La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– ¡Parece que alguien ha encendido una hoguera!
Acto seguido, el coche desapareció con un estrépito.
En la confusión del momento y en su ansia desesperada de llegar hasta el incendio, de llamar a los bomberos, Tally no se preguntó quién sería aquel hombre y por qué, si el museo estaba cerrado, se encontraba allí, para empezar. Sin embargo, sus últimas palabras evocaron en ella algo terrible; la voz y las imágenes se fundieron en un instante de horrorizado reconocimiento: habían sido las palabras del asesino Alfred Arthur Rouse mientras éste se alejaba tranquilamente del coche en llamas donde su víctima ardía hasta la muerte.
Al tratar de montarse en la bicicleta, Tally advirtió que ésta había quedado inservible. La rueda delantera estaba torcida. Arrojó el vehículo de nuevo contra el suelo y echó a correr hacia el incendio; su corazón palpitaba al compás del repiqueteo acelerado de sus pies. Observó antes incluso de llegar al garaje que éste era el foco del incendio; el techo ardía, y las llamas más altas procedían del pequeño grupo de abedules plateados que crecían a la derecha del garaje. Los oídos le zumbaban por el silbido del viento, el crepitar del fuego y las pequeñas explosiones, semejantes a balazos, de las ramas encendidas. Éstas salían despedidas de las copas de los árboles y, tras recortarse por un instante contra el oscuro cielo caían carbonizadas a sus pies.
Al llegar a la puerta abierta del garaje, quedó paralizada por el terror.
– ¡Oh, no! ¡Dios mío, no! -exclamó. Una nueva ráfaga de aire se llevó de un plumazo aquel grito angustiado; Tally sólo pudo contemplar la escena unos segundos antes de cerrar los ojos, pero sabía que nunca lograría borrar de su mente aquel espectáculo dantesco. No sintió el impulso de entrar a intentar salvar a alguien, pues no había nadie a quien salvar. El brazo que asomaba por la puerta abierta del coche, tan rígido como si fuera el de un espantapájaros, había sido carne, músculos, venas y sangre palpitante, pero ya no lo era. La bola renegrida que se veía a través del parabrisas hecho añicos y la sarta de dientes blancos que relucía entre la carne calcinada habían sido una cabeza humana, pero habían dejado de serlo.
De pronto le vino a la mente una imagen vivida, una ilustración que había visto en sus libros sobre Londres, de las cabezas de los traidores ejecutados clavadas en la punta de unos palos en el puente de Londres. El recuerdo le provocó unos segundos de desconcierto, el convencimiento de que aquello no estaba ocurriendo ahí ni en ese momento, sino que se trataba de una alucinación procedente de otros siglos en una confusión de horror real y a la vez imaginario. El momento pasó y Tally volvió a tomar conciencia de la realidad. Tenía que llamar a los bomberos, y rápido. Su cuerpo parecía un peso muerto clavado en la tierra, sentía los músculos rígidos como el hierro. Pero eso también pasó.
Más tarde no recordaría haber llegado a la puerta de la casa. Se quitó los guantes, los arrojó al suelo, palpó el frío metal de su manojo de llaves en el bolsillo interior del bolso y trató de hacer frente a las dos cerraduras. Mientras maniobraba con la llave de seguridad, se dijo en voz alta:
– Tranquila, tranquila. -De pronto se tranquilizó. Todavía le temblaban las manos, pero el terrible galopar de su corazón se había sosegado, y consiguió abrir la puerta.
Una vez dentro de la casa, fue ganando lucidez con cada segundo que pasaba. Aún no lograba controlar el temblor de sus manos, pero al fin tenía la mente despejada. Lo primero que debía hacer era llamar a los bomberos.
Atendieron su llamada al 999 en cuestión de segundos, pero la espera posterior se le hizo interminable. Cuando una voz femenina le preguntó qué servicio necesitaba, ella respondió:
– Los bomberos, por favor, y es muy urgente. Hay un cuerpo en un coche en llamas. -Al oír una segunda voz, masculina esta vez, proporcionó con mucha calma los detalles necesarios y luego suspiró aliviada al colgar el auricular. No se podía hacer nada por aquel cuerpo carbonizado, por muy rápido que llegase el camión de bomberos; sin embargo, muy pronto acudirían en su auxilio agentes, expertos…, la gente cuya labor consistía en enfrentarse a esa clase de problemas, y le quitarían de encima un terrible peso de responsabilidad e impotencia.
