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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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Se disponía ya a hacerlo, cuando Hautefort la retuvo:

—¡Un momento, por favor! ¡Dejadme recuperar el aliento...! ¡Uf! He corrido como una loca cuando Monsieur de Nangis me ha dicho que os había visto pasear en dirección al parque. La verdad es que la reina no os reclama. Soy yo quien he querido evitar que hicierais una tontería. ¡No es oportuno ir por allí esta mañana!

—¿Porqué?

En lugar de responderle, la joven hizo otra pregunta.

—¿No habéis encontrado a nadie? —preguntó en tono cauteloso.

—No... es decir, sí. Salía del bosquecillo que veis al fondo y me he caído justo delante del cardenal, que paseaba por ahí con el señor de Laffemas...

—¡Misericordia! ¿Estaba allí? Pero ¿adónde iba?

—Lo ignoro. Hemos cruzado unas palabras, y después Su Eminencia ha vuelto a palacio con su acompañante. Vos, que todo lo sabéis, ¿me diréis que está haciendo aquí el teniente civil de París?

—Si os imagináis que pasa el tiempo en el Châtelet, os equivocáis. Por encima de cualquier otra cosa, está al servicio de la sotana roja para toda clase de trabajos sucios fuera de París. A fin de cuentas, cabecita de chorlito, no ha sido tan mala idea la de ir a pasear a ese rincón. Vuestra conversación debe de haber sido escuchada, y eso habrá permitido a los tórtolos desaparecer discretamente.

—¿De quién habláis?

—Pues del rey, al que decenas de ojos han visto llevar a Mademoiselle de La Fayette precisamente al lugar donde os encontrabais. El cardenal no desdeña, de vez en cuando, dedicarse en persona al trabajo de sus espías. Gracias a vos, no habrá llegado a enterarse de una conversación que sin duda le interesaba mucho...

Sylvie se echó a reír.

—Los tórtolos, como les llamáis, no estaban muy lejos, os lo aseguro: exactamente en el interior del bosquete de acebos...

—¿Les habéis visto?

—No, pero he oído sus voces y las he reconocido.

No quería ser indiscreta... Bueno, ¿qué he dicho de extraño? —preguntó, al ver el gesto de desesperación de su compañera.

—¡Hace falta ser joven... o cabeza de chorlito, como os he llamado hace un momento! ¿Habéis tenido ocasión de escuchar cosas que han hecho que Richelieu salga corriendo hasta el fondo del parque, a pesar de sus varias enfermedades, y os habéis tapado virtuosamente los oídos? Querida, debéis saber que en la corte la gente no para de espiarse mutuamente, y que muchos darían diez años de existencia para sorprender la cuarta parte de la mitad de un insignificante secreto.

—No es mi caso —afirmó Sylvie, que se ruborizó por decir una mentira tan grande; pero, por simpática que le resultara Marie de Hautefort, no quería contarle las pocas frases de amor desesperado que había sorprendido. Le gustaba Louise de La Fayette, tan dulce, tan melancólica, tan dividida entre su deber, su conciencia y su amor, en medio del batallón burlón y a menudo malicioso de las doncellas de honor, y con las miradas de la corte fijas en ella. En cuanto al rey, también le inspiraba piedad porque todos parecían negarle el derecho al amor. Por el bien del Estado, él aceptaba la férula de un hombre terrible cuyo genio (había quien empleaba ese término al referirse a él) se expresaba casi siempre mediante un autoritarismo despiadado.

Iba a tener muy pronto una prueba suplementaria. Cuando recorrían la terraza que domina el Parterre, vieron salir de la puerta Dorada a dos jóvenes, uno de los cuales llevaba las insignias de capitán de una compañía de guardias franceses. Los dos hablaban animadamente, y uno de ellos procuraba calmar al otro. El joven capitán, hermoso como un dios griego, debía de tener unos diecisiete años y parecía muy encolerizado. El eco de sus últimas palabras llegó hasta las dos jóvenes:

—... y he rehusado. Con tanta calma y respeto como he podido, pero he dicho que no.

—¿Te has atrevido?

—Sí, porque me gusta mi libertad. Es demasiado reciente para enterrarla ya, y...

Se interrumpió al ver a las paseantes, se quitó el sombrero y las saludó con la gracia de un bailarín. Su compañero le imitó. Ambas correspondieron a los saludos.

—¡Vaya, Monsieur de Cinq-Mars —dijo Hautefort en tono burlón—, os veo muy irritado! ¿Alguien os ha disgustado, o, peor aún, habéis disgustado vos a alguien?... Soy vuestra servidora, Monsieur d'Autancourt.

