La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
Las dos voces que hablaban con animación eran las del rey y Mademoiselle de La Fayette. En aquel momento, era él quien hablaba, y jamás habría pensado Sylvie que aquel hombre tan frío y reservado fuera capaz de expresarse con tanta pasión:
—¡No me abandonéis, Louise! —suplicaba—. Soy un hombre solo, presa de todas las conspiraciones, de todos los odios y también de todos los desprecios. No tengo sino a vos, únicamente a vos, y si partís no me quedará nada en este triste mundo.
—¡Sire, Sire, no me malinterpretéis! Lo sabéis todo de mi corazón, que es enteramente vuestro, pero os hago más daño que bien. ¿Creéis que no veo las sonrisas a mi paso, que no oigo los murmullos, las risitas burlonas? Todos acechan el momento en que no podré resistirme a vos ni a mí misma. El cardenal quiere mi marcha. La reina (y es natural) me detesta porque, por mi causa, vos la descuidáis.
—¡Descuidarla! Como si no supiera que de ella no cabe esperar más que el disimulo y la traición. Pronto hará veintidós años de nuestro matrimonio, y ¿podéis decirme qué ha aportado la reina de Francia a mi reino? ¿Hijos? ¡Ninguno! ¿Ayuda, asistencia, comprensión de mi difícil tarea? Menos aún. La reina es española y morirá española. ¡Ah, sí, lo olvidaba! Hace doce años su corazón palpitaba por un inglés medio loco cuya «pasión» nos costó una guerra. Parece que la reina sea incapaz de amar a un francés. Y al rey menos que a cualquier otro...
—¡Es vuestra esposa, Sire! ¡Habéis sido unidos por Dios!
—¡A ella deberíais decírselo! No, Louise, no me habléis de la reina. O entonces decidme que no me amáis.
—¡Oh, Sire, cómo podéis acusarme de que no os amo cuando no dejo de daros toda clase de pruebas de mi ternura...!
—¡Entonces, dadme una todavía mayor! Dejadme llevaros a Versalles. Allí estoy en mi casa y nadie se atreverá a molestarme. ¡Os tendré/a mi lado, guardada, protegida, y seremos el uno del otro lejos de todos, libres y felices por fin! Sólo existirán Louise y Louis...
—¡No debéis decir esas cosas! ¡Por piedad! Si me amáis, no digáis nada más.
—¡No, no lloréis, por favor! No soporto vuestras lágrimas.
Sylvie oyó los sollozos y pensó que ya se había mostrado bastante indiscreta. Además, su fino oído le reveló un ruido de pasos que se aproximaban. Dejó el resguardo del bosquete en el que se había acurrucado y, esforzándose por hacer el menor ruido posible, se dirigió hacia la gran avenida. Pero como continuamente se volvía para comprobar que no hubiese movimiento entre los matorrales de acebos, tropezó con una topera que no había advertido y fue a caer a los pies de dos personajes de los que al principio vio únicamente los bajos de un largo ropaje rojo y un par de botas negras bastante embarradas.
—¡Y bien! ¿Qué ocurre ahora? —preguntó una voz impaciente cuyo timbre grave hizo estremecer a Sylvie.
—Una joven que se ha perdido, a lo que parece, monseñor.
Una mano enguantada de negro la ayudó a ponerse de nuevo en pie. Reordenó entonces sus faldas y vio con consternación que la mano en cuestión pertenecía al teniente civil, señor de Laffemas. En cuanto a la persona situada detrás de éste, reconoció en ella sin la menor dificultad al cardenal. Pero aún no había tenido tiempo de recuperar del todo su compostura, cuando el hombre de los ojos amarillentos la reconoció:
—¡Qué feliz sorpresa! Mademoiselle de l'Isle.
—¿Quién es Mademoiselle de l'Isle? —preguntó el cardenal.
—La más joven, y también la más reciente de las doncellas de honor de la reina, Vuestra Eminencia. Trabamos conocimiento hace unos días, en la Croix-du-Trahoir. Ya he contado la anécdota a Vuestra Eminencia. Es la joven doncella a la que no gusta mi manera de aplicar la justicia del rey.
