La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Se nota que conoces a las mujeres -dijo Lucile, estremeciéndose.
En aquel momento llegó el coche. Los caballos aguardaron pacientemente, pateando el suelo; Théodore se colocó de espaldas a ellos, observando la calle con gran interés.
– Escucha -dijo Lucile-, acudimos a esta iglesia porque mi madre siente debilidad por uno de los sacerdotes. Lo considera un hombre muy espiritual, casi un santo.
Théodore se giró y abrió la portezuela del coche.
– Es el abate Laudréville -prosiguió Lucile-. Viene a casa tres veces a la semana para hablar con mi madre y confortarla. Opina que mi padre carece por completo de sensibilidad. No dejes de escribirme.
Lucile cerró la portezuela del coche y se asomó por la ventanilla.
– Imagino que sabrás conquistarte a un anciano sacerdote. Entrégale las cartas y él me las traerá. Si acudes a la misa vespertina, el abate te entregará las mías.
Théodore cogió las riendas.
– Te hará bien asistir a misa -dijo Lucile.
Noviembre: Camille está en el Café du Foy, hablando atropelladamente.
– Mi primo De Viefville me habló en público. Estaba ansioso de contarle a alguien lo sucedido. Según parece, el Rey se quedó medio dormido, como de costumbre. El guardasellos dijo que se convocaría a los Estados Generales, pero no hasta 1792…
– La culpa la tiene la Reina.
– Baja la voz.
– Los asistentes protestaron y se negaron a registrar los edictos, tal como deseaba el Rey. Poco antes de proceder a la votación, el guardasellos se dirigió al Rey y le habló al oído, pero el Rey insistió en que los edictos debían ser registrados.
– ¿Pero cómo puede…?
– Chitón.
Camille observó a sus contertulios. Era consciente de que se había producido de nuevo un hecho singular: había dejado de tartamudear.
– Entonces se levantó Orléans, pálido como la cera, según me contó De Viefville. El duque dijo: «No podéis hacer eso. Es ilegal.» El Rey se puso muy nervioso y gritó: «Es legal porque yo lo deseo.»
Las palabras de Camille suscitaron de inmediato unos murmullos de protesta e indignación. En aquellos momentos, Camille sintió el deseo de destruir su caso; era un buen abogado, sin duda podría conseguirlo. Pero era demasiado honesto.
– Escuchad -dijo-, eso es lo que dijo De Viefville que dijo el Rey. Pero no sabemos si es cierto. No acaba de convencerme. Si alguien quisiera provocar una crisis constitucional, eso es exactamente lo que querrían que dijera el Rey. En realidad, el Rey no es mal hombre… Es probable que no dijera eso, que hiciera alguna broma…
D’Anton notó que Camille había dejado de tartamudear y que se expresaba con gran soltura.
– Venga, acaba de una vez -dijo alguien.
– Los edictos fueron registrados. El Rey se marchó. En cuanto desapareció, los edictos fueron anulados y borrados de los libros. Dos miembros del Parlamento fueron arrestados. El duque de Orléans se encuentra exiliado en sus propiedades de Villers-Cotterêts. Mi primo De Viefville me ha invitado a almorzar con él.
El otoño pasó. Según decía Annette, si el techo se hundiera, uno no se limitaría a llorar y gemir sino que trataría de rescatar lo que pudiera de entre los escombros. La perspectiva de lo que se disponía a hacer Camille, respecto a su hija y a ella misma, era demasiado atroz para resistirla. Así pues, Annette lo aceptó del mismo modo que una persona que padece una enfermedad mortal acaba aceptándolo; a veces, deseaba estar muerta.
V. Una nueva profesión
Nada cambia. Nada es nuevo. Persiste una atmósfera de crisis. La sensación de que algo está a punto de reventar. Pero no sucede nada. El buque del Estado se hunde, hemos alcanzado un punto sin retorno, las instituciones se desmoronan… Sólo el cliché prospera.