—Ni una cosa ni la otra. Si se hubiera presentado cualquiera de los dos casos no estaría aquí sino en el prado, con la espada en la mano.

—¿Un duelo, vos? ¿Cuando el cardenal os muestra tanta benevolencia?

El encantador capitán —con su rostro delicado, de mirada intensa y boca sensual— era demasiado novicio para desconfiar de las preguntas de una mujer bonita.

—Acaba de darme una nueva prueba de ella. ¿Sabéis en qué quiere convertirme? ¡En gran maestre del guardarropa del rey!

—¡Vaya! —se extasió la joven—. ¡Un bonito ascenso!

—¡Ah! ¿Eso creéis? ¡Pues yo no opino igual! Ese cargo me obligaría a permanecer continuamente junto al rey, que es el hombre más triste que conozco. Soy demasiado joven para comprometer así mi libertad. Tengo amigos con los que me divierto, señorita, y...

—Y amantes con las que pasáis buenos ratos...

—En efecto. De modo que me he negado de plano.

—¿De plano? ¿Al cardenal? ¿Y no os ha enviado de camino hacia la Bastilla?

—Ya veis que no. El cardenal se ha contentado con sonreír y callar. Es un buen hombre, ¿sabéis?, cuando se sabe tratarle.

—¡No lo quiera Dios! Os lo dejo entero a vos. Somos vuestras servidoras, señor gran maestre.

Insinuó una reverencia de despedida, pero el compañero de Cinq-Mars le pidió, ruborizado:

—¿No me haréis el favor, señorita, de presentarme a vuestra amiga?

Esta vez la sonrisa de la joven fue amplia y sincera.

—Con sumo gusto. Sylvie, os presento al marqués D'Autancourt, hijo del mariscal-duque de Fontsomme. Mademoiselle de l'Isle es doncella de honor de la reina.

Desde el momento del encuentro, el joven marqués no había apartado de Sylvie unos ojos dulces bastante expresivos de que la muchacha le gustaba. Él mismo no carecía de atractivo: rubio, delgado, muy joven, con una silueta elegante y ágil que revelaba al hombre acostumbrado al ejercicio corporal; no era tan guapo como su camarada, pero Sylvie lo consideró de inmediato mucho más simpático y le sonrió. Había en el señor de Cinq-Mars un poso turbio de avidez y violencia, y una gracia lánguida que la disgustaba.

Intercambiaron algunas palabras corteses y se separaron. Las dos jóvenes se apresuraron a regresar a los aposentos de la reina. Mientras caminaban, Sylvie se informó:

—¿Quién es ese señor de Cinq-Mars?

—El pequeño protegido de Richelieu, que lo conoce desde la infancia. Es hijo del difunto mariscal d'Effiat, un gran soldado que poseía tierras en América y en Turena, además del magnífico castillo de Chilly, donde el cardenal se aloja con frecuencia. Gracias a él, este joven imberbe es teniente general de Turena, teniente general del gobierno del Bourbonnais y capitán de una compañía de guardias. Si Richelieu toma en sus manos su porvenir, llegará a duque y par, y a uno de los más altos cargos del reino.

—No me gusta mucho.

—Es comprensible. ¡No se parece en nada al señor de Beaufort!

Sylvie se contentó con ruborizarse y no respondió.

Aquella tarde, en el salón de la reina al que había acudido toda la corte, Sylvie volvió a ver al cardenal y sintió una vaga angustia, pero él se contentó con sonreírle sin renovar su petición. Ella sintió alivio.

La estancia en Fontainebleau fue muy breve. Dos días más tarde, el rey decidió bruscamente marchar a Orleans. Luis XIII conocía bien a su hermano y sabía que el miedo lo dominaría en cuanto le viese aproximarse, sobre todo con fuerzas tan formidables. El éxito fue inmediato: Monsieur cayó en brazos del rey, juró que al marchar a su villa ducal no deseaba otra cosa que encontrar un poco de reposo lejos del tumulto del Louvre y de París, y sobre todo aseguró que no alimentaba respecto de su real hermano ningún designio contrario a la buena armonía de la familia. Sylvie, por su parte, encontró antipático al duque de Orleans. Era más guapo que el rey y no carecía de cierto encanto, pero le desagradaron su boca blanda y su mirada, siempre errante arriba, abajo, a izquierda y derecha, pero sin detenerse nunca —o muy raramente— en su interlocutor. De hecho, cuando estaba junto a su hermano parecía la copia a la aguada de un grabado al aguafuerte, más insegura y difuminada; y Sylvie comprendió mejor la exclamación de la reina cuando, en el momento de la conspiración de Chalais, le atribuyeron la intención de casarse con su cuñado después de la muerte de su esposo: «Yo no ganaría nada con el cambio.»

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