La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7142-4
- Переводчик: Luis Domenech
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:
En el extremo más apartado de la estancia hubo cierto revuelo. Los prisioneros que habían estado durmiendo o hablando en voz baja en pequeños grupos se incorporaban e iban hacia allí. Jonas pareció dar por sentado que yo también iría, y me agarró el hombro con la mano izquierda, débilmente, como con mano de mujer.
—Nada de eso empezó así. —La voz trémula creció de repente.— Severian, el rey era elegido en el Campo de Ceremonias. Los reyes nombraban a los condes. A eso le llamaban la edad de las tinieblas. Un barón no era más que un hombre libre de Lombardía.
La niñita que yo había levantado hasta el techo apareció como brotada de la nada y nos llamó: —Hay comida. ¿No vais a venir? —Y yo me puse de pie y dije:— Traeré algo para nosotros. Quizá te ayude a ponerte mejor.
—Aquello echó raíces. Todo se prolongó por demasiado tiempo. —Mientras yo caminaba hacia la multitud, le oí decir:— El pueblo no lo sabía.
Los prisioneros volvían con pequeñas hogazas de pan bajo el brazo. Cuando llegué, la muchedumbre era menos compacta, y vi que las puertas estaban abiertas. Detrás, en el corredor, un asistente con mitra de gasa blanca almidonada vigilaba cerca de un carro de plata. En realidad, los prisioneros salían de la antesala y daban la vuelta alrededor de este hombre. Yo los seguí, y por un momento tuve la impresión de que me habían puesto en libertad. La ilusión se esfumó pronto. A ambos extremos del corredor había unos hastarii que cerraban la salida, y otros dos cruzaban sus armas ante la puerta que conducía al Pozo del Carillón Verde.
Alguien me tocó el brazo, y al volverme vi a la canosa Nicarete.
—Tienes que conseguir algo —me dijo—, si no para ti, al menos para tu amigo. Nunca traen bastante.
Asentí con un gesto, y extendiendo el brazo sobre un grupo de cabezas alcancé a coger un par de pegajosas hogazas.
—¿Cuántas veces nos dan de comer?
—Dos al día. Ayer llegasteis justo después de la segunda comida. Todo el mundo trata de no tomar demasiado, pero nunca hay suficiente.
—Esto son pastelitos —dije—. Las puntas de mis dedos estaban cubiertas de una capa de merengue con sabor a limón, mirística y cúrcuma.
La vieja asintió con la cabeza.
—Siempre son pastelitos, aunque varían de un día a otro. Ese birrete de plata contiene café, y en la bandeja inferior del carrito hay tazas. A la mayoría de los aquí encerrados no les gusta y no lo beben. Imagino que algunos ni siquiera lo conocen.
Ya habían desaparecido todos los pastelitos, y los últimos prisioneros, excepto Nicarete y yo, habían vuelto a entrar en la estancia de techo bajo. Tomé una taza de la bandeja inferior y la llené. El café era muy fuerte, caliente y negro, y muy endulzado con lo que me pareció miel de tomillo.
—¿No vas a bebértelo?
—Voy a dárselo a Jonas. ¿Les importará que me lleve la taza?
—No lo creo —dijo Nicarete, pero mientras hablaba sacudió la cabeza señalando a los soldados.
Ellos habían adelantado las lanzas en posición de guardia, y las puntas afiladas ardían con un fuego más vivo. Volví con ella a la antesala, y las puertas se cerraron detrás de nosotros.
Recordé que el día antes Nicarete me había dicho que se encontraba allí por su propia voluntad, y le pregunté si sabía por qué alimentaban a los prisioneros con pastelitos y café del sur.
—Tú ya lo sabes —dijo—. Lo oigo en tu voz.
—No. Pero creo que Jonas lo sabe.
—Quizá sí. Pues nadie piensa que esta prisión sea realmente una prisión. Hace tiempo (creo que antes del reinado de Ymar) era costumbre que el mismo Autarca juzgara a cualquiera que hubiese cometido algún delito dentro de la Casa Absoluta. Quizá los autarcas pensaban que escuchando tales casos se enterarían de lo que se tramaba contra ellos, o quizá sólo esperaban que tratando con justicia a los del círculo inmediato apagarían los odios y desarmarían los celos. Los casos importantes se zanjaban con rapidez, pero en los menos graves se enviaba a los delincuentes a este lugar a que esperaran…
Las puertas que poco antes se habían cerrado se estaban abriendo de nuevo. Un hombre pequeño, harapiento, desdentado, fue empujado dentro. Cayó de bruces, se incorporó y se echó a mis pies. Era Hethor.
