La torre de cristal [Tower of Glass - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1407-4
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La torre de cristal [Tower of Glass - es]». Краткое содержание книги:
Una de las novelas más apasionantes de la época dorada de Robert Silverberg, en “La torre de cristal” se muestran nuevamente las soberbias dotes del autor para la caracterización de sus personajes, entrando sin esfuerzo aparente en lo más recóndito de sus motivaciones.
“Parecen felices”, digo.
Lilith asiente. “Están borrachos perdidos —dice—. Seguro que van a una orgía de radiación.”
“¿A una qué?”
Un charco de fluido amarillo se desliza desde debajo de una puerta cerrada. De él se eleva un humo acre. ¿Orina gamma? La puerta se abre de golpe. Una hembra alfa con ojos enloquecidos, pechos brillantes, una cicatriz blanca en el vientre, se ríe de nosotros. Nos hace una reverencia. “Señora. Señor. ¿Queréis burbujear conmigo?” Más risas. Se agacha. Da vueltas, los talones contra la rabadilla, en una danza mareante. Arquea la espalda, se palmea los pechos, extiende las piernas. Luces verdes y doradas brillan en la habitación de la que ha salido. Aparece una figura.
“¿Qué es eso, Lilith?”
La altura normal, pero dos veces más ancho que un gamma, y cubierto de un espeso vello recio. ¿Un mono? El rostro es humano. Levanta las manos. Dedos cortos, romos. ¡Redes entre ellos! Arrastra a la chica hacia el interior. La puerta se cierra.
“Un producto defectuoso —dice Lilith—. Aquí hay muchos.”
“¿Un producto defectuoso de qué?”
“Un androide subestándar. Fallos genéticos; impurezas en la cuba, quizá. A veces no tienen brazos, a veces no tienen piernas, o cabeza, o aparato digestivo, o esto, o aquello.”
“¿Y no los destruyen automáticamente en la fábrica?”
Lilith sonríe. “No los destruyen. De todos modos, los que no son viables mueren suficientemente de prisa. A los demás los sacan a hurtadillas cuando los supervisores están distraídos. Y los traen a estas ciudades subterráneas. Sobre todo aquí. ¡No condenamos a muerte a nuestros subnormales, Manuel!”
“Levítico —digo—. Alfa Levítico Saltador.”
“Sí. Mira, ahí hay otro.”
Una figura de pesadilla retoza por el pasadizo. Como algo que se hubiera introducido en un horno hasta que la carne empezara a derretírsele y a fluir: los rasgos básicos son humanos, pero los perfiles, no. La nariz es una trompa, los labios son platillos, los brazos tienen una longitud desigual, los dedos son tentáculos. Los genitales son monstruosos: pene de caballo, testículos de toro.
“Estaría mejor muerto”, digo a Lilith.
“No. No. Nuestro hermano. Nuestro pobre hermano al que queremos.”
La monstruosidad se detiene a una docena de metros de nosotros. Sus brazos viscosos rehacen los movimientos uno-dos-tres.
Pronunciando con toda claridad, nos dice: “La paz de Krug sea con vosotros, alfas. Id con Krug. Id con Krug. Id con Krug.”
“Krug sea contigo”, responde Lilith.
La monstruosidad se tambalea hacla adelante, canturreando alegremente.
“¿La paz de Krug? ¿Id con Krug? ¿Krug sea contigo? ¿Qué significa todo esto, Lilith?”
“Una cortesía corriente —dice—. Un saludo amistoso.”
“¿Krug?”
“Krug nos hizo a todos, ¿verdad?”, señala.
“Recuerdo las cosas que se dijeron mientras estaba en la sala de derivación con mis amigos. ¿Sabes que todos los androides están enamorados de tu padre? Sí. A veces, creo que debe de ser casi una religión. La religión de Krug. Bueno, tiene sentido adorar a tu creador. No te rías.”
“La paz de Krug. Id con Krug. Krug sea contigo.”
