿Creéis que cabrían unas cuantas sillas más aquí dentro? -preguntó Nate, exasperado, mientras se estiraba para salvar una silla de montar que pendía de un perchero colgado en la pared y casi tan alto como él.
– Es un cuarto de arreos -le recordó Quentin lacónicamente.
– Puede que haya una docena de caballos en este establo, y nunca he visto a ninguno llevar más de una silla a la vez. Y aquí debe de haber treinta sillas.
– Es fácil acumular arreos con los años -dijo Diana-. Sillas de distintos tamaños para caballos distintos, modas que cambian, las preferencias de los distintos jinetes… Además de arreos que se estropean o se rompen y nunca se reparan. Todos los cuartos de arreos que he visto se parecían mucho a éste.
Sorprendido, Quentin se detuvo para decir:
– No sé por qué, pero no esperaba que montaras a caballo.
– Oh, sí. -Ella no dio más explicaciones.
Él frunció ligeramente el entrecejo mientras la miraba. De pie en medio de la habitación, ella paseaba casi con indolencia la mirada de silla en silla, de las bridas a los ronzales y de éstos a las bandejas. Cualquiera que la viera habría pensado que estaba ligeramente aburrida, que prestaba escasa atención al registro que se desarrollaba a su alrededor, incluso que soñaba despierta.
Pero Quentin conocía aquella expresión. La había visto en muchas personas con facultades extrasensoriales en momentos de quietud: esa espera introspectiva, casi meditabunda. La suspensión, consciente sólo a medias, de los cinco sentidos corrientes para que los otros se dejaran oír.
Dado que Diana no había tenido entrenamiento de ningún tipo, Quentin no sabía si otra persona podría ayudarla a concentrarse o sólo serviría para distraerla. Arrojó mentalmente una moneda al aire.
– ¿Diana?
– ¿Hmm?
– ¿Qué oyes?
– Agua. Goteando.
– ¿Dónde?
– Debajo de nosotros.
Antes de que Quentin pudiera hacerle más preguntas, Nate rompió el silencio con una exclamación de indudable sorpresa.
– ¡Caramba!
Quentin se volvió y vio que el policía se las había ingeniado de algún modo para mover uno de los pesados percheros de pie, apartándolo casi medio metro, presumiblemente para llegar mejor a la pared de detrás. Pero no estaba mirando la pared. Estaba mirando el suelo.
– ¿Qué ocurre? -Quentin fue a reunirse con él.
– O yo estoy loco o estoy viendo el lateral de una trampilla.
– Bromeas.
– Echa un vistazo. -Nate se agachó apoyándose en una rodilla y con un dedo trazó la diáfana ranura que se veía en las aparentemente sólidas tablas del suelo-. Aquí. El borde estaba oculto por la base de ese perchero. Y me apuesto algo a que, si movemos ese otro perchero, veremos las bisagras.
Los dos percheros estaban colocados aparte, en un rincón de difícil acceso, cargados con varias sillas viejas y mantas de montar que olían a moho, y eso, más algunas telarañas, hacía evidente que no participaban del trasiego habitual de la habitación. Quizá llevaran años sin que nadie los tocara.
Diana se acercó a los dos hombres y observó en silencio mientras Quentin y Nate apartaban con cuidado los dos pesados percheros.
Era una trampilla. Las bisagras que habían estado escondidas por el segundo perchero eran de hierro pesado y viejo. No había asa, pero cuando Quentin introdujo un destornillador en la ranura, del otro lado de las bisagras, la puerta se levantó fácilmente.
Vieron los tres una abertura redondeada y tosca practicada en el suelo, bajo la trampilla, lo bastante grande para que cupiera por ella un hombre corpulento. Vieron la escalerilla de hierro macizo que, adosada aparentemente a la pared de granito, desaparecía en la oscuridad. Y los tres sintieron y olieron la oleada de aire gélido y húmedo que se elevó en cuanto la trampilla estuvo abierta.
– Agua -murmuró Diana-. Goteando.
Capítulo diez
– No sé qué está pasando -le dijo la señora Kincaid a Stephanie-, pero le aseguro que esa chica se trae algo entre manos, señorita Boyd.
Stephanie bebió otro sorbo de su café solo y fuerte y deseó que le hubieran dejado dormir una hora más esa mañana. Odiaba las mañanas por norma, y aquélla estaba resultando aun peor que de costumbre.
– ¿Qué espera usted que haga, señora Kincaid? -preguntó, manteniendo un tono de voz enérgico, pero afable-. Ellie Weeks no ha hecho nada malo. De momento, al menos. Desde luego, no ha hecho nada que merezca una advertencia por mi parte.
– Me hago cargo de ello, señorita Boyd -respondió la gobernanta con voz crispada-. Y, como encargada del personal de limpieza, es desde luego mi deber hacer tales advertencias. Simplemente he creído que era preferible tenerla informada.
«¿Informada de qué?», quiso preguntar Stephanie. Pero no lo hizo. Por el contrario, añadió:
– Se lo agradezco, señora Kincaid. Y confío en que seguirá haciéndolo.
– Desde luego.
Stephanie asintió con una inclinación de cabeza.
– Estupendo. Yo quería informarle de que la policía ha pedido revisar los papeles viejos y los documentos históricos almacenados en el sótano, e inspeccionar lo que haya en el desván, así que no se alarme si se encuentra a algún policía o al agente Hayes en zonas del hotel normalmente vedadas a los huéspedes.
La gobernanta arrugó el ceño.
– ¿El desván?
– ¿Hay algún problema?
– No sé qué esperan encontrar en el desván.
– Yo tampoco, pero dado que están investigando la muerte de un niño aquí, en El Refugio, no quiero declarar ninguna zona fuera de los límites de sus pesquisas, como es lógico.
– No, por supuesto que no. -Pero la gobernanta siguió con el ceño fruncido-. Espero que les recuerde, señorita Boyd, que tanto el desván como el sótano son simples almacenes y que, como tales, no se limpian ni se airean regularmente.
Era asombroso, pensó Stephanie, lo celosas que algunas personas se volvían de sus dominios. Primero Cullen Ruppe, en los establos, se resistía a que registraran su cuarto de arreos, y ahora la señora Kincaid se preocupaba por su reputación debido a que había polvo en el desván y el sótano.
Intentando no parecer condescendiente en lugar de tranquilizadora, Stephanie dijo:
– Estoy segura de que lo entenderán, señora Kincaid.
– Eso espero, señorita Boyd. -Poniéndose en pie, la gobernanta se volvió hacia la puerta; luego se detuvo y miró a Stephanie, sentada detrás de su amplia mesa. En una rara muestra de locuacidad, agregó-: Yo llevo aquí mucho tiempo, ¿sabe usted? Más que nadie del personal. Y mi madre trabajó aquí antes que yo, como gobernanta.
– No lo sabía -dijo Stephanie, sorprendida.
La señora Kincaid asintió con la cabeza.
– Ese agente Hayes… estuvo aquí de niño, con sus padres. Hace veinticinco años. Me acuerdo de él.
Dado que la gobernanta rara vez tenía contacto directo con los huéspedes, Stephanie se sorprendió aún más.
– ¿Después de tantos años?
Con otro asentimiento, la señora Kincaid dijo:
– Ése fue un mal verano, y es poco probable que llegue a olvidarlo alguna vez. Una de nuestras camareras tenía una niña pequeña que fue asesinada. La policía nunca descubrió quién la mató. -Hizo una pausa y luego añadió-: Era amigo suyo. El agente Hayes. Decían que fue la última persona en ver con vida a la pobrecilla Missy. Aparte del asesino, claro está.