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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Mientras caminaba encorvado de árbol en árbol, trataba de elaborar un plan, pero en el momento en que llegó a la linde del bosque había considerado y descartado al menos diez. Todo dependía de si los trollocs se hallaban en la casa o no. Si se habían ido, no tenía más que entrar y recoger lo que necesitaba.

Si todavía estaban allí… En ese caso, no le quedaba más alternativa que regresar junto a Tam. No le agradaba, pero a Tam no le serviría de nada que se prestara a una situación de la que no saldría vivo.

Miró con atención las edificaciones de la granja. El corral y el aprisco eran sólo unas sombras oscuras a la luz de la luna. Sin embargo, de las ventanas delanteras de la casa y de la puerta abierta salía luz. «Sólo son las velas que ha encendido Tam… ¿Serán los trollocs que esperan dentro?»

Al oír el agudo grito de una lechuza dio un salto presa del pánico; luego, aún convulsionado y temblando, se apoyó en el tronco de un árbol. Se tumbó sobre el vientre y, con la espada aferrada con torpeza ante sí, comenzó a arrastrarse. Mantuvo la barbilla hundida en la tierra hasta el redil de las ovejas.

Agazapado junto a la pared de piedra, aguzó el oído. Ningún sonido perturbaba la calma nocturna. Se irguió con precaución lo bastante para asomarse por encima de la pared. En el patio reinaba una quietud absoluta y la luz de las ventanas y la puerta de la casa no proyectaban ninguna sombra. El corral estaba a oscuras. «Primero Bela y el carro, o las mantas y lo demás». Fue la luz lo que lo decidió. El establo estaba oscuro. Dentro podía haber cualquier cosa al acecho y no existía manera de averiguarlo sin correr peligro. Al menos podría ver qué había en el interior de la casa.

Cuando se disponía a acurrucarse de nuevo, se paró de golpe. No se oía nada. Tal vez la mayoría de las ovejas habían recobrado la calma y se habían dormido de nuevo, aunque no era del todo probable, ya que algunas permanecían siempre despiertas hasta la media noche y de vez en cuando balaban y se agitaban. Distinguía confusamente las borrosas formas de los animales en el suelo. Uno de ellos yacía casi debajo de él.

Procuró no hacer ruido y se alzó en la pared a una altura en que podía alargar la mano hasta el oscuro bulto. Sus dedos tocaron la lana rizada y después algo húmedo. Se quedó sin aliento al retroceder y casi se le cayó la espada al saltar al suelo, fuera del aprisco. «Matan por el mero placer de matar». Lleno de aprensión, se frotó la mano con tierra para quitarse aquella humedad.

Resuelto, se dijo a sí mismo que nada había cambiado. Los trollocs habían realizado la matanza y se habían ido. Lo repitió una y otra vez con la mente mientras atravesaba el patio, sin despegarse del suelo, pero intentando avizorarlo todo. Nunca había pensado que pudiera llegar a envidiar a una lombriz.

Se apostó a escuchar al lado de la casa, bajo la ventana de cristales rotos. El apresurado fluir de la sangre en sus sienes era el sonido más alto que captó. Se enderezó poco a poco y se asomó para examinar el interior.

La olla estaba tirada boca abajo sobre las cenizas del hogar. La habitación se hallaba repleta de madera astillada; no había quedado ni un solo mueble entero. Hasta la mesa se encontraba postrada en un rincón, con dos patas amputadas. Habían arrancado y aplastado todos los cajones y todos los armarios estaban abiertos y muchas de sus puertas colgaban de una sola bisagra. Lo que éstos contenían yacía desparramado entre sus restos y todo el conjunto estaba cubierto por un polvo blanquecino que, al parecer, se trataba de harina y sal, a juzgar por los sacos acuchillados derribados junto a la chimenea. Cuatro cadáveres retorcidos se sumaban a la confusión entre los restos del mobiliario. Eran trollocs.

Rand reconoció a uno de ellos por su cornamenta de carnero. Los demás eran muy similares, a pesar de las diferencias en aquella repulsiva mezcla de rostros humanos desfigurados por hocicos, cuernos, plumas y pelaje. Sus manos, casi como las de un hombre, contribuían a incrementar la repugnancia producida por su aspecto. Dos de ellos llevaban botas y el resto mostraba sus pezuñas. Rand permaneció con la vista clavada en ellos hasta que le escocieron los ojos. Ninguno de los trollocs se había movido. Por fuerza tenían que estar muertos; y Tam lo esperaba.