No faltó más para que Sylvie se enfadara. Se inclinó en una profunda reverencia pero, toda acalorada, exclamó:
—¡El niño al que vuestro caballo iba a cocear, señor, no estaba condenado que yo sepa, y tampoco estaba reclamado por la justicia del rey! Monseñor —añadió, inclinada aún en una reverencia de la que nadie la dispensó, y mirando bien de frente, allá arriba, el rostro flaco y altanero—, se trataba de un niño, el hijo del hombre al que iban a ejecutar, y su único delito fue pedir piedad para su padre.
La voz profunda, grave, dijo despacio:
—El padre merecía su suerte. El niño tenía que haberlo sabido.
—No sabía más que una cosa: que era su padre y que lo amaba.
Una rápida mirada de Richelieu cerró la boca de Laffemas, que iba a protestar:
—Reconozco que no merecía un trato tan brutal, pero es difícil exigir mucha mansedumbre de quien está encargado de vigilar que se aplique la ley. Ya veis que os doy la razón, señorita. ¿Me haréis el favor, a cambio, de perdonar al señor de Laffemas? Es uno de mis mejores servidores...
Mientras hablaba le tendió la mano para ayudarla a incorporarse, cosa que ella aceptó gustosa antes de suspirar sin entusiasmo:
—Si ése es el deseo de Vuestra Eminencia, perdono al señor de Laffemas... ¡pero a condición de que no vuelva a empezar!
Una sonrisa inesperada y por ello tanto más agradable iluminó el rostro severo del cardenal.
—Se guardará mucho de ello... por amor a vos. Sois valerosa, Mademoiselle de l'Isle, y ésa es una cualidad que aprecio. ¡Veamos hasta dónde alcanza...!
Sylvie dirigió una mirada inquisitiva al cardenal.
—Son muchos los que me temen —prosiguió Richelieu—. ¿Os doy miedo?
—No —respondió la muchacha sin vacilar—. Vuestra Eminencia es príncipe de la Iglesia, y por tanto un hombre de Dios. Nunca se debe temer a un hombre de Dios.
—Deberíais vocear esa opinión por las cuatro esquinas del reino. Me haríais un gran servicio... Pero, a propósito de voces, me ha llegado la noticia de que cantáis maravillosamente... No os sorprendáis: las noticias corren muy deprisa en la corte. ¿Vendréis a cantar para mí?
—Me debo a la reina, monseñor...
—En ese caso le pediré que me conceda ese placer. Hasta la vista, Mademoiselle de l'Isle. ¡Venid, Laffemas, regresamos!
Sylvie no había acabado de saludar cuando la silueta alta y rígida, envuelta en un manto púrpura forrado de piel de marta, se alejaba ya, reduciendo a la mediocridad la estatura del hombre negro que caminaba a su lado, encorvado en una actitud sumisa que sublevó el corazón de Sylvie. Tendría que confesarse, porque sólo había perdonado con los labios, sin que su corazón interviniese. Decididamente, no le gustaba aquel teniente civil.
Después de una ojeada al bosquete de acebo inmóvil y silencioso, se dirigió de vuelta al castillo, cuidando de acompasar el ritmo para no alcanzar a los dos paseantes, y no retuvo un suspiro de alivio cuando les vio entrar en el castillo por la puerta Dauphine. Por su parte, ella siguió el mismo camino por el que había venido. De ese modo tendría tiempo de reflexionar sobre qué hacer para evitar el temible honor que le estaba reservado. Lo mejor sería contarlo todo a la reina. Acostumbrada desde antiguo a oponerse a Su Eminentísima, tal vez Ana de Austria la ayudaría a librarse de aquella prueba.
Iba tan absorta en sus pensamientos que no vio a Mademoiselle de Hautefort, abrigada entre magníficas pieles, correr hacia ella.
—¿Dónde estabais? —exclamó la Aurora—. ¡Os buscan por todas partes!
—¿Quién puede buscarme? Si no es a vos y al círculo de Su Majestad, no conozco a nadie aquí...
—¿Y por qué no había de ser precisamente Su Majestad?
—¡Si es ella, corramos!