Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 80
Перейти на страницу:

Entre las doncellas de honor reinaba una gran excitación.

—Es tan bello que podría despertar el amor de la mujer más fría —dijo una.

—¡He creído llegar al éxtasis al menos una docena de veces! ¡Ah! «Percé jusques au fond du coeur d'une atteinte imprévue aussi bien que mortelle...»[19] —añadió la vecina.

—¡Nunca se han escuchado sentimientos más nobles! ¡Ah, podría morirme ahora! —suspiró una tercera—. ¡Ved qué conmovida está nuestra reina!

—Monsieur Boileau ha escrito: «Todo París mira a Jimena con los ojos de Rodrigo» —dijo Marie de Hautefort, más conmovida de lo que deseaba admitir, y que reía para ocultar su emoción—. Pero también podríamos decir que todas las mujeres ven a Rodrigo con los ojos de Jimena. Y vos, gatita —añadió volviéndose hacia Sylvie—, ¿qué habéis sentido?

—¡Lo mismo que vos! Es tan hermoso que en varias ocasiones me han venido las lágrimas a los ojos.

—Y bien, señoritas, parece que habéis apreciado los versos del señor Corneille —dijo una voz profunda que hizo que aquel bello coro se estremeciera y perdiera la compostura, como solía suceder a todas las personas que se encontraban de súbito en presencia del cardenal. Tan sólo Marie de Hautefort, sin dar muestras del menor nerviosismo, hizo frente a la situación:

—Espero que sea asimismo la opinión de Vuestra Eminencia. ¡Es bien conocida la infalibilidad de vuestro gusto en materia de arte y literatura! ¿Os proponéis tal vez hacer ingresar a nuestro autor en la Academia?

Los grandes hombres no están libres de pequeñas debilidades. La adulación de la Aurora hizo sonreír a Richelieu:

—¡Veremos! Es cierto que se trata de una gran obra... aunque puede señalarse alguna ligera debilidad en los versos. ¿Cómo es que no veo a Mademoiselle de La Fayette?

—Está enferma —acudió al relevo Mademoiselle de Chémerault, a la que la presencia del ministro no atemorizaba por mucho tiempo—. Tenía tan mal aspecto hace un rato que la reina le ha aconsejado insistentemente que reposara un poco. De hecho —añadió audazmente la joven—, Su Majestad de seguro que no deseaba ver a su doncella y al rey intercambiar a distancia suspiros y miradas lánguidas.

—¡No creo que a la reina le agrade vuestro comentario, mademoiselle! —replicó Hautefort, cuyos grandes ojos azules despedían rayos.

La sonrisa de Richelieu, que la contemplaba con visible placer, la obligó a contenerse.

—¿Quién no comprendería a la reina? ¡Sobre todo en presencia de un príncipe extranjero! ¡Ah, Mademoiselle de l'Isle, no os había visto! Es verdad que todo se oscurece un tanto cuando se alza la Aurora. ¡Sin embargo, estáis encantadora! —añadió al tiempo que recorría con su mirada de entendido el vestido de espesa seda blanca bordado con florecitas de plata, regalo de Elisabeth de Vendôme, que Sylvie se ponía por primera vez y que le sentaba de maravilla.

Un cumplido siempre agrada, pero ella se ruborizó hasta la raíz del pelo cuando la mirada de Su Eminencia se detuvo insistentemente en el amplio décolleté. A Richelieu le gustaban las mujeres; era algo conocido, y corrían algunas historias al respecto por los «pasillos» frecuentados por las chismosas de la corte. Para disimular su vergüenza, la joven se inclinó en una reverencia.

—Doy las gracias a Vuestra Eminencia —murmuró.

—¿Por qué? Es a Dios a quien debemos dar las gracias por haberos creado para el placer de la vista. Permitid, por otra parte, que os presente a uno de mis fieles, que me lo ha suplicado porque os admira. Aquí tenéis al barón de La Ferrière —añadió al tiempo que se hacía a un lado para dar paso a la persona que su alta silueta roja había ocultado hasta ese momento—. Es oficial de mis guardias, pero esta noche no está de servicio. Saludad a Mademoiselle de l’Isle, querido Justin, ella lo permite.