Cruzó a toda prisa el umbral pero enseguida se detuvo, pues sintió náuseas a causa de la pestilencia, cuyo símil sólo podía encontrarse en un corral que no se hubiera limpiado durante meses. El hedor parecía impregnar las paredes. Trató de respirar por la boca y se dispuso a rebuscar aprisa en el revoltijo del suelo. En uno de los armarios había habido una cantimplora.

Un escalofrío le recorrió la médula al percibir un sonido rasposo tras de sí. Estuvo a punto de caer sobre los restos de la mesa. Emitió un gruñido que atravesó unos dientes que habrían castañeado si no hubiese tenido la boca comprimida hasta el punto de dolerle la mandíbula.

Uno de los trollocs estaba levantándose. Un hocico de lobo sobresalía bajo los ojos hundidos, uno ojos humanos que, sin embargo, no expresaban ninguna emoción. Las orejas, puntiagudas y peludas, se movían sin cesar. Llevaba la misma cota de malla que los otros y unos pantalones de cuero. Prendida al cinto, colgaba una de esas enormes espadas curvadas como guadañas.

Murmuró algo gutural disonante, y luego dijo:

—Otros irse. Narg quedarse. Narg listo. —Las palabras, confusas y apenas inteligibles, salían de una boca que no había sido creada para un idioma humano. Su tono aparentaba ser conciliador, pensó, pero no podía apartar la vista de sus sucios dientes, largos y afilados, que la criatura mostraba al hablar—. Narg saber algunos volver a veces. Narg esperar. No necesitar espada. Poner espada en el suelo.

Hasta que no la mencionó el trolloc, Rand no había reparado en que empuñaba ante sí la espada de Tam con las dos manos, la punta encarada hacia el descomunal espécimen. Rand, con su considerable estatura, no llegaba a la altura de sus hombros, y el pecho y los brazos de maese Luhhan hubieran resultado escuálidos en comparación con los de aquella criatura.

—Narg no herir. —Avanzó un paso, gesticulando—. Tú bajar espada. El oscuro pelo del dorso de su mano era espeso, como el pelaje de un animal.

—No te acerques —dijo Rand, deseando poder imprimir más firmeza a su voz—. ¿Por qué habéis hecho esto? ¿Por qué?

—¡Veja daeg roghda! —Su mueca se convirtió pronto en una sonrisa presuntamente tranquilizadora, que no contaba con los dientes que mostraba—. Bajar espada. Narg no herir. Myrddraal querer hablar contigo. —Un asomo de emoción cruzó su horrible semblante. Era miedo—. Los otros volver, tú hablar con Myrddraal. —Dio otro paso, con una de sus grandes manos apoyada en la empuñadura de la espada—. Bajar espada.

Rand se mordió los labios. ¡Myrddraal! La peor de las historias había cobrado realidad aquella noche. Hasta un trolloc era inofensivo al lado de un Fado. Tenía que marcharse. No obstante, si el trolloc desenvainaba su pesada arma, no le quedaba alternativa. Intentó esbozar una sonrisa.

—De acuerdo. —Aferró un puño en la espada y bajó los brazos—. Hablaré con él.

La lobuna sonrisa se convirtió en un bufido y el trolloc se abalanzó sobre él. Rand no había imaginado que algo tan grande pudiera moverse con tal velocidad. Alzó la espada con gesto desesperado… El monstruoso cuerpo se abatió sobre él y lo aplastó contra la pared. Una bocanada lo dejó sin resuello. Forcejeaba para poder respirar cuando cayeron al suelo. El trolloc estaba encima. Se debatía con frenesí bajo aquel peso aplastante, tratando de zafarse de las enormes manos que lo buscaban a tientas y de las mandíbulas que mordían el aire.

De pronto, la criatura tuvo una convulsión y luego se quedó inmóvil. Molido y magullado, medio ahogado por el peso, Rand permaneció un instante tendido allí, presa de estupor. Sin embargo pronto recuperó suficientes arrestos para escabullirse bajo el cadáver. Y, ciertamente, lo era. La ensangrentada hoja de la espada de Tam asomaba la punta en el centro de la espada del trolloc. Después de todo, la había levantado a tiempo. La sangre cubría también las manos de Rand y formaba una mancha negruzca en la parte delantera de su camisa. Se le revolvió el estómago y hubo de hacer esfuerzos para no vomitar. Temblaba con tanta furia como si experimentase el momento de mayor terror, pero aquélla era una sensación de alivio, al comprobar que todavía seguía con vida.

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