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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– ¿Remordimientos? -Héctor imaginó a Gina, medio borracha, despechada, observando a Marc sentado en el alféizar de la ventana. Caminando hacia él, poseída por el rencor, empujándolo antes de que él se volviera hacia ella y le hiciera flaquear en su decisión. Eso tenía sentido. Lo que no conseguía creer era que esa misma chica hubiera bajado luego a acostarse en la cama del chico al que amaba y al que acababa de matar y se hubiera quedado allí, dormida o no, como si nada hubiera ocurrido. No creía que Gina Martí hubiera sido capaz de actuar con esa frialdad.

– Inspector Salgado, me habían dicho que estaba de vacaciones. -La forense, una mujer menuda y vivaracha, célebre por su eficacia y su lengua viperina, se dirigió hacia ellos e interrumpió sus pensamientos.

– La echaba de menos, Celia.

– Pues para echarme tanto de menos llega tarde. Le estábamos esperando por si quería verlo. -Miró hacia el interior con la inexpresividad de quien lleva años examinando cadáveres: viejos, jóvenes, sanos y enfermos-. ¿He oído que hay una nota de suicidio?

– Sí.

– Pues entonces tengo poco que añadir. -Pero su tono, su ceño fruncido, indicaban otra cosa.

Héctor entró en el baño y contempló el cuerpo sin vida de la pobre Gina. Recordó de repente su estallido en el sofá, cuando anunció a voz en grito que ella y Marc se querían ante la mirada condescendiente de su madre. Había detectado en ese momento un destello de triunfo en su voz; Marc no estaba ya para contradecirla, ella podía aferrarse a ese amor, fuera real o no. Con el tiempo, ante personas ajenas a todo ese asunto, incluso habría cambiado su relato; habría desterrado de él el rechazo de Marc en su última noche, lo habría transformado en el joven enamorado que le daba un beso, le decía cariñosamente «espérame despierta, no tardaré», y luego se precipitaba al vacío en un accidente nunca explicado.

– La agente Castro me ha dicho que la interrogaron ayer. ¿Les pareció una chica decidida? ¿Segura de sí misma?

¿Decidida? Héctor dudó sólo un instante. La voz de Leire fue más tajante:

– No. En absoluto.

– Pues en ese caso tenía buen pulso. Miren. -Celia Ruiz se dirigió a la bañera y, sin pensárselo dos veces, sacó la mano derecha del agua-. Un único corte, profundo y firme. El otro es igual. Los suicidas adolescentes suelen hacerse varios cortes hasta atreverse con el definitivo. Ella no; tenía claro lo que quería y no le tembló la mano. Ninguna de las dos.

– ¿Podemos retirar ya el cadáver? -preguntó un agente.

– Por mí sí. ¿Inspector Salgado?

El asintió y se apartó de la bañera para dejar pasar a los otros.

– Gracias, Celia.

– De nada. -Héctor y Leire ya salían por la puerta cuando Celia añadió-: Tendrán el informe completo el lunes, ¿de acuerdo?

– A sus órdenes. -Héctor le sonrió-. Vamos a su habitación. Quiero ver esa nota.

Leire acompañó al inspector. La caja con los peluches estaba en el mismo rincón donde la agente la había visto la tarde anterior. Sobre la mesa, al lado del ordenador, había un vaso con restos de zumo.

– Ahora les digo a los chicos que se lo lleven al laboratorio, por si encuentran algo. -Con las manos protegidas por unos guantes, Leire movió el ratón y la pantalla del ordenador volvió a la vida. Había un texto breve, escrito con letras grandes: «No puedo más, tengo ke hacerlo… los remordimientos no me dejan en paz»-. Hay algo más.

Leire minimizó el texto y maximizó otra página. Lo primero que vio Héctor fue la foto borrosa de una niña y, justo debajo otra, en blanco y negro, que mostraba a una joven de cabellos rubios agitados por el viento. Leire fue subiendo con el cursor hasta llegar al inicio de la página. Un encabezamiento simple, típico de los formatos de blog, anunciaba: Cosas mías (sobre todo porque no creo que le interesen a nadie!). Al lado, una pequeña foto revelaba que ése era el blog de Marc Castells. Pero lo que más llamó la atención a Héctor Salgado fue la entrada del blog que estaba leyendo Gina antes de morir, fechada el 20 de junio. La última que había escrito Marc antes de morir. Era muy breve, apenas unas cuantas líneas: «Todo está preparado. Se acerca la hora de la verdad. Si el fin justifica los medios, la justicia avala lo que vamos a hacer. Por Iris».