En Arras, Maximilien de Robespierre afronta el Año Nuevo triste y malhumorado. Se ha enemistado con el poder judicial local. No tiene dinero. Ha dimitido de la sociedad literaria porque considera que la poesía se ha vuelto obsoleta. Trata de reducir sus compromisos sociales porque le cuesta mostrarse educado con los engreídos, los arribistas y los mezquinos que componen la alta sociedad de Arras. Las conversaciones intrascendentes han dado paso a comentarios sobre las novedades del día, y Maximilien contiene el deseo de sonreír y disimular. Cada vulgar disputa se convierte en una ofensa, cada punto concedido en los tribunales se convierte en una derrota. La ley prohíbe los duelos, pero no los duelos mentales. No puedes desligar las ideas políticas de las personas que las sostienen, le dice a su hermano Augustin. Si lo haces, demuestras que no te tomas la política en serio.
De alguna manera, sus pensamientos se reflejan en su rostro, pero ello no impide que la gente lo siga invitando a una gira campestre o a una velada teatral. No comprenden que todo eso no le interesa. Maximilien intenta ser diplomático, para no ofender a nadie; a fin de cuentas, es muy fácil comportarse como el muchacho bueno y educado que ha sido siempre.
La tía Henriette y la tía Eulalie siguen asfixiándolo con sus muestras de cariño, tratando de complacerle. La hijastra de la tía Eulalie, Anaïs, es muy bonita, y está enamorada de él. ¿Por qué no me caso con ella?, se pregunta Maximilien. Porque el año que viene es posible que el Rey convoque a los Estados Generales, y quizá tenga que marcharme.
En Navidad los Charpentier se instalaron en su nueva casa en Fontenay-sous-Bois. Echan de menos el café, pero no el barro, el ruido y las gentes maleducadas de la ciudad. El aire del campo, según dicen, les ha rejuvenecido. Gabrielle y Georges-Jacques van a visitarlos cada domingo. Es evidente que son muy felices. El niño dispondrá de suficiente ropa para vestir a siete bebés y recibirá más atenciones que el Delfín. Georges-Jacques está pálido, parece cansado. Debería pasar un mes en Arcis, pero está muy ocupado. Lleva todos los asuntos legales de la administración de rentas, pero afirma que necesita otra fuente de ingresos. Le gustaría comprar unos terrenos, pero afirma que no dispone de capital. Dice que no puede partirse en dos, que todo tiene un límite, pero sin duda exagera. Todos nos sentimos muy orgullosos de Georges.
En el Tesoro, Claude Duplessis trata de mostrarse alegre y optimista, dadas las circunstancias. El año pasado, durante un período de cinco meses, Francia tuvo tres ministros de Finanzas sucesivos, todos los cuales hacían las mismas absurdas preguntas y exigían que les suministraran una enorme cantidad de datos inútiles. A veces, al despertarse por las mañanas, a Claude le cuesta trabajo recordar para quién trabaja. Dentro de poco pedirán al señor Necker que vuelva a ocupar el cargo de ministro, para que nos siga dando la tabarra sobre lo de no perder las esperanzas. Si la gente se empeña en considerar a Necker una especie de Mesías, quién soy yo, un humilde funcionario, para llevarle la contraria… Ninguno de los que trabajan en el Tesoro cree que la situación tenga remedio.
Claude confiesa a un colega que su hermosa hija quiere casarse con un insignificante abogado de provincias, un tartamudo muerto de hambre que además tiene mala fama. Su colega trata inútilmente de reprimir la risa.
El déficit asciende a ciento sesenta millones de libras.
Camille Desmoulins vivía en la rue Sainte-Anne con una muchacha cuya madre pintaba retratos.
– Ve a ver a tu familia -le insistía la joven-. Es Año Nuevo.
Le hubiera gustado tener las manos de su madre para hacerle un retrato. Pero no es fácil hacer un retrato de Camille. Es más fácil retratar al tipo de hombre que está de moda, corpulento, perfectamente peinado, consciente de su donaire. Camille es demasiado inquieto, se mueve constantemente. La joven sabe que va a abandonarla, que no puede retenerlo, pero no obstante desea ayudarlo.