La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Pero se trata de personas -dijo Gabrielle tímidamente-. No veo la necesidad de poner en cuestión todo el sistema.
– Lo que debemos preguntarnos es si éste puede durar -contestó D’Anton-. La respuesta es no. Dentro de doce meses, nuestras vidas serán muy distintas.
Luego cerró la boca con firmeza, pues comprendió que le estaba hablando de cosas que a las mujeres no les interesan. No quería aburrirla ni disgustarla.
Philippe, el duque de Orléans, se está quedando calvo. Sus amigos -o los que aspiran a convertirse en sus amigos- se han afeitado la parte frontal de la cabeza para que dé la sensación de que la alopecia del duque es una moda, un capricho. Pero por mucho que se esfuercen, no pueden ocultar la verdad.
El duque ha cumplido cuarenta años. Se dice que es uno de los hombres más ricos de Europa. La dinastía de los Orléans constituye la rama menor de la familia real, y sus príncipes no suelen llevarse bien con sus augustos primos. El duque no está de acuerdo en nada con el Rey.
La vida de Philippe, hasta el momento, no había sido afortunada. Estaba tan malcriado que parecía como si sus padres y tutores lo hubieran hecho adrede, para desacreditarlo e impedir que se dedicara a la política. Cuando se casó, y apareció en la Opéra con la nueva duquesa, el gallinero estaba atestado de prostitutas vestidas de luto.
Philippe no es estúpido, pero es muy susceptible y un tanto neurótico. En estos momentos se queja de que el Rey se mete continuamente en su vida privada. Le abren la correspondencia y unos policías y espías del Rey le siguen a todas partes. Tratan de romper su amistad con su amigo el príncipe de Gales e impedir que visite Inglaterra, país del que ha importado un nutrido número de mujeres y caballos de carreras. Los amigos de la Reina lo calumnian continuamente e intentan ponerlo en ridículo. Su único delito es ocupar una posición cercana a la Corona. Le cuesta trabajo concentrarse, y nadie puede pretender que lea el destino de la nación en una hoja de balance; pero no es necesario decirle a Philippe de Orléans que no existe libertad en Francia.
Entre las numerosas mujeres que ha habido en su vida destaca una, que no es precisamente la duquesa. Félicité de Genlis se había convertido en su amante en 1772, y para demostrarle la firmeza de sus sentimientos, el duque se hizo tatuar cierto objeto en el brazo. Félicité es una mujer dulce, pero de carácter enérgico. Escribe libros. Apenas existe un rincón de la experiencia humana que no haya explorado con su increíble pedantería. Impresionado, asombrado, hechizado, el duque le ha encomendado la educación de sus hijos. Philippe y Félicité tienen una hija, Pamela, una hermosa e inteligente joven que hacen pasar por huérfana.
Tanto el duque como sus hijos manifiestan hacia Félicité respeto, obediencia y adoración; la duquesa se limita a aceptar su estatus y sus poderes. Félicité tiene, por supuesto, un marido, Charles Alexis Brulard de Sillery, conde de Genlis, un apuesto ex oficial de la Marina con un brillante historial militar. Es amigo de Philippe; forma parte de su pequeño ejército de organizadores y lameculos. Todos estaban convencidos de que el suyo había sido un matrimonio por amor. Ahora, al cabo de veinticinco años, Charles es todavía un hombre apuesto y elegante, que dedica cada hora del día y de la noche a su pasión favorita, el juego.
Félicité ha conseguido incluso reformar al duque, moderando ciertos excesos y encauzando su dinero y sus energías por otros caminos más convenientes. Actualmente, a sus cuarenta años muy bien llevados, es una mujer alta, con el pelo rubio oscuro, de ojos castaños y rasgos pronunciados. Ha cesado su intimidad física con el duque, pero ahora se dedica a elegir a sus amantes y a enseñarles cómo deben comportarse. Está acostumbrada a ser el centro de atención, a que todos le pregunten su opinión y le pidan consejo. No soporta a María Antonieta, la esposa del Rey.
