Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué siempre tienes que complicarlo todo tanto? -se quejó Balilty-. Se trata de una mujer. Es muy sencillo. Yo la he visto. Es joven, una profesional de éxito, guapa, agradable, saludable… todo lo que se podría desear. Si quieres un hijo, pues ten un hijo. ¿Por qué tiene el hijo con otro y tú te buscas a una niña en la calle? ¿Cómo te las arreglas para complicar tanto la situación? Podrías haber tenido… a la mujer que quisieras. Las vuelves locas a todas. ¿Por qué tiene que ser así?
Michael bajó los ojos.
– Buena pregunta -dijo al cabo.
– No se lo contaré a nadie -prometió Balilty, y se llevó la mano al corazón-. Nadie oirá nada de mis labios -declaró solemnemente-, pero es imposible mantener en secreto algo así durante mucho tiempo. Y además sabes tan bien como yo que no puedes criar tú solo a una niña. Perdona que te lo diga.
– ¿Por qué no? -le retó Michael, y se apretó con la mano el nudo del estómago.
Los claros ojillos de Balilty se abrieron de par en par, reflejaban una mezcla de sorpresa y de lástima.
– Porque desde el instante en que te asignen un caso -dijo sin rodeos-, sea cual sea, no te quedará ni un minuto libre, estarás a disposición de la policía veinticuatro horas al día. Y criar a una niña, como muy bien sabes, es un trabajo de jornada completa. ¿No lo sabemos los dos? ¿No has criado a Yuval? ¿No recordamos cuánto tenía que esperarte y esperarte?
– Puede que ahora sea diferente -masculló Michael.
Balilty suspiró.
– Está todo al revés. Al revés de como debería estar.
Michael sintió un escalofrío. La conversación lo asustaba porque no había esperado algo así. No veía en Balilty el menor rastro de burla, habría preferido que se burlase de él.
– A nuestra edad -reflexionó Balilty en voz alta a la vez que partía un palillo con los dedos- hemos aprendido que la manera de actuar de la mayoría de la gente no es absurda. O sea, que a veces el camino sencillo y convencional es el más lógico. Y es justo al revés; es decir, primero te enamoras de una mujer, encuentras a una mujer adecuada, y luego tienes un hijo y lo crías. Ése es el orden correcto. Es lógico. Así es como funciona el mundo, y no le falta lógica, y tú lo sabes.
Michael se mordió los labios y asintió.
– Bueno, ya veremos, ya veremos qué sucede -le dijo al aire, y miró por la ventana abierta, escuchó el canto de los pájaros y el bordoneo de las moscas, aspiró el aroma del otoño.
– ¿Cómo lo lleva la chica? El asunto de su padre -preguntó Balilty en tono impersonal.
Michael abrió los brazos.
– No muy bien, pero nunca se sabe.
– Están muy unidos, los hermanos y ella -dijo Balilty, y sacó una gran fotografía en color del cajón de su mesa-. Éste es el cuadro. ¿Lo habías visto? Mira. Es una fotografía que Van Gelden recibió de un museo holandés que había enviado a un experto a fotografiarlo. Nos costó horas dar con ella, estaba entre un montón de fotografías en medio del revoltijo que quedó hecha la casa.
La calavera relumbraba bajo una luz dorada, sobre un rimero de libros. En el extremo inferior derecho había una pequeña flauta de madera rojiza. Los libros estaban apilados sin orden ni concierto y en el lomo del de abajo se veían unos caracteres góticos. Los desgastados lomos dorados de los dos libros que reposaban sobre él estaban meticulosamente pintados. El libro de arriba, abierto, parecía en equilibrio inestable. Entre la flauta y la calavera rosada y grisácea flotaba el fino rostro de una mujer con el cabello cobrizo cayéndole por los hombros. Tenía un hombro descubierto y de él emanaba una radiante luz blanca. Aquel rostro, pensó Michael, hacía resaltar el carácter inanimado y reseco de la calavera.
– Vanitas -dijo en voz alta-. Un bodegón.
– Medio millón de dólares, y está sin asegurar -señaló Balilty.
– ¿Sin asegurar?
