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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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—¿Seducirme? Nadie puede seducirme. Sabéis bien que sólo amo y amaré siempre a François.

—Son cosas que se dicen cuando se tiene tu edad. Con el tiempo, se cambia.

—Yo no cambiaré.

—Sin embargo, sería preferible que lo hicieras, Sylvie. Aparte de que no se casará contigo, es incapaz de ser fiel a una sola mujer. Dicen que está enamorado de Madame de Montbazon, de Mademoiselle de Borbón-Condé, y de no sé cuántas más...

—Ninguna de ellas cuenta porque en realidad sólo ama a una mujer, ¡a la reina!

—¡Pequeña tonta! ¡Haz el favor de no decir esas cosas! ¡Ni siquiera aquí!

—Sin embargo, es la verdad —suspiró Sylvie triste, pero se repuso y dirigió a Perceval una mirada que volvía a ser límpida—: Volvamos a nuestro tema, ¿por qué no debo escuchar a ningún precio las súplicas del señor de La Ferrière? ¿Y por qué sois vos quien debe hacérmelo saber?

—Porque... te quiero mucho, y tú, o al menos así lo espero, también me quieres un poco.

Sylvie dejó su taburete y fue a sentarse a los pies de su padrino para apoyar la cabeza en sus rodillas.

—Mucho más que eso, y sabéis bien que os escucharé siempre.

Conmovido, él acarició los sedosos cabellos castaños.

—En ese caso, procura creerme sin obligarme a contarte nada más.

—¿Porqué?

El dudó y luego dijo, sin responder a la pregunta:

—¿Te acuerdas un poco de tu primera infancia? Quiero decir, antes de que François te llevara a la casa de su madre.

La joven cerró los ojos para concentrarse.

—Un poco sí... Recuerdo una bonita casa con árboles, a una mujer joven y hermosa que era mi madre... y también a mi nodriza, que era la madre de Jeannette... y luego sucedió algo horrible, pero impreciso, que no puedo explicar...

—¿Jeannette no ha hablado contigo alguna vez de esa época? —preguntó Perceval inquieto. Mucho tiempo atrás había hecho jurar a la criada que no hablaría nunca del castillo de Valaines, a fin de proteger a Sylvie de una verdad que tal vez fuera preciso revelarle algún día, pero mejor cuanto más tarde.

—No. Dice que no se acuerda de nada... ¡pero estoy segura de que miente!

—Pues bien, haz como si te estuviera diciendo la verdad y no le preguntes. Más adelante te lo contaré yo mismo, cuando lo crea oportuno. Has de saber únicamente que La Ferrière está relacionado con esa cosa terrible que tratabas de recordar hace un instante. ¿Te bastará con eso?

Ella se levantó para rodear con sus brazos el cuello de su padrino y besar su mejilla:

—¡Me conformaré! Y ahora, tengo que marcharme. Es hora de volver al Louvre. Podéis estar tranquilo: no haré nada que pueda disgustaros o apenaros.

Cuando Sylvie hubo partido, Raguenel reflexionó un momento y luego se sentó a la mesa, cortó una pluma de oca, la mojó en tinta y escribió. Después secó el escrito con arena, lo selló y llamó a Corentin:

—Ten. Encuentra al duque de Beaufort y entrégale esto. ¡Tengo que verlo lo más pronto que pueda!

Luego volvió a sentarse en su sillón y meditó largo tiempo, con los ojos fijos en el fuego de la chimenea.

6

En el Palais-Cardinal

Sylvie no tardó mucho en conocer al que, por una oscura razón sólo conocida por él mismo, acababa de pretenderla en matrimonio.

Aquella tarde había fiesta en el Louvre. Sus Majestades recibían al duque de Weimar, un príncipe protestante. En la Gran Galería construida antaño por Catalina de Médicis en el lugar que ocupaba un lienzo de la muralla de Carlos V que unía el Louvre con su castillo de las Tullerías, los comediantes del Marais representaban Le Cid. El viejo Louvre estaba iluminado desde los jardines hasta los techos, y miles de velas ardían en sus aposentos. La corte había acudido al completo, y por primera vez la nueva doncella de honor pudo admirarla en todo su esplendor. Hombres y mujeres competían en lujo y elegancia. Por doquier se veían rasos, brocados, telas y encajes de oro o plata, lazos, plumas y bordados de realce que servían de marco a una profusión de perlas y pedrerías multicolores.

