La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Me temo que no pueda hacerse gran cosa. ¡Vaya idea, introducir en el Louvre a una muchacha medio salvaje!
François dedicó a mademoiselle una sonrisa burlona.
—¿Medio salvaje? Podéis estar segura de que lo es completamente, mademoiselle. Pero no es distinta de la mayoría de las personas que viven en este lugar, donde lo raro es la civilización a juzgar por todos aquellos, o aquellas, que no sueñan con otra cosa que retorcer el cuello a sus semejantes.
Sin esperar la reacción de la interpelada, llevó a Sylvie hasta el vano de una ventana y allí volvió a ponerse serio.
—¿Te has vuelto loca, Sylvie? Ya no tienes cuatro años, que yo sepa, y creía que habías aprendido a comportarte en sociedad.
—¡Oh, sé comportarme! Pero no diría lo mismo de vos, señor duque. ¡Hace un momento yo estaba sentada a los pies de la reina y no me habéis prestado más atención que a un... un gato, como me llamabais antes!
Ante la cólera de la pequeña, François recuperó su sonrisa.
—¡Vamos, minina, no maúlles tan fuerte! ¿Sabes que la reina te llama ya «la gatita»?
—¿Os ha hablado de mí?
—Pues sí, pero ahora lo que quiero es hablarte de ella. Sin duda lo ignoras, Sylvie, pero está en peligro. El cardenal la odia y quiere su ruina. La rodea de espías...
—Lo sé. Mademoiselle de Hautefort, que es tan bella, me ha hablado.
—¡Oh, ella es la fidelidad misma! El rey estuvo muy enamorado, pero nunca se atrevió a propasarse lo más mínimo. Debo decir que ella jugó con él de una manera cruel, y no paraba de burlarse. Un día en que había recibido una nota que el rey deseaba leer a todo precio, la colocó de forma muy visible en su escote y lo desafió a recogerla...
—¿Y la cogió?
—Sí. Con las tenacillas de la chimenea. La bella Marie nunca se lo perdonó. Después apareció Mademoiselle de La Fayette, y él ya no se fijó más que en ella, hasta el punto de que sospecho que la reina siente celos. Sin embargo, sabe muy bien que la pobre muchacha nunca aceptará servir al cardenal en contra de ella. Como ama sinceramente al rey, se dice que piensa en el convento para no verse tentada a ceder a uno o al otro. ¡Ah, ahí está mi amigo Fiesque! Un muchacho encantador. Tengo que presentártelo...
Los despistes de Beaufort empezaban a ser célebres, pero Sylvie, que sabía desde hacía mucho tiempo a qué atenerse, le devolvió a la realidad:
—Me parece que vuestra intención era hablarme de la reina, no del señor de Fiesque. Así pues, ¿qué queríais decirme? —Su tono fue seco, y el duque pareció contrito.
—Perdóname. Quería pedirte que abrieras de par en par tus grandes y bonitos ojos y que me hicieras llegar un mensaje por medio de Jeannette cada vez que pase alguna cosa extraña. Que ella visite de vez en cuando la mansión de Vendôme no llamará la atención de nadie, y allí estará siempre de guardia uno de mis escuderos, Brillet o Ganseville. Ellos sabrán dónde encontrarme.
En su rincón junto a la ventana, François y Sylvie estaban tan absortos que no se dieron cuenta de que el rey entraba. Como estaban medio ocultos por los cortinajes, nadie vio que no lo saludaban. Sólo lo advirtieron cuando la voz de Luis XIII se elevó para abarcar todo el espacio del gran salón.
—Señoras —dijo el rey—, mañana marchamos a Fontainebleau. De camino, pernoctaremos en Villeroy.
—¡Misericordia! —gimió François —.¡Todos mis planes estropeados! ¡Fontainebleau! ¡En pleno mes de enero y con este frío! ¡Es para no creerlo!
—¿Vos no venís?
—¡No! Sólo marcharán las casas del rey y la reina. Para los demás, será precisa una invitación. Y a mí no me invitarán...
—¿Por qué razón pensáis que nos envían allá abajo?
—No tengo la menor idea. Tal vez el rey desea tener más ocasiones para estar a solas con Mademoiselle de La Fayette, y al mismo tiempo impedir que la reina vea a sus amigos parisinos. ¡Oh, no me gusta esto! ¡No me gusta en absoluto!
Parecía desolado, y Sylvie se apiadó de él.
—¿No podéis enviar a uno de vuestros escuderos a instalarse en un albergue de la villa, y hacérmelo saber?
