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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– Lo sé. Eso es precisamente lo que quiero evitar. Tengo que saber la verdad. Ya sé que te parecerá contradictorio, y como mi ex se empeña en recordarme cada vez que me ve, es un interés que llega tarde. Pero no voy a retirarme sin saber qué pasó.

– Tal vez fuera un accidente. Debes contar con eso.

– Cuando podáis asegurarme que fue un accidente, os creeré. De verdad.

Ambos bebieron a la vez. El hielo se deshacía, y tanto el gin-tonic como la conversación fluían mejor. Joana tomó aire y se decidió a confiar en ese inspector de aspecto melancólico y ojos amables.

– El otro día recibí otro correo electrónico. -Buscó en el bolso y sacó el papel impreso-. Léelo.

From: siempreiris@gmail.com

To: joanavidal@gmail.com

Asunto:

Hola… Disculpe que le escriba, pero no sabía a quién acudir.

Me he enterado de lo que ha pasado y creo que deberíamos vernos. Es importante que no le diga nada a nadie hasta que usted y yo hablemos en persona. Por favor, hágalo por Marc, sé que habían empezado a escribirse y espero poder confiar en usted.

Volaré hasta Barcelona desde Dublín el próximo domingo por la mañana. Me gustaría ir a verla enseguida y contarle algunas cosas sobre Marc… y sobre mí.

Muchas gracias,

Siempreiris

Héctor levantó la cabeza de la hoja de papel. -No lo entiendo. -Los cabos de ese caso parecían multiplicarse, apuntar hacia direcciones distintas, ninguna definitiva. Si media hora antes estaba bastante seguro de que la pelea entre Aleix y Marc estaba relacionada con asuntos de drogas, ahora aparecía ese nombre de nuevo, Iris. Había una tal Iris en el móvil de Marc-. Siempreiris. Es una extraña forma de firmar un correo, ¿no crees? Como si ése no fuera su nombre. Como si fuera una especie de homenaje.

Joana cogió el gin-tonic, le temblaba un poco la mano. Se lo acercó a los labios, pero no llegó a beber. La tertulia de la barra estaba alcanzando cotas de discusión apasionada.

– Estuve a punto de decírselo a mi ex marido ayer. De preguntarle si sabía algo de esa Iris, si el nombre le resultaba familiar. Se mostró tan cruel, que pensé que era mejor no hacerlo. Además, esa chica me pedía que no se lo contara a nadie, como si corriera peligro, como si escondiera algo… -Has hecho bien en decírmelo -le aseguró Héctor. -Eso espero. -Joana sonrió-. Apenas puedo reconocer a Enric. ¿Quieres saber una cosa? Cuando éramos novios pensé que estaría con él toda la vida. -¿Eso no lo pensamos todos?

– Supongo que sí. Pero todo cambió tanto cuando nos casamos…

– ¿Por eso te fuiste?

– Por eso, y porque la idea de ser madre me aterraba.

Joana apuró el gin-tonic y volvió a dejarlo en la mesa.

– Suena fatal, ¿verdad?

– El miedo es humano. Sólo los estúpidos son inmunes a él.

Ella se rió.

– Buen intento, inspector Salgado. -Miró hacia la puerta-. ¿Te importa si vamos a dar una vuelta? Creo que ya ha dejado de llover. Necesito que me dé el aire.

La lluvia había dado una capa de brillo a una ciudad que se preparaba para el fin de semana. Corría una brisa leve, nada especial, pero entre eso y las calles mojadas se respiraba un frescor que era de agradecer tras esos días de intenso bochorno. Héctor y Joana empezaron a callejear sin rumbo, caminaron hacia plaza Espanya y una vez allí oyeron una animada música étnica que procedía de la zona del palacio de Montjuïc, donde al parecer se celebraba una de esas fiestas de verano. Quizá se sentían a gusto el uno con el otro, quizá ninguno de los dos tenía muchas ganas de volver a una casa vacía; lo cierto es que ambos, de común y tácito acuerdo, encaminaron sus pasos hacia la música. Anochecía, y el escenario iluminado los atrajo. En el camino, puestos de empanadas, tacos y mojitos hechos a granel ofrecían sus productos entre banderas de colores y charcos de agua. Los responsables de los puestos intentaban poner buena cara al mal tiempo, pero era obvio que la lluvia había aguado parte de la fiesta.