El propio rey, que, sin llegar al descuido célebre de su padre, gustaba de vestir con sencillez, brillaba como un sol, aunque sin llegar a eclipsar a los dos polos de atracción de la velada, la reina y el cardenal de Richelieu: dos siluetas resplandecientes, ambas vestidas de púrpura. No se sabía qué resultaba más impresionante, la sotana de muaré escarlata sobre la que destellaba una gran cruz del Espíritu Santo en diamantes, o el vestido de brocado de Génova de Ana de Austria, que, por una vez, había elegido los mismos colores de su enemigo a fin de no dejar que acaparara las miradas. Y lo consiguió a la perfección, porque al esplendor de su vestido añadía el brillo de su belleza. La banda de encaje escarchado de pequeños diamantes que encuadraba el escote profundo de su vestido dejaba admirar la blancura de su garganta, sobre la que reposaba un fabuloso collar compuesto por grandes rubíes en forma de pera y un asombroso conjunto de diamantes cuadrados, regalo de boda del rey de España, su padre, pero que debido a su tamaño no había podido llevar más que después de llegada a la edad adulta. Una diadema y seis pulseras a juego completaban un atuendo de un esplendor casi bárbaro y hacían de ella un ídolo ante el cual parecía natural caer de rodillas. Pero algunos creyeron entender que la reina, al lucir únicamente joyas españolas y excluir las que le había regalado su marido, espléndidas también, y al hacerlo para asistir a una obra de teatro «española» en compañía de un príncipe alemán, se estaba permitiendo el lujo de lanzar un desafío.

Marie de Hautefort no se dejó engañar, y tampoco Beaufort cuando acudió, vestido de tisú de oro y terciopelo castaño oscuro, a saludar a su soberana.

—Estáis milagrosamente bella, señora —dijo con emoción—. Al veros de tal manera adornada, quisiera caer a vuestros pies y rezar, rezar para que os dignarais conceder una mirada amable al infeliz así prosternado.

—¿Tendréis queja de la que os concedo? —respondió ella con una sonrisa que formó un nudo en el estómago de Sylvie.

Al mismo tiempo, tendió una mano cargada de anillos sobre la que él posó sus labios mientras hincaba la rodilla en tierra. La escena no pasó inadvertida al rey.

—¿Por qué servicio, señora, recompensáis tan generosamente a mi sobrino Beaufort? —dijo con un tono en el que vibraba una nota de cólera. Pero su esposa no se inmutó.

—¡Por un cumplido bien expresado, Sire! Eso es algo que nunca deja de tener valor a los ojos de una mujer, por más reina que sea.

—Por mi parte me hace muy desgraciado no haber sabido encontrar, antes que el señor de Beaufort, las palabras capaces de proporcionarme semejante favor —dijo el cardenal, que se había acercado.

—¿Acaso no sabe Vuestra Eminencia que corresponde a las reinas arrodillarse delante de la Iglesia? Lo contrario no tendría ningún sentido —respondió ella con un imperceptible encogimiento de hombros que, sin embargo, no escapó a la mirada del ministro, en la que brilló una chispa peligrosa.

Pero la escaramuza no pasó de ahí: los comediantes pedían respetuosamente, por medio del maestro de ceremonias, permiso para empezar. Cada cual se acomodó en su lugar ante la escena, que ocupaba todo el ancho de la galería y se cerraba mediante un gran telón de terciopelo.

Olvidando la punzada de dolor que acababa de sentir, Sylvie se apasionó con la obra del señor Corneille. La belleza de los versos la encantó tanto como la dramática historia de los dos amantes separados por las inflexibles leyes del honor. Mondory, el director del grupo, era un magnífico Rodrigo, y Marguerite Guérin una sublime Jimena. La mayor parte del auditorio había visto ya Le Cid en el teatro del Marais, pero no por ello dejó de aclamar con entusiasmo desde que el rey dio la señal para que empezaran los aplausos. Y lo hizo con calor, además: le había gustado aquel drama heroico y prometió a la reina, gozosa, que lo haría representar de nuevo para ella. Richelieu, por su parte, anunció que también él daría algunas representaciones en el Palais-Cardinal, y que el autor recibiría una pensión. Sólo los aplausos entusiastas del duque de Weimar debían ser puestos en cuarentena: el buen hombre, arrullado por la música de unos versos que no siempre comprendía del todo, se había quedado dormido profundamente durante la representación.

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