La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7142-4
- Переводчик: Luis Domenech
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:
A la luz centelleaba más vívidamente que la tarde anterior; y aunque la cicatriz negra no desaparecía, pareció hacerse más estrecha, y la carne de los lados menos inflamada. Para llegar hasta el extremo inferior de la herida, levanté un poco la ropa. Cuando metí la mano, oí una nota leve: la gema había chocado contra metal. Retirando más la ropa, vi que la piel de mi amigo terminaba tan abruptamente como la hierba en donde asoma una piedra grande, dando paso a una plata reluciente.
Al principio pensé que era una armadura, pero pronto vi que no. Se trataba más bien de metal que sustituía a la carne, como el metal que hacía las veces de mano derecha. Hasta dónde llegaba no lo vi, y no quise tocarle las piernas para no despertarlo.
Volví a esconder la Garra y me levanté. Y como quería estar solo y pensar durante unos momentos, me separé de Jonas y caminé hacia el centro de la estancia. El lugar ya había sido bastante extraño el día anterior, cuando todo el mundo estaba despierto y activo. Ahora parecía más extraño aún, una sala fea y desigual, salpicada de irregulares rincones y aplastada por un techo bajo. Con la esperanza de que el ejercicio animara mis pensamientos (como hace a menudo), decidí pasear a lo largo y a lo ancho de la estancia, sin hacer ruido para no despertar a quienes dormían.
No había recorrido cuarenta pasos cuando vi un objeto que me pareció completamente fuera de lugar en medio de tanta gente andrajosa y de tanto jergón de lona sucia. Era un pañuelo de mujer de buena tela y de color de albaricoque. El perfume era indescriptible. No reconocí ninguna fruta ni flor de las que crecen en Urth, pero me pareció delicioso.
Estaba doblando esta hermosura para meterla en mi esquero, cuando oí una voz infantil que decía: —Trae mala suerte, muy mala suerte, ¿no lo sabes?
Me volví, y vi una niñita de cara pálida y chispeantes ojos de medianoche, demasiado grandes para ella, y le pregunté: —¿Qué trae mala suerte, señorita?
—Guardar lo que se encuentra. Después vienen a buscarlo. ¿Por qué llevas esas ropas negras?
—Son fulíginas, que es un color más oscuro que el negro. Estira la mano y te lo enseñaré. ¿Ves cómo desaparece cuando paso sobre ella el borde de mi capa?
Movió solemnemente la cabeza, que aunque pequeña parecía demasiado grande para los hombros que la sostenían.
—Los enterradores visten de negro. ¿Eres enterrador? Cuando enterraron al navegante hubo carros negros y gente vestida de negro que paseaba. ¿Has visto alguna vez un entierro como ése?
Me puse en cuclillas para mirarle de más cerca la cara solemne.
—Nadie viste de fulígino en los funerales, señorita, para no ser confundido con gente de mi gremio, lo que sería una infamia para el muerto en la mayoría de los casos. Bueno, aquí está el pañuelo. ¿No te parece bonito? ¿A esto le llamas una cosa encontrada?
Asintió con un gesto.
—Ellos se dejan los látigos, y lo que hay que hacer es sacarlos fuera empujándolos por debajo de las puertas. Porque después vendrán a llevarse sus cosas. —Sus ojos ya no se fijaban en los míos. Estaban mirando la cicatriz que me cruzaba la mejilla derecha.
Yo la toqué.
—¿Éstos son los látigos? ¿Quiénes hacen esto? Vi una cara verde.
—Y yo también. —Reía con notas de campanilla.— Pensé que iba a comerme.
—Ahora no pareces muy asustada.
—Mamá dice que las cosas que se ven en la oscuridad no quieren decir nada. Son diferentes casi todas las veces. Lo que hacen daño son los látigos, pero ella me tuvo detrás, entre ella y la pared. Tu amigo se está despertando. ¿Por qué pones esa cara rara?
(Recordé haber estado riendo con otras personas. Tres eran hombres jóvenes; dos, mujeres de mi propia edad. Guiberto me pasó un látigo de pesada empuñadura y tralla de cobre trenzado. Lollian estaba preparando la oropéndola, que daría vueltas sobre una cuerda larga.)
