La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
Aquella misma noche, el rey envió a los generales de sus ejércitos y a los gobernadores de las provincias una carta en la que decía que, al haber recibido de Monsieur seguridades sobre su afecto, daba gustoso al olvido la falta que había cometido al retirarse a sus tierras sin el permiso del rey. Una fórmula diplomática para dar a entender que el duque de Orleans había regresado a la senda del deber, y que el enemigo no debía ya esperar ninguna clase de ayuda por su parte.
Sólo faltaba que cada cual volviera a su casa, y mientras Monsieur embarcaba en su galeota para descender el curso del Loira hasta Blois, la corte se separó: el rey deseaba volver tan aprisa como le fuera posible a su pequeño castillo de Versalles, y en cambio la reina decidió detenerse en Chartres para rezar a Nuestra Señora e implorar de ella el don del Delfín que no venía. Mademoiselle de La Fayette, enferma, había obtenido permiso para volver a París directamente desde Fontainebleau. Quería, además, retirarse por breve tiempo a un convento. El permiso le fue concedido con tanta más facilidad por el hecho de que sus ojos continuamente enrojecidos por las lágrimas y las noches de insomnio irritaban a la soberana.
Por su parte, Sylvie estaba encantada de volver a París, donde las oportunidades de ver a François eran mucho más numerosas que al albur de los caminos. Allí leesperaba una sorpresa en la forma de una carta de su padrino, pidiéndole que le hiciera una visita en cuanto lo permitiera su servicio.
En efecto, desde hacía seis meses Perceval de Raguenel no era sino escudero honorario de la duquesa de Vendôme y se había instalado en París, en el elegante barrio del Marais. Una herencia inesperada de un primo apenas mayor que él, soltero y sin más familia, le había proporcionado una considerable fortuna. El primo no amaba en el mundo otra cosa que el mar, y recorría los océanos con una patente de corso, actividad que le proporcionó pingües riquezas y una fea herida de sable. Consiguió regresar a su casa de Saint-Malo para morir allí, y legó su barco, su tripulación y el resto de sus bienes a Perceval, con quien se había peleado más de una vez en su infancia y al que apenas había visto después, pero al que consideraba «el único hombre decente que he encontrado en este jodido planeta».
Para Raguenel, que únicamente poseía en el mundo su salario de escudero y un caserón medio en ruinas en los alrededores de Diñan, aquello fue un regalo inesperado de la Providencia. Adquirió una libertad nueva. Rico, inteligente, culto, noble y bastante bien parecido, habría podido elegir entre cinco o seis buenos partidos, pero siguió fiel al amor de su juventud y al que había dedicado a Sylvie, a quien consideraba ahora como su hija: quería vivir para ella, porque ella era obra suya en mayor medida que de los infortunados Chiara y Jean de Valaines, cuyos nombres, para protección de su hija, habían quedado sepultados en las tinieblas del olvido. Él le había enseñado todo, sintiendo un placer cada vez más vivo al modelar a aquella niña no muy bonita pero que, al crecer, iba ganando en encanto. Era inteligente, traviesa y dulce aunque fácilmente irritable, y él no había conseguido atenuar esa irascibilidad de su carácter. Era una polvorilla, y sin duda lo seguiría siendo toda su vida. Por eso le había causado alguna inquietud el saber que iba a convertirse en doncella de honor de la reina.
—Aún no tiene quince años —intentó explicar a los Vendôme—. Es demasiado joven para vivir en la corte.
—¡Tonterías! —replicó el duque César (la escena tuvo lugar en Chenonceau, donde se había retiñido la familia para pasar las fiestas de Navidad) —. Hay jóvenes que se casan a esa edad. Madame de Guéménée sólo tenía doce años en 1604, cuando se casó con su primo. Y Charlotte de Montmorency, hoy princesa de Conde, apenas tenía catorce cuando mi padre la vio danzar en un ballet en el Louvre y se enamoró locamente de ella. Esta niña es encantadora, y gracias a vos posee todo lo necesario para hacer carrera en la corte. Estoy seguro de que no le costará nada encontrar un marido...
—¿No hay bastantes gentilhombres en vuestro entorno, monseñor, para buscarle un marido sin necesidad de alejarla hasta ese punto de una casa y una familia en las que tiene depositado todo su afecto?
—A su edad, el corazón no tiene amarras. El de Mademoiselle de l'Isle tendrá muchas ocasiones para descubrir motivos de interés. Por otra parte, si como decís está tan apegada a nosotros, nos beneficiará disponer de ojos y oídos en el séquito de la reina.
Perceval era demasiado delicado para insistir. A César, lo sabía, no le gustaba Sylvie, a la que reprochaba no sólo su excesiva libertad de lenguaje, sino sobre todo el amor evidente que profesaba a su hijo François. Un hijo de Francia, aun bastardo, podía aspirar a una alianza muy superior a una muchacha de la pequeña nobleza. ¿No había obtenido él mismo la mano de una princesa de Lorena poseedora de una de las mayores dotes que era posible encontrar? Además, le molestaban las incesantes limosnas de su mujer, que se extendían a todas las clases sociales, incluso y sobre todo a las prostitutas. Le parecía que hacía demasiadas, que habría tenido que mirar más por él, ya que ella conservaba la inapreciable suerte de poder vivir en París y aparecer en la corte con sus hijos, en tanto que él se veía forzado a vivir todo el año en el campo, aunque ese «campo» consistiera en uno de los castillos más bellos de Francia. Había contado cada piedra, cada adorno, y para pasar el tiempo cazaba, bebía, jugaba, o retozaba con algún jovenzuelo local mientras suspiraba por todos los hermosos narcisos de la corte, pulidos, adonizados, tanto o más perfumados que las mujeres, cuya sociedad podían frecuentar sus hijos. Cosa que por otra parte no ocurría, porque ni Mercoeur ni Beaufort habían heredado los gustos helénicos de su padre y ambos encontraban a las mujeres infinitamente más interesantes. Por fin la duquesa había consentido en librarle de una de esas malditas hembras, tal vez precisamente la que más temía porque ni sabía disimular ni se tomaba siquiera la molestia de ocultar la desconfianza que él le inspiraba.
Perceval sabía todo eso, y era una de las razones por las que había elegido alejarse de los Vendôme cuando le había sonreído la fortuna. El odio que César sentía por Richelieu le acompañaba tanto como sus efebos, pero desde luego no le bastaba. Mantenía excelentes relaciones de vecindad con Monsieur, además de una correspondencia discreta con los enemigos encarnizados del cardenaclass="underline" el conde de Soissons, refugiado en Sedán junto al temible duque de Bouillon, y Madame de Chevreuse, exiliada como él en Turena, pero que no por ello había disminuido su infatigable actividad conspiradora. Y Perceval temía que las tortuosas intrigas del padre fueran causa de desgracias y dolores para sus familiares. César se engañaba si creía que el todopoderoso ministro vacilaría en hacer caer su cabeza si ésta llegaba a resultarle demasiado molesta; el rey, que detestaba a su hermano bastardo, firmaría la sentencia de muerte con entusiasmo. Al menos, de producirse un drama, Sylvie encontraría un refugio natural junto a la persona que, con permiso de la duquesa Françoise, llamaba ahora padrino. Y precisamente pensando en ella se había complacido en arreglar con gusto la pequeña mansión que había comprado en la Rue des Tournelles, en la vecindad inmediata de la Place Royale, centro mágico de la elegancia parisina.