A continuación debía telefonear a Marcus Dupayne. Bajo el teléfono que tenía en su pequeño escritorio de roble, guardaba una tarjeta dentro de una funda de plástico con todos los nombres y números de teléfono a los que podía llamar en caso de emergencia. Hasta una semana antes, el nombre de Caroline Dupayne había encabezado esa lista, pero había sido la propia señorita Caroline quien le había dado instrucciones de que, ahora que Marcus Dupayne se había retirado, era él quien debía ser informado primero ante cualquier emergencia. Había reescrito la tarjeta con su caligrafía clara y cuidadosa y en ese momento estaba marcando el número.
Una voz femenina respondió casi de inmediato.
– ¿La señora Dupayne? -preguntó Tally-. Soy Tally Clutton, del museo. ¿Puedo hablar con el señor Dupayne, por favor? Llamo porque ha habido un terrible accidente.
– ¿Qué clase de accidente? -inquirió la voz con aspereza.
– Se ha producido un incendio en el garaje. He llamado a los bomberos y ahora estoy esperándolos. ¿Podría venir urgentemente el señor Dupayne, por favor?
– No está aquí. Ha ido a ver a Neville a su piso de Kensington. -La voz volvió a sonar brusca-: ¿Está el Jaguar del señor Dupayne ahí?
– En el garaje. Lamento decirle que al parecer hay un cuerpo dentro.
Se produjo un silencio, como si se hubiese cortado la comunicación. Tally ni siquiera era capaz de percibir la respiración de la señora Dupayne. Quería que la mujer colgase para poder llamar a Caroline Dupayne. No había sido así como pensaba comunicar la noticia.
La señora Dupayne habló al fin. Su tono era apremiante, autoritario, y no admitía discusión.
– Compruebe si está ahí el coche de mi marido. Es un BMW azul. Vaya enseguida. Esperaré.
Era más rápido obedecer que discutir con ella. Tally rodeó la parte de atrás de la casa hacia el aparcamiento, detrás de su escudo de arbustos y laureles. Sólo había un coche allí, el Rover del doctor Neville. Una vez de regreso en la casa, cogió a toda prisa el receptor.
– No hay ningún BMW, señora Dupayne.
Nuevo silencio. Esta vez Tally creyó detectar una breve inhalación, un leve suspiro de alivio. Acto seguido, la voz habló con más calma.
– Se lo diré a mi marido en cuanto vuelva. Esta noche tenemos invitados a cenar, de modo que no creo que tarde. No puedo llamarlo al móvil porque lo desconecta cuando conduce. Mientras, llame a Caroline -añadió, y colgó.
Tally no necesitaba que le dijera que debía informar a la señorita Caroline. En esta ocasión tuvo más suerte. Al llamar al teléfono de la escuela le respondió el contestador, y Tally sólo esperó a las primeras palabras del mensaje grabado de Caroline antes de colgar el auricular y probar con el móvil de ésta. La respuesta a su llamada fue rápida. Tally se sorprendió de la forma tranquila y sucinta con que fue capaz de transmitir las noticias.
– Soy Tally, señorita Caroline. Lamento decirle que ha ocurrido algo terrible: el coche del doctor Neville y el garaje están en llamas y el fuego se está propagando a los árboles. He llamado a los bomberos y he intentado hablar con el señor Marcus, pero no está. -Hizo una pausa y de pronto soltó lo que era casi inexpresable-: ¡Me parece que hay un cuerpo dentro del coche!
Era extraordinario que la voz de la señorita Caroline pudiese sonar tan normal, tan controlada.
– ¿Está diciendo que alguien ha muerto abrasado en el interior del coche de mi hermano?
– Eso me temo, señorita Caroline.
– ¿Quién es? -preguntó Caroline en tono súbitamente perentorio-. ¿Es mi hermano?