Sylvie estuvo a punto de decir que ella no había permitido nada en absoluto, pero juzgó prudente no atraerse el enfado del cardenal por un asunto tan nimio. Respondió al saludo del recién llegado pensando que Perceval se equivocaba al atormentarse así: aunque no la hubiera puesto en guardia contra el personaje, éste la habría disgustado a primera vista. Tenía ante ella a seis pies de terciopelo verde guarnecido de trencilla, bordado, adornado con nudillos rojo y plata, con cuello y cañones de encaje. Por encima de todo ello, una barba rojiza no del todo desagradable, y que tal vez incluso le habría gustado si la boca fuera menos blanda y los ojos verdes no tan huidizos. Al saludarla, él le dedicó un cumplido del que ella no llegó a entender la mitad, tan rebuscado era, y que el cardenal no tuvo la paciencia de escuchar hasta el finaclass="underline" se alejó, e hizo refluir así el batallón de doncellas de honor, devoradas por la curiosidad. Sylvie se sintió fascinada por las manos del barón, verdaderas palas de lavar ropa que asomaban entre delicados manguitos de encaje.

Anunciaron la cena, y la loa de La Ferrière concluyó con la petición de ser autorizado a conducirla a la mesa y acompañarla en ella. La pobrecilla, que pensaba dar por concluido el encuentro con alguna banalidad, no esperaba aquello. Por supuesto, no tenía el menor deseo de acabar la velada en compañía de aquel soldadote y, no sabiendo qué responder, buscó con la mirada una tabla de salvación, pero la reina estaba ya fuera de la galería, y lo mismo ocurría con sus compañeras. La Ferrière tomó su silencio por aceptación, y se apoderaba ya de su brazo para llevársela cuando una voz cálida, precisa y bien timbrada, se hizo oír a espaldas de Sylvie:

—Mil perdones, señor, pero me corresponde a mí el honor de acompañar a Mademoiselle de l'Isle al banquete.

Soberbio, arrogante, con una sonrisa burlona de lobo que dejaba ver la blancura de sus dientes, François de Beaufort acababa de aparecer junto a Sylvie, cuyo brazo liberó con un gesto firme. El otro hizo una mueca, tratando sin mucho éxito de ocultar su disgusto.

—Señor duque —balbuceó—, resulta asombroso que un príncipe tan grande se preste a ser el caballero de una simple doncella de honor.

—¡Asombraos pues, querido! Pero también sería lícito preguntarse de dónde salís vos, para ignorar que una mujer bonita tiene derecho a todos los homenajes, ¡incluso a los de un rey! Preguntádselo, si no, a Mademoiselle de La Fayette.

—Mademoiselle de La Fayette pertenece a una gran casa...

—Mademoiselle de l'Isle, pupila de mi madre, pertenece a la de Vendôme, y yo siento por ella el más tierno afecto. ¡Por eso no tengo el menor deseo de verla en compañía de uno de los chusqueros del cardenal!

La Ferrière se puso de color grana y buscó maquinalmente a su costado una espada ausente:

—Me responderéis de vuestras palabras —gruñó.

—¿Un duelo? ¿Con vos? ¡Bromeáis! ¿Qué diría vuestro buen amo si sus propios guardias quebrantaran su edicto favorito, el que le permitió hacer caer la cabeza de un Montmorency? Servidor vuestro, señor, os deseo buenas noches.

Se echó a reír en las narices del barón y levantando la mano de Sylvie, que no había soltado, la condujo por el parquet en dirección a la gran estancia transformada por una noche en sala de banquete. Sylvie se sentía flotar. Ella también reía, y mientras seguía el rápido paso de François, su amplio vestido se hinchaba como un globo y sus rizos bailaban a lo largo de sus mejillas. Tenía la impresión de estar volando hacia el paraíso...

вернуться

[19] «Traspasado hasta el fondo del corazón por una espera tan imprevista como mortal…» (N. del T.)

1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 80
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)