—¡Severian! —Era Jonas, y fui de prisa hacia él. Me alegro de que estés aquí —dijo, cuando me agaché a su lado—. Yo… pensé que te habrías ido.
—Era casi imposible hacerlo, ¿recuerdas?
—Sí —dijo—, ahora lo recuerdo. ¿Sabes cómo le llaman a este lugar, Severian? Me lo dijeron ayer. Es la antesala. Veo que ya lo sabías.
—No.
—Hiciste un gesto con la cabeza.
—Me acordé del nombre cuando tú lo pronunciaste, y supe que así se llamaba. Yo… creo que Thecla estuvo aquí. A ella no le pareció un lugar raro como prisión, tal vez porque fue la única que había visto, antes de conocer nuestra torre, pero a mí sí me lo parece. Creo que son más prácticas las celdas individuales, o por lo menos varias habitaciones. Tal vez sea sólo un prejuicio.
Jonas se incorporó trabajosamente hasta que estuvo sentado con la espalda contra la pared. Tenía la cara pálida bajo la piel morena y le brillaba con la transpiración mientras decía: —¿No te imaginas cómo este lugar llegó a ser lo que es? Mira a tu alrededor.
Lo hice, y sólo vi lo que había visto antes: la extensa estancia, de luces tenues.
—Esto fue una suite, quizá varias, probablemente. Han tirado las paredes y han puesto en todas partes un suelo uniforme sobre los antiguos. Estoy seguro que es lo que llamábamos un techo rebajado. Si levantaras uno de esos paneles, verías encima la estructura original.
Me puse de pie y probé; pero aunque llegaba con la punta de los dedos a los paneles rectangulares, no alcanzaba a ejercer mucha presión sobre ellos. La niñita, que estaba observando a una distancia de unos diez pasos y escuchando, estoy seguro, cada palabra nuestra, dijo:
—Álzame y lo haré.
Corrió hacia nosotros. La tomé por la cintura y me di cuenta que podía levantarla fácilmente sobre mi cabeza. Durante unos segundos apretó los brazos pequeños contra el trozo de techo encima de ella, que cedió hacia arriba, soltando una lluvia de polvo. A hi, allá vi una red de finas barras metálicas, y a través de ellas un techo abovedado con muchas moldura, N pinturas desconchadas que representaban nube, y aves. Los brazos de la niña se aflojaron; el panel vivió a hundirse soltando más polvo, y mi visión se interrumpió.
Dejé a la niña en el suelo y me volví hacia Jonas.
—Tienes razón. Hay un techo antiguo encima de éste, que correspondía a una habitación mucho más pequeña. ¿Cómo lo sabías?
—Porque hablé con esas personas. Ayer. —Levantó las manos, la de hierro y también la de carne, y pareció que iba a frotarse la cara con ellas.— Echa a la niña, ¿quieres?
Le dije a la niña que se fuera con su madre, aunque sospecho que se limitó a cruzar la estancia, volviendo después a lo largo de la pared hasta un punto desde donde podía escucharnos.
—Siento como si estuviera despertando —dijo Jonas—. Creo que dije ayer que temía volverme loco. Creo que tal vez me esté volviendo cuerdo, y eso es tan malo o peor. — Había estado sentado sobre el jergón de lona donde habíamos dormido. Ahora se dejó caer sobre la pared, parecido a un cadáver que vi más tarde con la espalda contra un árbol.— Yo leía mucho a bordo. Una vez leí una historia. No creo que sepas nada de ella. Aquí han transcurrido muchas quilíadas.
Le dije:
—Supongo que no.
—Había tanta diferencia, pero también tanta semejanza con esto. Pequeñas y extrañas costumbres y usos… algunas no tan pequeñas. Instituciones extrañas. Pedí el barco y ella me dio otro libro.
Todavía transpiraba, y pensé que estaba desvariando. Utilicé el trapo con el que limpiaba la hoja de mi espada para secarle la frente.
—Señores hereditarios y subordinados hereditarios, toda clase de extraños funcionarios. Lanceros de largos y blancos bigotes. —Por un instante asomó el fantasma de una vieja y divertida sonrisa.— El Caballero Blanco está resbalando por el atizador. Mantiene muy mal el equilibrio, como le dijo el cuaderno del rey.