– ¿Puedo preguntarte si estás casado? -dijo ella, mientras un grupo de salsa llenaba el escenario de sensuales bailes tropicales.

– Lo estuve.

– ¿Otra víctima del desamor?

– ¿Y quién no?

Ella se rió. Hacía tiempo que no estaba tan a gusto con alguien. El se detuvo frente a uno de los puestos y pidió un par de mojitos.

– No deberías, inspector. No se debe invitar a una mujer soltera a más de una copa.

– Chis, baja la voz. -Al ir a pagar sacó el móvil del bolsillo y vio que había tres llamadas perdidas que habían pasado desapercibidas con los acordes caribeños-. Disculpa un momento -dijo, y se apartó unos pasos-. ¿Qué? Perdona, estoy en la calle y hay mucho ruido. Por eso no oí el móvil. ¿Qué? ¿Cuándo? ¿En su casa? Voy para allá.

Joana dirigió la mirada hacia el escenario, con los dos mojitos en la mano. Al fondo, las fuentes de Montjuïc lanzaban sus chorros de colores, y la calle empezaba a llenarse de gente que, como ellos, había decidido unirse a la fiesta después de la lluvia. El mojito estaba aguado. Dio un largo sorbo y le tendió el otro vaso a Héctor, con un gesto casi de coquetería, pero su sonrisa se esfumó al ver la expresión de su rostro.

Capítulo 21

La casa de los Martí parecía invadida por una tropa de soldados cautos, que hablaban en voz baja y realizaban las tareas pertinentes con cara de circunstancias. En la sala, un severo Lluís Savall daba órdenes escuetas a sus hombres mirando de reojo a Salvador Martí y a su mujer, que, pese a estar sentados uno al lado del otro en el oscuro sofá, daban la impresión de hallarse a kilómetros de distancia. El tenía la mirada clavada en la puerta; ella permanecía tensa, envarada por una fuerza interior, y sus ojos secos y enrojecidos delataban una mezcla de incredulidad y dolor. En esa estancia cerrada el horror estaba sólo en sus mentes, en unas imágenes que difícilmente conseguirían borrar de su memoria. En el cuarto de baño, sin embargo, la tragedia estallaba en todo su macabro esplendor: brochazos dispersos en las paredes esmaltadas de la bañera, una cuchilla de afeitar en la repisa, el agua teñida de rojo y el cuerpo inerte de Gina, medio sumergido con el semblante tranquilo de una niña dormida.

Frente a la puerta, Héctor escuchaba con atención lo que le decía una seria agente Castro mientras un compañero de la policía científica terminaba de recoger las muestras de la tragedia. No fue un relato largo, no hacía falta. Regina Ballester había ido a buscar a su marido al aeropuerto sobre las siete, pero el avión llegó con retraso. Durante la espera, de más de una hora, llamó a su hija varias veces, pero ésta no se puso al teléfono. El vuelo de Salvador Martí aterrizó por fin, y ambos llegaron a casa sobre las nueve y cuarto, después de sortear un fuerte atasco provocado por la lluvia y la salida del fin de semana. Regina había subido inmediatamente al cuarto de su hija y al no verla allí pensó que quizá había salido, pero cuando pasaba por delante del baño se fijó en que la puerta estaba entreabierta y la luz encendida. Sus gritos al ver a Gina en la bañera, sumergida en un mar de sangre, alertaron a su marido. Fue él quien llamó al teléfono de emergencias, aunque sabía que ya nada podía hacer la ciencia médica por revivir a su única hija. La conclusión aparente, a falta de otras pruebas, era que Gina Martí se había cortado las venas en la bañera.

– ¿Ha dejado alguna nota?

Leire asintió con la cabeza.

– En el ordenador, apenas dos líneas. Dice algo así como: no puedo más, tengo que hacerlo… los remordimientos no me dejan en paz.

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