“Lilith, ¿los androides creen que mi padre es Dios?”
Lilith esquiva la pregunta. “Podemos hablar sobre eso en otro momento —dice—. Aquí la gente tiene oídos. Hay algunas cosas que no podemos discutir.”
“Pero…”
“¡En otro momento!”
Dejo el tema. Ahora el túnel se ensancha para convertirse en una sala de dimensiones considerables, bien iluminada, abarrotada. ¿Un mercado? Tiendas, cabinas, gammas por todas partes. Nos miran. Hay muchos productos defectuosos cada uno un poco más horrible que el anterior. Es difícil saber cómo pueden sobrevivir criaturas tan mutiladas y taradas.
“¿Salen alguna vez a la superficie?”
“Nunca. Los humanos podrían verlos.”
“¿En Ciudad Gamma?”
“No corren riesgos. Los eliminarían al instante.”
En las estrecheces de la multitud, los androides forcejean, se empujan, discuten y pelean. De alguna manera, consiguen mantener una zona de espacio abierto para los intrusos alfa, aunque no muy grande. Están teniendo lugar dos duelos a cuchillo.
Nadie presta atención. Hay mucha lascivia pública. El olor del lugar es rancio y fétido. Una chica de ojos extraviados corre hacia mí y me susurra, “¡Bendito sea Krug! ¡Bendito sea Krug!”. Me pone algo en la mano y huye.
Un regalo.
Un pequeño cubo frío de aristas redondeadas, como el juguete de la sala de derivación en Nueva Orleans. ¿Enviará mensajes?
Sí. Veo palabras formándose, fluyendo y desapareciendo en su interior lechoso.
“Tonterías. ¿Entiendes algo de esto, Lilith?”
“Algo. Los gammas tienen su propia jerga, ¿sabes? Pero mira aquí, donde dice…”
Un varón gamma, su piel púrpura llena de cráteres, nos quita el cubo de las manos con un golpe. El objeto rebota por el suelo. Se lanza a por él para rescatarlo de entre los pies. Hay un alboroto general. La gente se enreda. El ladrón sale de la multitud y desaparece corriendo por un pasadizo. Los gammas, confusos, siguen luchando. Una chica surge en la cima del montón. Ha perdido sus escasos fragmentos de ropa, y tiene arañazos ensangrentados en los pechos y en los muslos. Sostiene el cubo en la mano. La reconozco, es la chica que me lo dio. Ahora, me hace un gesto demoníaco, enseñándome los dientes. Blande el cubo y se lo mete entre las piernas. Un fornido producto defectuoso salta sobre ella; sólo tiene un brazo, pero es tan ancho como un árbol.
“¡Risas!—grita ella—. ¡Prot! ¡Gliss!”
Desaparecen.
La multitud murmura de una manera desagradable.
Los imagino lanzándose sobre nosotros, desgarrándonos la ropa, descubriendo el velludo cuerpo humano bajo mi disfraz de alfa. Quizá las distancias sociales nos protegieran.
“Vamos —digo a Lilith—. Creo que ya es suficiente.”
“Espera.”
Se vuelve hacia los gammas. Alza las manos, con las palmas enfrentadas, a medio metro de distancia, como si indicara el tamaño de un pez que hubiera pescado. Luego se retuerce en una extraña maniobra sinuosa, moviendo el cuerpo como para describir una especie de espiral. El gesto tranquiliza instantáneamente a la multitud. Los gammas se echan a un lado, inclinando humildemente las cabezas mientras pasamos. Todo va bien.
“Basta —digo a Lilith—, se está haciendo tarde. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevamos aquí?”
“Ya podemos irnos.”
Huimos por un laberinto de pasadizos entrecruzados. Gammas de mil formas repugnantes nos adelantan. Vemos ralentizados flotando en su tiempo lento. Productos defectuosos. Apilados y solidificados, por lo que imagino. Sonidos, olores, colores, texturas…, estoy deslumbrado y mareado. Voces en la oscuridad. Canciones.