– El nombre me resultaba familiar de la lista de llamadas de Marc, y el texto es de lo más extraño.

Héctor pensó en el mensaje de Joana. Siempreiris…

– Nos lo llevamos. -Antes de cerrar, vio que el blog de Marc no tenía muchos seguidores; de hecho, sólo dos: gina m. y Siempreiris-. Hay que hablar con los Martí. Luego nos ocuparemos de esto.

Mientras bajaban, puso al corriente a Leire de su conversación con Joana Vidal.

– La tal Iris que firmaba el mensaje le pedía que no la mencionara a nadie hasta que pudieran verse en persona. Creo que será mejor que sigamos sus instrucciones, por el momento. Espero que el domingo nos cuente algo importante.

Leire asintió.

– Inspector, ¿qué piensa de todo esto?

Héctor permaneció unos instantes con la mirada perdida.

– Pienso que está muriendo demasiada gente joven. -Volvió la cabeza hacia la habitación de la que acababan de salir-. Y pienso que hay muchas cosas que no sabemos.

– Si le digo la verdad, Gina Martí no me pareció del tipo suicida. Estaba triste, sí, pero al mismo tiempo tuve la impresión de que estaba… disfrutando con su papel. Como si la muerte de Marc la hubiera elevado a la categoría de protagonista.

– Las protagonistas también mueren a veces -repuso él-. Y tal vez el problema de Gina no fuera la depresión, sino el sentimiento de culpabilidad.

Leire negó con la cabeza.

– No acabo de verla empujándolo por la espalda sólo porque él no la correspondía. Eran amigos desde niños… Cualquiera ha podido teclear esa nota.

– Las amistades pueden retorcerse a veces de manera insospechada.

– ¿Cree que lo mató por amor? -preguntó ella con un deje de ironía.

En ese momento, un sollozo histérico seguido de un rumor de pasos se elevó hacia ellos. Regina, que no había pronunciado ni una sola palabra en toda la noche, rompió en un llanto sonoro e incontrolable cuando los agentes sacaron a Gina de la bañera, colocada sobre una camilla y completamente cubierta por una sábana blanca.

Savall los esperaba al final de la escalera, junto a la puerta que daba a la sala. Resultaba obvio que tenía unas ganas enormes de marcharse.

– Salgado, ¿te ocupas de esto? No creo que podáis hablar con los Martí esta noche.

Hasta ellos llegó la voz tensa y ronca de Regina: -No quiero un calmante. ¡No quiero calmarme! Quiero ir con Gina. ¿Adónde se la llevan? -Regina se zafó de los brazos de su marido y caminó hacia la puerta. La vieron ir, casi corriendo, en pos de los agentes. Pero al llegar a la puerta se detuvo, como si una barrera invisible le impidiera cruzarla. Se le doblaron las rodillas y habría caído al suelo de no haber sido por Héctor, que estaba a su espalda.

Su marido se le acercó con el paso vacilante de un anciano y miró a los agentes con ojos que revelaban una hostilidad arraigada. Por una vez, a Salvador Martí le fallaron las palabras y sólo exigió:

– ¿Pueden dejarnos en paz por hoy? Mi esposa necesita descansar.

Parecía mentira que la calle estuviera tan tranquila, tan ajena al drama que se desarrollaba a sólo unos metros. Si los fines de semana de verano el barrio ya se quedaba vacío, en ése, tras los días de calor infernal, se había provocado un éxodo casi absoluto. Ni siquiera la lluvia de la tarde había conseguido disuadir a nadie. Un señor de mediana edad paseaba un perro de raza indefinida por el centro de Via Augusta; tiendas cerradas, cafeterías a oscuras, huecos para aparcar en ambos lados de la calle. Un panorama de sosiego que sólo quedaba truncado por las luces azules de los coches de policía que se alejaban sin hacer ruido, destellos silenciosos que se llevaban consigo los últimos restos de la tragedia.

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