La frivolidad de la Corte ha producido una especie de vacío cultural en la nación. Félicité está convencida de que Philippe y su corte pueden llenarlo. No es que tenga ambiciones políticas para el duque, pero resulta que muchos intelectuales, artistas y eruditos, mucha gente cuya amistad resultaría agradable cultivar, son hombres de talante liberal, inteligentes, que aspiran a que la situación cambie, y el duque coincide plenamente con ellos. En este año, 1787, ha reunido a su alrededor a varios jóvenes, en su mayoría aristócratas y con una vaga sensación de que sus ambiciones se han visto truncadas, que sus vidas no han sido satisfactorias. Así pues, han decidido que el duque, que los comprende perfectamente, sea su líder.
El duque desea ser un hombre para el pueblo, sobre todo el pueblo de París; desea conocer sus problemas y angustias. Ha instalado a su corte en el centro de la ciudad, en el Palais-Royal. Ha cedido los jardines al público y ha arrendado los edificios como tiendas, burdeles, cafés y casinos. Así pues, Philippe, el bueno de Philippe, el padre de su pueblo se halla en el epicentro de la fornicación, los rumores, los robos y las peleas callejeras. Sólo que nadie lo proclama todavía a voz en grito; aún no ha llegado el momento.
En el verano de 1787, Philippe se dispone a emprender unas maniobras de prueba. En noviembre, el Rey decide reunirse con el obstructivo Parlamento en una sesión real para conseguir que se registren los edictos que sancionen el préstamo al Estado. Si no se sale con la suya, se verá obligado a convocar a los Estados Generales. Philippe se dispone a enfrentarse a la decisión real -como diría De Sillery-, de costado.
Camille vio unos instantes a Lucile frente a la iglesia de Saint-Sulpice, donde había acudido para oír misa.
– Nuestro coche está ahí enfrente -dijo ella-. Nuestro cochero, Théodore, suele estar de mi parte, pero no podemos entretenernos.
– Espero que tu madre no esté en el coche -dijo Camille, alarmado.
– No, se ha quedado en casa refunfuñando. A propósito, he oído decir que participaste en una revuelta.
– ¿Quién te lo ha dicho?
– Un tal Charpentier se lo contó a Claude. Como puedes imaginar, Claude está encantado.
– Hace un día horrible. Vas a resfriarte -dijo Camille.
Lucile tenía la impresión de que Camille deseaba que se fuera.
– A veces -dijo Lucile- sueño que vivo en un país donde hace sol. Como Italia. Después pienso que debo permanecer en casa, aunque tenga que pasarme la vida tiritando. No quiero renunciar al dinero que mi padre ha reservado para mi dote. Sería una ingrata. Podemos casarnos cuando queramos. Luego iremos a Italia de vacaciones. Necesitaremos unas vacaciones después de la lucha que tendremos que sostener contra ellos. Podríamos alquilar unos elefantes y atravesar los Alpes.
– ¿De modo que estás resuelta a casarte conmigo?
– Pues claro -contestó Lucile, mirándolo asombrada. ¿Es posible que se hubiera olvidado de comunicárselo, cuando era lo único en que pensaba desde hacía varias semanas? ¿Es posible que se lo hubiera dicho y Camille lo hubiera olvidado?-. Camille…
– Muy bien -dijo él-. Pero si pretendes que alquile unos elefantes, debo estar seguro de tus intenciones. Quiero que me lo jures solemnemente. Di «lo juro por los huesos del abate Terray.»
Lucile se echó a reír.
– Siempre nos hemos tomado muy en serio al abate Terray.
– Claro, por eso quiero que me lo jures por sus huesos.
– De acuerdo. Te lo juro por los huesos del abate Terray. Te juro que me casaré contigo, pase lo que pase, a despecho de lo que digan los demás, aunque se hunda el mundo. Me gustaría besarte, pero temo que Théodore tenga remordimientos de conciencia y se apresure a venir a recogerme.
Lucile le tendió la mano.
– Al menos quítate el guante -dijo Camille.
Lucile se quitó el guante y le ofreció la mano. Supuso que le besaría la punta de los dedos, pero Camille retuvo su mano unos segundos en la suya y luego oprimió los labios sobre la palma de la mano. Nada más. No la besó, tan sólo oprimió los labios sobre la palma de su mano.