El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– ¿Va a ir Turner? -preguntó Olivia.
Miranda quiso agradecerle mil veces a su amiga el haber preguntado lo que ella no se atrevía a expresar.
– Más vale que lo haga. Ha logrado escaparse de las obligaciones familiares durante demasiado tiempo -dijo Lady Rudland con inusual dureza-. Si no lo hace, tendrá que responder ante mí.
– Cielos -dijo Olivia impasible-. Qué idea tan terrible.
– No sé qué le pasa a ese chico -dijo Lady Rudland con un movimiento de cabeza-. Es casi como si nos estuviese evitando.
No, pensó Miranda con una sonrisa triste, sólo a mí.
Turner daba golpecitos impacientes con el pie mientras esperaba a que su familia bajase. Por decimoquinta vez esa mañana, se encontró deseando parecerse más al resto de hombres de la alta sociedad, muchos de los cuáles ignoraban a sus madres o las trataban como fragmentos de pelusas. Pero de alguna forma, su madre había logrado que accediese a aquella condenada fiesta de fin de semana en casa, a la cuál, por supuesto, Miranda también iría.
Era un idiota. Ese día estaba consiguiendo que el hecho se volviese cada vez más claro.
Un idiota que aparentemente había ofendido al destino, porque tan pronto como su madre llegó al vestíbulo, dijo:
– Vas a tener que ir con Miranda.
Aparentemente los dioses tenían un morboso sentido del humor.
Se aclaró la garganta.
– ¿Crees que es buena idea, madre?
Ella le dirigió una mirada de impaciencia.
– No vas a seducir a la chica, ¿verdad?
¡Maldita fuese!
– Claro que no. Es sólo que hay que tener en cuenta su reputación. ¿Qué dirá la gente cuando nos vean llegar en el mismo carruaje? Todo el mundo sabrá que hemos pasado varias horas a solas.
– Todo el mundo piensa en vosotros como si fueseis hermano y hermana. Nos encontraremos a una milla de Chester Park y nos cambiarás, y así llegarás con tu padre. No habrá ningún problema. Además, tu padre y yo necesitamos hablar a solas con Olivia.
– ¿Qué ha hecho ahora?
– Aparentemente llamó tonta a Georgiana Elster.
– Georgiana Elster es una tonta.
– ¡A la cara, Turner! Se lo dijo a la cara.
– Falta de juicio por su parte pero nada que requiera una regañina de dos horas, en mi opinión.
– Eso no es todo.
Turner suspiró. Su madre estaba decidida. Dos horas a solas con Miranda. ¿Qué había hecho para merecer aquella tortura?
– Llamó a Sir Robert Kent “armiño demasiado grande”.
– A la cara, supongo.
Lady Rudland asintió.
– ¿Qué es un armiño?
– No tengo la menor idea, pero supongo que no es un cumplido.
– Un armiño es una comadreja, creo -dijo Miranda mientras entraba en el vestíbulo con un vestido de viaje azul crema. Les sonrió a los dos, irritantemente compuesta.
– Buenos días, Miranda -dijo Lady Rudland enérgicamente-. Vas a ir con Turner.
– ¿En serio? -casi se ahogó con sus propias palabras y tuvo que encubrirlo con algo de tos. Turner encontró una bastante juvenil satisfacción en ello.
– Sí. Lord Rudland y yo necesitamos hablar con Olivia. Ha estado diciendo algunas cosas bastante inapropiadas en público.
Se escuchó un gemido desde las escaleras. Tres cabezas giraron alrededor para mirar a Olivia mientras bajaba.
– ¿Es realmente necesario, mamá? No pretendía hacer daño. Nunca habría llamado bruja miserable a Lady Finchcoombre si hubiese sabido que se iba a vengar.
La sangre abandonó la cara de Lady Rudland.
– ¿Llamaste a Lady Finchcoombre una qué miserable?
– ¿No lo sabías? -preguntó débilmente Olivia.