—¿Y por qué no yo, después de todo?
—Seamos serios. Os será muy difícil pasar desapercibido. Un escudero bastará.
—De todas maneras, no estaré lejos. Gracias, mi querida pequeña, eres un ángel.
—¡Lo que es hacerse mayor! ¡Antes el ángel erais vos!
Y, sacando su pañuelo con un gesto gracioso para agitarlo ligeramente en señal de adiós, Mademoiselle de l'Isle fue a reunirse con el batallón de doncellas de honor, a las que el anuncio del viaje había convertido en una animada pajarera llena de parloteos.
5
Encuentros en el parque
Era cierto que el rey deseaba un poco más de intimidad con la joven a la que amaba, pero la política no estaba ausente de la súbita decisión de enviar a la corte a congelarse en un palacio de verano cuando en Saint-Germain habría estado igual de bien. Sylvie se convenció de ello al ver sumarse a la caravana real, ya de por sí impresionante, la gran litera roja que Richelieu, minado por la enfermedad, utilizaba para sus desplazamientos. Más espacioso que una carroza, el gran armatoste de color rojo ofrecía todas las comodidades de un dormitorio, pero así, rodeado de guardias con casacas púrpura, impresionó desagradablemente a la muchacha.
—Espectacular, ¿no es así? —dijo Mademoiselle de Hautefort, que viajaba en su mismo coche—. Su Eminencia posee un agudo sentido de la decoración y el drama. Utiliza su púrpura como un artista. Sin duda porque evoca la del verdugo, y a él le gusta atemorizar...
—¡Demasiado lo consigue! Pero encuentro magnífica la caravana real.
En efecto, era la primera vez que veía desplegarse, alrededor de las carrozas del rey y la reina, a los mosqueteros del señor de Tréville, cuya única función consistía en proteger al soberano en todos sus desplazamientos y que en cambio no formaban la guardia en sus distintas residencias. Eran todos ellos magníficos jinetes, y sus casacas azul Francia que llevaban bordada la cruz flordelisada sobre rayos de oro, más las plumas blancas de los sombreros grises y las gualdrapas a juego de los caballos, ofrecían un espectáculo de gran belleza.
La muchedumbre siempre presente cuando el rey salía de viaje les reservaba sus sonrisas y el calor de sus aplausos, y se mostraba más reservada con los guardias del cardenal. En cuanto a la caballería ligera y los suizos, apenas despertaban expectación. Sylvie, encantada con el espectáculo, aplaudió.
—Se diría que nunca habéis visto soldados —observó con desdén Mademoiselle de Chémerault—. Reaccionáis como una pueblerina.
La interpelada sintió rondar la mosca junto a su sensible oreja.
—¿Por qué? ¿Acaso son las pueblerinas las únicas que tienen buen gusto? Ya había visto a mosqueteros aislados, pero el conjunto es verdaderamente admirable.
—¡Puah! Soldados...
—Si preferís los clérigos, es asunto vuestro —la cortó Marie de Hautefort—. Os recuerdo que los mosqueteros son todos gentilhombres, y algunos de ellos parientes míos. ¡Vamos, dejad descansar vuestra lengua de víbora! Y Mademoiselle de l'Isle tiene razón: son espléndidos, como dicen los ingleses.
La Bella Bribona prefirió no entrar en conflicto con la dama de compañía y se volvió hacia Mademoiselle de Pons, dejando a Sylvie y Marie seguir su conversación.
—En resumidas cuentas —dijo la pequeña—, ¿qué vamos a hacer en Fontainebleau? ¿Lo sabéis vos?
—Sí. En cierto modo, corremos detrás de Monsieur. El año pasado, mientras el rey combatía con valor admirable al frente de sus ejércitos para hacer retroceder hasta Flandes a los españoles, Monsieur y el conde de Soissons, su fiel satélite, se dedicaban a una nueva trama para asesinar al cardenal. Sin embargo, fiel a sus viejas costumbres, llegado el momento Monsieur tuvo miedo y denunció a todo el mundo. El rey, de regreso a París, convocó a su hermano y su primo para pedirles explicaciones, pero Monsieur prefirió huir a Orleans, «su» villa ducal, en tanto que Soissons se batía en retirada hacia Sedán, donde el duque de Bouillon le ha ofrecido toda la comprensión que deseaba. Por lo que sé, Monsieur pretende reunirse con su primo y su señora madre, que también se ha puesto en camino hacia Sedán.