– Sí. El viejo Van Gelden se negaba a tomar las precauciones necesarias: puerta blindada, rejas en las ventanas. Por eso nadie quiso asegurar el cuadro. En la vieja casa de Rehavia donde vivía Van Gelden la puerta era de madera y tenía un par de cerrojos normales, uno sobre otro, que se abrían con un par de vueltas. Y no había alarma antirrobos. No confiaba en los bancos, según nos ha dicho su hijo, guardaba el dinero en casa, en divisas, y tampoco confiaba en las puertas blindadas. Era todo un carácter, el viejo. ¿No lo conocías?
Michael hizo un gesto negativo.
Balilty consultó su reloj.
– Estoy esperando una llamada de Suiza -explicó-. Pero aún es demasiado pronto, sólo han pasado dos días. Si los ladrones se han ido de Israel, es probable que aún estén de viaje. No debe de haberles costado mucho sacar el cuadro del país en una maleta o una bolsa de mano.
– Puede que lo viera una vez, hace años, en la tienda de música. Yuval necesitaba partituras para la guitarra. Luego dejó de tocar, y también de poner el tocadiscos. Casi no me acuerdo del aspecto de Van Gelden. Sólo sé que era alto.
– Yo lo conocía bien -anunció Balilty, y empezó a pestañear como resultado del esfuerzo de poner una voz natural y disimular su orgullo-. Lo conocí años atrás, en la logia.
– ¿Qué logia?
– La logia, ya sabes -repuso Balilty entre toses-. La logia masónica. Era maestro de la masonería. Yo ingresé hace veinte años a través de mi padre. Al principio iba por darle gusto a él, pero después de su muerte continué asistiendo. Y veía a Van Gelden con regularidad.
– No tenía ni idea de que aquí existiera la masonería, ni de que tú fueras masón -Michael estaba perplejo.
– No, no lo sabías -ratificó Balilty-. No es que sea un gran secreto. No voy contándolo por ahí. Pero tampoco lo guardo en secreto.
– ¿Veinte años?
– Diecinueve, casi veinte.
– Yo… para mí, los masones, aunque sé que siguen en activo en Europa y en Norteamérica, son algo legendario. Algo que dejó de existir después de Alejandro Dumas, o de Mozart.
– ¿Qué tiene que ver Mozart en esto? -preguntó Balilty.
– Era masón, en Viena, hace doscientos años. ¿Conoces La flauta mágica?
– Algo he oído -dijo Balilty un tanto avergonzado-, pero la organización se ha transformado mucho en estos doscientos años.
– ¿Desde cuándo existe en Israel?
– Desde el Mandato Británico. Fueron los británicos quienes la trajeron aquí. En Jerusalén hay varias logias.
– ¿Y todavía existe? ¿Activamente? ¿Todavía ingresan jóvenes?
– Pues claro que está en activo -dijo Balilty-. Y hay bastantes miembros de mi edad. Nos reunimos una vez al mes, con la regularidad de un reloj.
– ¿Y todavía hay un guardián y todas esas cosas? ¿Máscaras? ¿Y túnicas, delantales, medallas?
– Hay un guardián -respondió Balilty muy serio, con cierta reserva-, y no deja que entre cualquiera. Echa un vistazo por la mirilla y, si no puede identificar a quien llama, le pide que diga la contraseña. Ya no se utilizan máscaras, desde luego, ni túnicas, pero sí hay una vestimenta especial, una especie de delantal para los dirigentes, para el presidente de la logia. Van Gelden fue presidente hace un par de años. Y también tenemos una calavera -dijo de pronto, riéndose-. Sobre un pedestal. Para que nos recuerde en todo momento quiénes somos y adonde vamos. Mira, si te interesa, si te apetece venir a verlo, unirte a nosotros, puedo llevarte de invitado a una reunión. El último comisario jefe de la policía era masón. Y hay muchos profesores de universidad, personas muy cultas, cargos públicos importantes; en nuestra logia tenemos a un juez, a científicos. En fin, fue así como conocí a Van Gelden. Y, a veces, también iba a su tienda para consultarle sobre Sigi. Ya sabes que tiene una voz preciosa. Yo quería que le sacara provecho. Ha heredado la voz de mi madre. Van Gelden me sirvió de guía. Le buscamos unas clases de canto, y de solfeo, pero todo quedó en nada. La tienda de Van Gelden era algo especial.