– Turner, Miranda, os sugiero que os vayáis ya. Nos vemos en un par de horas.
Se alejaron en silencio hasta el carruaje que los esperaba, y Turner sostuvo la mano en alto para ayudar a Miranda mientras subía. Los dedos enguantados de ella parecían eléctricos sobre los de él, pero ella no debía de haber sentido lo mismo, puesto que sonó singularmente inmutable cuando musitó:
– Espero que mi presencia no sea una prueba demasiado dura para usted, milord.
La respuesta de Turner fue una mezcla entre gruñido y suspiro.
– Yo no lo planeé, ¿sabes?
Se sentó frente a ella.
– Lo sé.
– No tenía ni idea de que… -ella levantó la vista-. ¿Lo sabes?
– Lo sé. Madre estaba bastante resuelta a pillar a Olivia a solas.
– Oh. Gracias por creerme, entonces.
Él dejó salir el aire contenido, mirando por la ventana durante un momento mientras el carruaje se ponía en marcha.
– Miranda, no creo que seas ningún tipo de mentirosa empedernida.
– No, claro que no -dijo ella con rapidez-. Pero parecías bastante furioso cuando me ayudaste a subir al carruaje.
– Estaba furioso con el destino, Miranda, no contigo.
– Vaya mejora -dijo ella fríamente-. Bueno, si me disculpas, he traído un libro. -Se retorció de forma que la mayor parte posible de su espalda estuviese de cara a él y comenzó a leer.
Turner esperó alrededor de treinta segundos antes de preguntar.
– ¿Qué es eso que estás leyendo?
Miranda se quedó helada, luego se movió lentamente, como si estuviese completando la más odiosa de las tareas. Levantó el libro.
– Esquilo.
– Qué deprimente.
– Igual que mi humor.
– Oh querida, ¿eso fue un dardo envenenado?
– No seas condescendiente, Turner. En estas circunstancias, es poco apropiado.
Él alzó las cejas.
– ¿Y qué significa eso exactamente?
– Significa que después de todo lo que ha… eh… ocurrido entre nosotros, tu actitud de superioridad ya no está justificada.
– ¡Caramba!, esa sí que fue una frase larga.
Miranda dejó que su mirara respondiese por ella. Aquella vez, cuando volvió a coger el libro, se cubrió enteramente la cara.
Turner se rió entre dientes y se inclinó hacia detrás, sorprendido por lo mucho que se estaba divirtiendo. Las más calladas eran siempre las más interesantes. Miranda quizás nunca eligiese por sí misma colocarse en el centro de atención, pero podía defenderse en una conversación con inteligencia y estilo. Hacerla picar el anzuelo era altamente divertido. Y no se sentía culpable en lo más mínimo por ello. A pesar de su malhumorada forma de actuar, Turner no tenía dudas de que ella disfrutaba de cada onza de sus enfrentamientos verbales tanto como él.
Quizás aquel viaje no fuese tan terrible. Sólo tenía que asegurarse de mantenerla ocupada en aquella clase de divertida conversación y no mirarle la boca demasiado tiempo.
Le gustaba mucho su boca.
Pero no iba a pensar en eso. Iba a reanudar la charla e intentar disfrutar igual que lo hacía antes de que se hubiesen visto envueltos en todo aquel lío. Añoraba bastante la vieja amistad con Miranda, y supuso que ya que iban a estar atrapados juntos en aquel carruaje durante dos horas, bien podría ver qué podía hacer para arreglar las cosas.
– ¿Qué estás leyendo? -preguntó.
Ella levantó la vista, irritada.
– Esquilo. ¿No me lo preguntaste ya?
– Quería decir, qué libro de Esquilo -improvisó él.
Para su diversión, ella tuvo que bajar la vista al libro antes de contestar:
– Las Euménides.
Él parpadeó.
– ¿No te gusta?
– ¿Todas esas mujeres furiosas? No creo. Dame una buena historia de aventuras un día cualquiera.
– Me gustan las mujeres furiosas.