Como cuando habíamos llegado Jonas y yo, los prisioneros se amontonaron alrededor de Hethor, levantándolo y gritando preguntas. Nicarete, a quien pronto se le unió Lomer, los apartó y le pidió a Hethor que se identificara. Él se quitó la gorra (recordándome la mañana de nuestro primer encuentro sobre la hierba del Cruce de Ctesifon) y me dijo: — Soy el esclavo de mi maestro, el que viene de lejos, el de la cara gas… gastada, soy Hethor, agobiado de polvo y doblemente abandonado —no dejando de mirarme todo el rato con ojos desorbitados y brillantes, como las ratas pelonas de la chatelaine Lelia, que corrían en círculos y se mordían el rabo obedeciendo a una palmada.
Tanto me repugnaba mirarlo, y tan preocupado estaba por Jonas, que en seguida me fui y volví al lugar donde habíamos dormido. La imagen de una rata temblorosa de carne gris era todavía vívida cuando me senté; luego, como si ella misma hubiera recordado que sólo era una imagen tomada de los recuerdos muertos de Thecla, se desvaneció como el pez de Domnina.
—¿Algo va mal? —preguntó Jonas. Parecía encontrarse un poco más fuerte.
—Los pensamientos me inquietan.
—Mala cosa para un torturador, pero me alegro de tu compañía.
Le puse los dulces en el regazo y le alcancé la taza.
—Café de la ciudad, y sin pimienta. ¿Es así como te gusta?
Asintió, cogió la taza y sorbió.
—¿Tú no bebes? —Ya tomé el mío allí. Cómete el pan. Es muy bueno.
Sacó un pedazo de una de las hogazas.
—Tengo que hablarle a alguien, de manera que tienes que ser tú, aunque pensarás que soy un monstruo cuando haya acabado. Tú también eres un monstruo, ¿lo sabes, amigo Severian? Eres un monstruo porque tienes por profesión lo que casi todos hacen sólo por entretenimiento.
—Estás cubierto de metal, y no sólo tu mano. Lo sé desde hace tiempo, monstruoso amigo Jonas. Ahora cómete el pan y bébete el café. Creo que hasta dentro de unas ocho guardias no volverán a traernos comida.
—Chocamos. Había pasado tanto tiempo, allí en Urth, que ya no había puerto cuando regresamos, ni muelle. Después perdí la mano, y la cara. Mis compañeros de a bordo me repararon todo lo bien que pudieron, pero ya no quedaban partes, sólo material biológico. —Con la mano de hierro, que yo había tenido por poco más que un garfio, levantó la de carne y hueso como si fuera un trozo de porquería.
—Tienes fiebre. El látigo te hizo daño, pero te recuperarás y saldremos y encontraremos a Jolenta.
Jonas asintió.
—Cuando nos acercábamos al final de la Puerta de la Piedad, ¿recuerdas cómo, en medio de aquella confusión, ella volvió la cabeza y el sol le dio en la mejilla?
Le dije que sí.
—Nunca antes he amado, nunca, desde que nuestra tripulación se dispersó.
—Si no tienes ganas de comer, tendrías que descansar.
—Severian —me agarró el hombro como lo había hecho antes, pero esta vez con la mano de hierro, fuerte como un torno—, tienes que hablarme, no puedo soportar la confusión de mis propios pensamientos.
Por algún tiempo le hablé de cuanto se me ocurría, sin que él me interrumpiese. Después me acordé de Thecla, que a menudo había soportado la misma opresión, y de cómo yo le leía algo. Sacando el libro marrón, lo abrí al azar.
XVII — El cuento del estudiante y de su hijo
I — El reducto de los magos
Una vez, a orillas del indómito mar, existió una ciudad de pálidas torres. En ella habitaban los sabios. Y esa ciudad estaba marcada por una ley y una maldición. La ley era ésta: que todos los que moraban allí, tenían dos caminos en la vida: crecer entre los sabios y pasear con capuchas de mil colores, o dejar la ciudad e internarse en el mundo hostil.